La obra tendrá circulación internacional bajo el sello Península
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Santos revela hasta cuándo se aguantó a Uribe para negociar la paz

El expresidente de Colombia y Premio Nobel de la Paz 2016 presenta el martes su libro “La batalla por la paz”, donde cuenta el camino que recorrió “para poner fin al conflicto con la guerrilla más antigua del mundo”. Publicamos el capítulo "La reunión de Rionegro".

Juan Manuel Santos y Álvaro Uribe, cuando los intereses políticos los unían y el proceso de paz todavía no los separaba. / AFP
Juan Manuel Santos y Álvaro Uribe, cuando los intereses políticos los unían y el proceso de paz todavía no los separaba. / AFP

El honor que me llegó de Noruega no significó que bajara la guardia en los empeños para salvar la paz. Había que seguir dialogando con todos para lograr un consenso que nos permitiera tener pronto un nuevo acuerdo. Los guerrilleros, desde septiembre, se habían comenzado a desplazar para acercarse a las zonas veredales donde se concentrarían, y todo había quedado paralizado, como en el juego de las estatuas. El cese al fuego seguía vigente, pero mientras no se tuviera un acuerdo en firme, era muy frágil y podría romperse por cualquier imprudencia.

Mis reuniones con los voceros del “no” no se limitaron a las que tuve con los expresidentes Uribe y Pastrana. Dediqué muchas horas a escuchar las inquietudes y sugerencias de toda clase de representantes de la sociedad, de los gremios económicos, de los trabajadores, de las iglesias. Era necesario diluir el protagonismo de Uribe, que era el líder más visible del no, pero no el único. Yo tenía el presentimiento de que a Uribe nada lo complacería. Nada distinto a echar por la borda el Acuerdo de Paz. Y no me equivocaba.

Finalmente, los voceros del no reunieron y entregaron sus comentarios, que se resumieron en una matriz con sesenta modificaciones propuestas, que nuestros negociadores llevaron a La Habana para concertar con la delegación de las Farc. Fueron días largos, de extensas discusiones, pues había puntos en los que la guerrilla no quería moverse —por solo dar un ejemplo, en el acuerdo original se pactaba que algunos magistrados que conformarían el tribunal de paz serían extranjeros, pero los del no decían que debían ser todos colombianos. Luego de más de quince días y noches de trabajo, las Farc aceptaron cincuenta y ocho de las sesenta modificaciones, ¡el 97 %! Un gran logro, sin duda. Las únicas dos que no aceptaron fueron las que definían lo que eran aspectos cruciales para su futuro: que los comandantes guerrilleros no pudieran participar en política y que se hicieran más severas las sanciones y condiciones de reclusión. El 12 de noviembre las delegaciones anunciaron en La Habana que habían llegado a un nuevo acuerdo que incorporaba la inmensa mayoría de las observaciones y sugerencias que se habían recibido.

Ese mismo día, antes de que se hiciera público el anuncio, yo tenía un evento de la Fuerza Aérea en la base aérea de Rionegro, Antioquia, a media hora de Medellín, y le hice saber al expresidente Uribe —a través del general Maldonado, jefe de la Casa Militar de la Presidencia— de mi intención de ir a visitarlo en su casa de Rionegro para contarle directamente los avances. Él respondió que mejor nos viéramos en la base, y así fue. Llegó con Juan Gómez Martínez, exgobernador de Antioquia y exalcalde de Medellín, y Claudia Bustamante, una incendiaria tuitera, apasionada de la causa uribista. Yo estaba acompañado por el ministro de Defensa, Luis Carlos Villegas.

