Intentando tocar el corazón grande, carta abierta al expresidente Uribe

Desde el arte, va este llamado a encontrar caminos de diálogo y entendimiento entre diferentes disciplinas y líneas de pensamiento.

Álvaro Restrepo, bailarín y coreógrafo. / Archivo El Colegio del Cuerpo.

Respetado doctor Uribe:

Le parecerá extraño que le escriba esta misiva abierta. No es común que un artista se dirija a un político para establecer un diálogo franco sobre temas que preocupan hoy enormemente a la opinión pública de nuestro país... Pero, ¿por qué no?

Aunque usted y yo apenas nos conocemos personalmente (he estrechado su mano en un par de ocasiones), creo que es importante encontrar caminos de diálogo y entendimiento entre diferentes sectores, disciplinas y líneas de pensamiento. Creo que el tema de la educación es un terreno común en el que nos podemos encontrar.

Considero que el debate que en estos días se está dando en Colombia, a raíz de los manuales de convivencia y de la “ideología de género” que supuestamente la ministra de Educación, Gina Parody, quiere imponer en los colegios es quizás el más trascendental de cuantos hayamos emprendido como sociedad en los últimos tiempos. Lo que se está discutiendo —y por ello lo debemos ver como una gran oportunidad y no como una profundización de la polarización— es nada más ni nada menos que la educación sensorial, espiritual, ética, afectiva, que deben recibir nuestros niños y nuestros jóvenes en los colegios para prepararse a recibir y a construir el nuevo país que surgirá tras la firma de los acuerdos de paz.

Su exministra de Educación, Cecilia María Vélez, a quien considero mi amiga y colega en estas lides, autora de los manuales de convivencia sobre los que este gobierno está basando su revisión y actualización, dijo en el día de ayer en una entrevista: “Esta es la primera vez que todos se preocupan por lo que pasa en los colegios”. Y es comprensible que así sea, doctor Uribe, pues se está hablando ¡por fin! de la erradicación del sufrimiento, del miedo, la humillación, el dolor y la estigmatización de esos seres “diferentes” en nuestras aulas escolares.

Lo que ocurre hoy en nuestros colegios es un reflejo de lo que ocurre en las calles y en los campos de nuestro país. Es más, lo que hoy ocurre en nuestras calles y en nuestros campos se inicia en los colegios. La intolerancia y la violencia están sentadas en los pupitres de nuestras escuelas como unos alumnos más: intolerancia y violencia que llevan a los niños y niñas que se sienten o se saben “otros” a esconderse, a camuflarse, a negarse, a angustiarse... ¡a matarse!

Por primera vez escuchamos los colombianos el otro día en el Congreso, en el debate de control político (cuasi-linchamiento) que se le hizo a la ministra Parody y que ella sorteó con enorme valor, elegancia, dignidad e inteligencia, la palabra amor relacionada con la educación. Sí, porque de lo que se trata hoy —por más cursi que suene— es de discutir cómo debemos enseñarles a nuestros niños a amar y ser amados. Se está hablando de la dimensión más profunda, íntima, sagrada, del ser humano: la sexualidad, que podrá o no conducir a la procreación para quienes así lo decidan. La educación tiene la obligación de darles a estos jóvenes seres humanos las herramientas conceptuales para que sean ellos —y sólo ellos—, con el acompañamiento de sus padres y de sus maestros, quienes decidan cómo quieren amar y ser amados.

La congresista María Fernanda Cabal decía, en una de sus acostumbradas intervenciones de exabrupto, que la educación sexual temprana es nociva: “¡dejen a los niños ser niños!”, vociferaba energúmena... Quizás por esa no-educación temprana y oportuna es que muchos niños han sucumbido a las garras de los violadores pedófilos, laicos y religiosos, sin poder defenderse.

Y cuando afirmaba al inicio de esta reflexión que debemos ver esta, hasta hoy, agria polémica más como una oportunidad que como una exacerbación del odio, lo digo porque creo firmemente que la sociedad colombiana en su conjunto se puede beneficiar enormemente con este debate. No sólo nuestros niños y jóvenes. Y para explicar lo que quiero decir voy a usar una expresión que detesto: salir del clóset... Y la detesto porque veo el clóset como un lugar oscuro, de humillación, miedo, negación y dolor: un lugar de muerte en vida del que no debemos salir sino destruir por completo.

Yo creo que este examen que nos estamos haciendo hoy como sociedad, y que apenas se inicia, nos puede y debe conducir no sólo a que unos cuantos individuos se sientan por fin liberados de la discriminación y el matoneo, sino a que el país entero salga del clóset y lo destruya: que nos liberemos por fin de los prejuicios, los temores, las posturas inquisidoras, intolerantes y crueles.

Miembros de la Iglesia (responsables de innumerables casos de pedofilia), la Fuerza Pública (con episodios como los de “la comunidad del anillo”), la política, etc., y de la sociedad en general, podrán decidir, a través de un pacto de honestidad y de dignidad, abandonar esas dolorosas y dobles vidas y dobles morales para vivir en plenitud la sexualidad, afectividad, normalidad.

