Julio César Turbay Ayala, “un buen ciudadano y un estadista sabio”

María Carolina Hoyos Turbay, actual viceministra general de las TIC, recuerda con esta carta a su abuelo, quien hoy estaría cumpliendo 100 años de vida.

/ Archivo - El Espectador

Pitito de mi amor:

Para escribir de ti debo empezar hablando de mi mamita Diana. Esa es mi primera y más fuerte conexión contigo. Desde que mi madre esperaba mi llegada al mundo, ya me estaba imprimiendo ese amor y respeto que te tenía. Desde pequeña comprendí lo importante que eras para ella. Te conocía más que nadie, no quería fallarte nunca, quería ser tu escudera, tu amiga, tu colaboradora, en pocas palabras, quería ser tu mejor alumna y discípula. Nació y murió amándote.

Y yo también nací amándote y fui creciendo y cada vez te amé más, pues me diste mil razones para adorarte. Tu generosidad de alma fue una de esas enseñanzas que nos dejaste, que llevaremos bien grabada en el corazón. Fuiste un patriarca en el mejor sentido de la palabra. Tu vida se pudiera resumir diciendo que fueron 89 años de amor y trabajo por Colombia.

Con tu Patria sí que fuiste generoso. Dejabas de lado tu tranquilidad al interior de la familia para asumir posiciones públicas, que siempre compartimos, y defensas de los valores de las grandes mayorías. Fuiste un hombre de Estado.

Nuestro mayor orgullo es tu carrera hecha a pulso. No tuviste los recursos económicos para educarte en el exterior o en los grandes centros académicos, pero superaste esa debilidad con creces, leyendo, estudiando y escuchando, ese arte del que muchos carecen.

Entendiste que la sabiduría se siembra y se cosecha. Fuiste un hombre transparente. Tus amigos y detractores políticos sabían qué esperar de ti. Tus compromisos fueron ley. Desde que ocupaste tu primer cargo público, supiste la diferencia entre servicio a los demás y negocio público con intereses privados.

No llegaste a la muerte siendo un hombre adinerado. El dinero nunca te entretuvo y, lo mejor, nunca te hizo falta. Fuiste amigo de tus amigos y siempre les tendiste la mano a tus contradictores. Por naturaleza fuiste un hombre conciliador. ¡Cómo le vas a hacer falta a tu pueblo! Y a nosotros también. Te extrañaremos mucho.

Con tus actuaciones públicas me enseñaste cómo debe ser la actitud de un buen ciudadano y también de un estadista sabio. Yo creo que una de las enseñanzas más grandes fue la posición que asumiste cuando mi madre, la niña de tus ojos, había sido secuestrada. Pese a tu dolor, nos enseñaste que los intereses públicos y comunes están por encima de los intereses personales que, en ese caso, era volver a tener a mi madre entre nosotros. Sufriste mucho, pero llevaste ese dolor hasta tu tumba con profunda dignidad y prudencia.

Si pudiera hoy frotar el cofre milagroso de Aladino, le pediría sin pensarlo tres de tus cualidades: la tranquilidad espiritual, que me serviría para tomar determinaciones no apresuradas y sin rencor; tu capacidad conciliatoria, para que yo pueda ser vehículo de paz, unión y armonía y no de conflicto y discordia; y el 10% de tu memoria, pues el hombre para ser sabio y acertar debe recordar los errores del pasado y no volver a cometerlos.

Me siento orgullosa de llevar tu apellido. Me siento orgullosa de tener tu sangre. Es una responsabilidad grande, pues tu ejemplo ha sido importante, de mucha lucha y de una honradez absoluta. Le pido a Dios que me ilumine para poder ser una buena descendiente tuya, llevar nuestro apellido en alto y honrar tu nombre.

Y me detengo ahora en el Pitito familiar. Como miembro de familia no tienes par. Me enseñaste el valor de la familia. Fuiste tan generoso y amoroso con cada uno de nosotros, que le ruego al Creador tener esa virtud y ser un buen miembro de familia. Gracias a ti creamos una familia unida. Hoy me siento miembro de un clan sólido, de gente buena y con talante, así como tú. Mi mejor refugio ha sido mi familia. En ella he encontrado a mis mejores tesoros. He aprendido a sobrellevar con dignidad mis dolores y he podido disfrutar con los seres más especiales del mundo todos mis triunfos. En mi familia he encontrado espectadores que celebran mis cantos y cuentos, pero también he encontrado hombros en que llorar. Los mejores consejos y ejemplos los he tenido de mi familia.

Por eso hoy quiero darte gracias por todo, gracias por seguir siendo nuestra columna vertebral, nuestro ejemplo y soporte. A ti y a tu otra mejor alumna mami, mi abuelita Nydia, hay que darles gracias por esta familia que han construido con lucha y mucho amor. Hoy empieza a retoñar tu cuarta generación: mis hijos Tomás y Mateo, a quienes imprimiré lo mismo que hace 32 años hizo mi madre conmigo. Andrés y yo les enseñaremos a amarte y respetarte tanto como lo hizo siempre su abuelita Diana.

Ellos también se sentirán orgullosos de llevar tu sangre. Te amo y te amaré todos los días de mi vida. Y, por último, aquí tú y yo solitos, te voy a hacer una petición: abraza mucho a mi madre. Dale de mi parte el abrazo más amoroso del mundo, dile que la amo. Que nos hace mucha falta, pero que en estos 14 años de ausencia, el momento que sentí más alegría por ella fue el martes pasado cuando sonó mi teléfono a las 4:15 de la madrugada y me dijeron que habías muerto, pues inmediatamente pensé que se volverían a encontrar.

Haré todo lo que humanamente sea posible para merecerme un puesto cerca de Dios para volver a abrazarnos en familia. ¡Dios lo permita!

Te amo,

Tu nieta, María Carolina Hoyos Turbay