Jorge Luis Borges, según Carlos Gaviria

El Espectador reproduce el discurso que pronunció el exmagistrado en los años 90 en la Universidad de Antioquia sobre el mítico escritor argentino.

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En mayo de 2006, mientras investigaba para hacer un perfil de Carlos Gaviria Díaz como candidato a la Presidencia, un reputado abogado de Medellín me entregó un material que hoy es una joya: 24 discursos públicos pronunciados por Gaviria Díaz ante estudiantes de la Universidad de Antioquia entre los años 80 y 90. La mayoría eran sobre “La política y la virtud”, según Platón. Otros rememoraban a personajes como Gerardo Molina —una de sus figuras tutelares— o Luis Fernando Vélez, su excompañero en el Comité de Derechos Humanos de Antioquia, asesinado por el paramilitarismo en 1987 en aquellos tiempos bárbaros en los que tuvo que recurrir al exilio para proteger su vida.

De todas esas intervenciones de Gaviria había una en especial, una charla magistral sobre una de sus pasiones: el mundo metafísico del escritor argentino Jorge Luis Borges. El Espectador reproduce esta conferencia. Una cátedra de profundidad que revela a un intelectual que siguió como pocos esa arista inexplorada del mundo borgesiano.

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“Así como Jaime Jaramillo acaba de anotar acertadamente, (el poeta) Elkin Restrepo me dejó sin tema. Las cosas que iba a decir ya las dijo Elkin y creo que mejor de lo que yo puedo decirlas. Además quiero anotar, con respecto a la intervención de Jaime Jaramillo, que es bastante meritoria porque ha tenido que hacer algo que, según Borges, era una broma de Carlyle. De acuerdo con la broma de Carlyle, habría que escribir un libro de Miguel Ángel donde no se hablara para nada de arte, ni de escultura, ni de pintura. Una biografía de Miguel Ángel. O una biografía de Shakespeare donde no se hablara de comedia, de tragedia, ni de sonetos. Eso le tocó hacer a Jaime con respecto a Borges; es decir, hablar de Borges sin hablar de literatura, o sea: hablar de una faceta totalmente secundaria y, desde luego, al menos aparentemente negativa, como es la faceta política de Borges.

En cambio a Elkin y a mí nos tocaron temas que son problemáticos pero, precisamente, por razones opuestas y es porque lo que parece evidente para cualquier lector de Borges es que Borges es un inmenso poeta, pero que en él el poeta y el metafísico son uno solo. La idea que quiero exponerles muy brevemente es que Borges es esencialmente un metafísico y utilizo ex profeso el término metafísico, no digo un filósofo, digo Borges es fundamentalmente un metafísico, y para justificar mi aserto debo explicar qué es lo que entiendo por metafísico, porque esa palabra está cargada de contenidos a veces contradictorios.

Voy a señalar algunos. En primer lugar, cuando de una persona se dice que hace metafísica se quiere significar, utilizando el término en su sentido más descriptivo, que esa persona se ocupa de los problemas más acuciantes del ser humano, de los problemas que permanentemente acosan al ser humano, como esos que Elkin citaba: como por ejemplo Dios, la eternidad, el tiempo, si la realidad existe o es mera ilusión, el sueño y la vigilia, según las categorías borgesianas, etcétera. Otra acepción, que procede fundamentalmente del positivismo lógico, es que hacer metafísica es especular, dedicarse a la imaginación desenfrenada, sin ningún control ni en la razón ni en la experiencia.

Es, ni más ni menos, que divagar; es ocuparse, para utilizar una expresión de Wittgenstein; es ocuparse de sin sentidos. Y, de acuerdo con una expresión consagratoria, hacer metafísica es ocuparse de lo más importante, de lo más trascendental que al hombre le toca. Yo quiero darle al término el significado eminentemente descriptivo: problemas que, desde siempre, han acuciado y han acosado a la humanidad, como esos que ahora citaba: el origen del mundo, la eternidad, la realidad (...) ¿Por qué, siendo Borges fundamentalmente un metafísico, no se desempeñó como tal? ¿Por qué no se dedicó a escribir tratados metafísicos? Borges se dedicó a escribir relatos, narraciones, poesías y ensayos que él, no sé si pudorosa o irónicamente, llama literarios, pero que son auténticos ensayos metafísicos.