Todos hemos conocido, senador Uribe, un amigo, algún miembro de nuestra familia, alguien de nuestro entorno laboral, que sabemos vive una vida enmascarada, disfrazados de lo que no son, constituyendo como fachada familias con hijos o haciéndose miembros de la Iglesia, sin estar profundamente dispuestos a acatar un celibato antinatural. Estoy convencido, doctor Uribe, de que el único estado legítimo de normalidad del ser humano es el amor.

Y quisiera comentar brevemente un artículo que leí hace unos años en una revista (cuyo nombre no recuerdo) y que me conmovió hondamente, firmado por doña Lina Moreno de Uribe, su esposa, en ese entonces primera dama de la Nación (debo pedir perdón a doña Lina por referirme a ella con este título que ella detestaba, por considerarlo ridículo y rimbombante). Tuve la oportunidad de entablar, durante los ocho años de su gobierno, una relación de respeto profundo y amistad con esta mujer sensible y descomplicada, que siempre demostró un gran interés por nuestra labor. Doña Lina con frecuencia nos visitaba, acompañada de personajes de la talla de la reina Sofía de España, el nóbel Gabriel García Márquez, otras primeras damas y personalidades extranjeras, así como posibles donantes y benefactores. Siempre nos impresionaron su humanidad, sencillez y discreción. Le confieso que sus ojos profundos y un tanto melancólicos hacían que yo la percibiera como una suerte de víctima del poder y como alguien que se sabía ajena al mundo y al rol que le tocaba vivir. Al llegar a nuestro estudio de danza, de inmediato se descalzaba, se sentaba en el suelo y se ponía a conversar con los niños y los jóvenes sobre el contacto que había tenido en su juventud con la danza.

En el artículo de marras, doña Lina comentaba una escena de la película La duda, protagonizada por dos colosos: Merryl Streep (en el papel de una monja, directora de un colegio de varones) y Phillip Seymour Hoffman (encarnando a un sacerdote católico, capellán del colegio). Para quienes no han visto este extraordinario filme, les hago un resumen ejecutivo: el capellán del colegio es acusado por la monja directora de abusar de un niño negro que le sirve de acólito. Toda la tensión de la película está concentrada en la sospecha de la monja sobre estos supuestos actos de oprobio. La escena que comenta doña Lina, y que yo también considero como una de las más dramáticas y logradas del cine mundial, se desarrolla así: la religiosa va caminando por la calle con la madre de la presunta víctima, a quien ha citado para preguntarle si está al tanto de los rumores que corren sobre la situación que está viviendo su hijo. La madre intenta al inicio desviar y rehuir la conversación, pero ante la insistencia de la monja —en una actuación para la historia—, rompe en un llanto desgarrador y le confiesa que sí es consciente de lo que su hijo está viviendo. La mujer le dice que, a pesar de ello, prefiere la relación y los momentos de “protección y afecto” que el cura le brinda a su niño, a los abusos y violencia física y psicológica que el padre ejerce sobre él (y sobre ella) en la casa. La tragedia de esta dramática elección, entre el “abuso amoroso” del cura y el “abuso violento” del padre, es profundamente perturbadora y reveladora: el matoneo muchas veces, o casi siempre, se inicia en el hogar: “Prefiero un hijo muerto que un hijo marica; prefiero una hija puta que un hijo marica...”.

Yo recuerdo que en mi casa se decía, con una mentalidad muy de la Costa, que a los 13 años todo se decidía para un hombre: esta crucial edad no sólo representaba la dramática bifurcación entre el niño y el adulto, sino también entre el macho y el marica. Yo veía con pavor acercarse ese momento, pensando que a partir de entonces se empezaría “a notar” quién era yo realmente.

Y nos preguntamos, doctor Uribe, ingenuamente, de dónde viene la violencia que nos ha asolado como sociedad desde siempre, y de ello hablábamos con frecuencia con doña Lina en sus visitas: la violencia se incuba en hogares intolerantes y represivos, en entornos escolares hostiles, en relaciones interpersonales y sociales mediadas por el miedo, los prejuicios, el egoísmo, el desamor...

Colombia y su sistema educativo tienen que aprender a llamar las cosas por su nombre, del mismo modo como la ministra de Educación de un país en guerra dijo, valiente y abiertamente el otro día en el Senado: “Este debate no es por los manuales de convivencia con perspectiva de género que el pasado gobierno ya había diseñado y distribuido en los colegios: es un debate de censura por el hecho de yo ser lesbiana”.

La paz, doctor Uribe, no llegará a nuestro país cuando metamos a los líderes de las Farc a podrirse para siempre en una cárcel: la paz llegará el día en que el amor y el respeto (el corazón grande) entren en nuestros colegios y en nuestros hogares y sean el motor de nuestros actos. El odio y la venganza y la guerra (la mano firme) no pueden seguir siendo el combustible de nuestro destino como Nación.

Compatriota,

Álvaro Restrepo

*Bailarín y coreógrafo, director del Colegio del Cuerpo.