Me sorprendió mucho que el primer tema que tocó el expresidente no fue el del Acuerdo de Paz sino otro muy distinto. Me habló de su protegido, el exministro de agricultura Andrés Felipe Arias, condenado desde julio de 2014 a diecisiete años de cárcel por la Corte Suprema de Justicia, por los delitos de peculado por apropiación a favor de terceros y celebración de contratos sin el cumplimiento de los requisitos legales, cometidos en desarrollo del programa Agro Ingreso Seguro. Arias, quien se encuentra en Miami, ha sido pedido en extradición por la Corte, y allí está a órdenes de la justicia estadounidense mientras se cumple ese trámite. Por supuesto, Uribe —que siempre juega al perseguido, y en cada denuncia contra él o sus allegados ve la sombra, o se la inventa, de una persecución política— ha dicho que Arias es víctima de un complot de mi gobierno para traerlo preso a Colombia. La verdad es que nunca levantamos un dedo contra Arias o contra ningún miembro de la oposición, a pesar de las barbaridades que decían en el exterior sobre el Gobierno y sobre mí. A Arias, incluso, yo le había ofrecido la Embajada en Italia antes de que surgieran sus líos con la justicia; a su esposa le asigné carro blindado, y cuando lo apresaron le ofrecí las instalaciones más cómodas disponibles en un cantón militar, como lo hice con todos los exfuncionarios de Uribe presos.

—Presidente —me dijo, apenas nos saludamos—, me preocupa mucho que su Gobierno siga persiguiendo a Andrés Felipe Arias.

Quedé atónito, pero le respondí con calma:

—Presidente Uribe, mi Gobierno no persigue a nadie. ¡A nadie es a nadie! Y usted sabe muy bien que en Colombia hay una división de poderes. La Corte Suprema es autónoma en sus fallos y la Cancillería solo cumple el trámite que le corresponde según la ley.

El tema quedó ahí, pero sin duda fue un mal inicio para la reunión. A renglón seguido, Uribe —que siempre prefiere hablar a escuchar— procedió a hacer su acostumbrado listado de críticas al acuerdo, y fue incluso más allá, pues insistió en que fue un error reconocer la existencia del conflicto armado. Esto me dejó claro que no había nada que hacer, y que su voluntad de aceptar el acuerdo, aun con cambios, era nula. Porque, sin ese reconocimiento, no hay proceso de paz posible.

Yo sabía que iba a ser muy difícil convencerlo, pues me había dado cuenta desde muy temprano de que él no quería avalar el acuerdo, por muchos cambios que le hiciéramos. Siempre que dábamos un paso adelante, nos corría la meta. Pero había albergado la ilusión —una pequeña y frágil ilusión— de que si se lo decía personalmente, si lo visitaba en Rionegro, tal vez avalara lo avanzado y se uniera al esfuerzo de paz. Eso hubiera sido maravilloso, para el país, para todo el mundo, pero no fue posible.

Le conté al expresidente que ese día, luego de un largo e intenso trabajo de persuasión frente a las Farc, y de haber pasado semanas también hablando y concertando con sus delegados, estábamos cerrando un nuevo acuerdo que incorporaba la inmensa mayoría de sus sugerencias. Era obvio que no podían ser todas, pues eso implicaría cambiar en semanas lo que nos había llevado años discutir, pero eran avances fundamentales.

—Presidente —me dijo Uribe—, usted lo que está haciendo es notificándome. No me está consultando.

Y me pidió que no cerrara el acuerdo con La Habana, que sometiera los cambios a una nueva discusión con los promotores del no. Eso era fácil decirlo, pero muy difícil de poner en práctica. El cese al fuego era cada vez más frágil. Yo estaba en permanente contacto con los negociadores en La Habana y sabía que caminábamos sobre hielo muy delgado. Las Farc habían cedido muchísimo y, si dilatábamos más la discusión, el riesgo de que se rompiera el proceso era inminente. Así se lo dije a Uribe, quien no se movió un milímetro de su postura.

Así las cosas, el expresidente me pidió unos minutos para redactar un comunicado en su tableta, que iba a leer a la prensa a la salida de la reunión. Luego de escribirlo, me lo mostró y le dije que estaba bien, pues reflejaba el resultado del encuentro. En el comunicado, Uribe decía que me había pedido que los nuevos textos acordados en La Habana no tuvieran carácter definitivo, sino que fueran puestos a conocimiento y consulta con los voceros del no y las víctimas, para que los estudiaran e hicieran observaciones sobre ellos.

Acceder a esto sería caer en una negociación perpetua. Y yo no tenía más margen de maniobra. La población exigía un acuerdo, los guerrilleros estaban en un limbo que no podía durar mucho tiempo más y, ciertamente, no había forma de exigirles más cambios a las Farc. Ellos habían llegado al límite de sus concesiones. Y yo también.

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2019-03-22T23:19:34-05:00

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2019-03-23T17:14:01-05:00

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