¿Por qué esa decisión de Borges? Porque para mí es una evidencia que sus inquietudes eran fundamentalmente esas, de orden metafísico, y que esos problemas metafísicos son los que permean toda su obra, los que la justifican, los que le dan validez a la obra borgesiana. En todo caso parece una fatalidad ineludible de la condición humana esto de ocuparse de problemas metafísicos, de pensar en problemas en los que ha pensado la humanidad desde hace muchísimos siglos y en los que se ha ganado muy poco terreno. Los problemas que se han planteado son siempre los mismos y las preguntas que se han planteado son idénticas y, sin embargo, las respuestas parecen permanecer en su mismo sitio.

Como decía ahora, cuando afirmaba que Borges era metafísico, y utilizaba la palabra deliberadamente, no afirmaba que Borges era filósofo, aunque pueda serlo en otro sentido. Vale la pena que explicite con ejemplos lo que quiero significar. Borges, les decía, se ocupaba de esos problemas que la humanidad se plantea permanente, continua, recurrentemente y casi sin esperanzas de una respuesta adecuada. A esos problemas los llamaba Wittgenstein problemas místicos. Y los juzgaba impertinentes porque consideraba que, precisamente, para las preguntas que no tienen respuesta, las impertinentes son las preguntas.

Les decía que podría ilustrar esa afirmación de que a mi juicio Borges es un metafísico y no un filósofo acudiendo a ejemplos. Considero un metafísico a Hegel y un filósofo a Kant; un metafísico a Nietzsche y un filósofo a Schopenhauer; un metafísico a Heidegger y un filósofo a Russell. Y, con algunas reservas, un filósofo al primer Wittgenstein y un metafísico al segundo. ¿Qué es entonces lo que distingue al uno del otro? Yo creo que el mismo Borges nos suministra pistas y casi que elabora una tipología, nos suministra categorías para descifrar el enigma. Borges hubiera suscrito una frase del poeta Hölderlin, de acuerdo con la cual “el hombre es un Dios cuando sueña y apenas un mendigo cuando piensa”.

Borges lo decía de otro modo: decía que hay hombres que piensan por imágenes y hombres que piensan por abstracciones. Y que está completamente descaminado aquel que tiene aptitudes para pensar por imágenes y resuelve pensar por abstracciones y a la inversa. Y se refería, concretamente, a José Ortega y Gasset. Borges consideraba que Ortega era una mente lúcida, capaz de enfrentar problemas filosóficos cruciales. Y aquí, como en casi todos los tópicos, Borges tenía una opinión verdaderamente original: mientras que lo que es un lugar común, lo que es un tópico, es afirmar que Ortega es un gran escritor pero un pésimo filósofo, Borges decía lo contrario: qué gran filósofo, pero qué mal escritor.

Y cifraba el fracaso de Ortega como escritor en que, justamente, Ortega era un hombre bien dotado para pensar en abstracciones pero se negaba a expresarse por abstracciones, se negaba a escribir por abstracciones. Quería escribir por imágenes. Y entonces resultaba, de acuerdo con el juicio de Borges, una literatura llena de metáforas adventicias, de imágenes falsas traídas de los cabellos, una literatura alambicada que escondía un pensamiento hondo. Todo lo contrario de lo que se ha dicho de Ortega: un pensador superficial pero un gran escritor. Borges decía lo contrario: un gran pensador que ojalá hubiera encontrado, le decía a Victoria Ocampo, un amigo que le pusiera sus cosas en español. Claro. Borges era la economía verbal, mientras que Ortega la exuberancia.

Borges era un hombre con un temperamento profundamente filosófico, permanentemente acosado por problemas metafísicos, pero que tenía aptitud para pensar por imágenes y así lo comprendió y así lo hizo, salvo casos excepcionales en los que en realidad ensayó escritos filosóficos pensando por abstracciones, escritos que encuentro realmente bellos, bien logrados, pero que desde luego no son tan felices como aquellos en los que Borges se siente en su reino. Concretamente, el libro Otras inquisiciones está lleno de ese tipo de ensayos: la refutación del tiempo, la postulación de la realidad, el eterno retorno, son ejemplos de ensayos donde Borges se aplica metódicamente, reflexivamente, a pensar problemas que otros han pensado en términos abstractos y a aportar o a tratar de solucionarlos en esos mismos términos.

Hay dos libros que yo considero los más característicos desde ese punto de vista, que son Otras Inquisiciones y Discusión, donde Borges plantea esos problemas en esos términos. Esos problemas están planteados a través de toda la literatura borgesiana, en sus ensayos, en sus cuentos, en sus poesías. Y yo digo, fundamentalmente, en sus poesías. Es en sus poemas donde Borges deja fluir su vena metafísica y se plantea esos problemas metafísicos a sabiendas, de antemano, de que no tiene instrumentos para resolverlos, que no tiene instrumentos para solucionarlos, pero planteándose esos problemas metafísicos se está afirmando como poeta y, sobre todo, se está afirmando como hombre, porque esos son los problemas que acucian, que acosan, a toda la humanidad.

Yo quiero ilustrar algunos de esos temas que afirmo que constituyen la vértebra de la obra borgesiana, leyendo o bien algunos poemas breves o algunos apartes de su obra poética. Fíjense, no he traído sino la obra poética de Borges, no traje nada en prosa, a pesar de que pudiéramos pensar que la obra en prosa ilustra mejor mi afirmación de que Borges es fundamentalmente un metafísico. Las lecturas de Borges que están presentes a través de todos sus escritos revelan un conocimiento profundo de Heráclito, de Parménides, de Platón, de Aristóteles, de todos los filósofos griegos, especialmente, y eso quiero subrayarlo, de los filósofos platónicos, de San Agustín, de Plotino.

Luego, en la Edad Media, de Guillermo de Ockham, de Baruch Spinoza. Ya, en la Edad Moderna, de Leibniz, de Kant, de Schopenhauer e, incluso, de filósofos contemporáneos como Russell, a quien cita con mucho agrado varias veces en su obra. Los objetos de los que Borges habla permanentemente en su obra no valen como objetos en sí mismos, sino que valen como símbolos. Y valen como símbolos de sus incertidumbres metafísicas. Ni el desierto es el desierto, ni el laberinto es el laberinto, ni el espejo es el espejo, ni el reloj es el reloj, ni el río es el río. El río es el río de Heráclito que se confunde con el tiempo, que somos nosotros, con lo transitorio, con lo que pasa, con lo ilusorio. Lo mismo el espejo, el espejo plantea problemas que toma de los filósofos ingleses, especialmente dos que conoce muy bien: Berkeley y Hume.

Los que están permanentemente cuestionando si la realidad que vivimos es la realidad o una ilusión; si el yo que el espejo me devuelve es más real que el yo de carne y hueso o es más real este yo que el otro (...) Hay una obsesión borgesiana por los arquetipos, o sea por el mundo platónico. No hay duda de que el mundo donde Borges se mueve enteramente cómodo es el reino platónico de las ideas, el reino platónico de los arquetipos. Pero, incapaz de todo dogmatismo, está inhibido para tomar partido en la controversia secular entre idealismo y realismo, entre Platón y Aristóteles. Y lo inhibe para tomar partido en favor de Platón, que me parece que es su mundo, la gran admiración, la gran devoción de Borges por el mundo anglosajón, por los anglosajones.

A ellos les reprocha en un bellísimo ensayo, “El ruiseñor de Keats”, el hecho de que no sean capaces de entender a cabalidad El ruiseñor de Keats. ¿Y por qué no son capaces de entenderlo? Porque los anglosajones son aristotélicos, porque para ellos las ideas no son realidades sino generalizaciones (...) La pregunta que había dejado planteada a propósito de la afirmación que hice de que Borges es fundamentalmente un metafísico, es esta: ¿por qué, si son esas sus inquietudes, si es esa su naturaleza, por qué si Borges es ante todo un metafísico, por qué no se dedicó, como Baruch Spinoza, a escribir tratados de esa materia? ¿Por qué, apenas, esas inquietudes aparecen en toda su obra, pero en forma de relatos, poesías, ensayos?

La respuesta nos la da su propia lucidez por esto: Borges sabe que los juegos de lo metafísico son solo eso: juegos estéticos que no conducen a la verdad sino a la gratificación. A la gratificación de esa misma naturaleza, a la gratificación que el hombre está exigiendo, más allá de su capacidad, de su idoneidad para conocer la verdad. Borges desconfiaba de la filosofía, yo diría, desconfiaba profundamente de lo que era su oficio, desconfiaba de la metafísica como proceso conductor generador de verdades. Creía en ella como juego encantador capaz de producir estados gratificantes, estados estéticos. Naturalmente quedaba una esperanza o queda una esperanza: que la belleza y la verdad sean una sola cosa. Pero, me parece, y creo que Borges también lo creía, que eso nunca podemos saberlo”.

 

 

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