¿A qué le apuntan los conservadores?

La cruzada moralista de los azules está respaldada por el procurador Alejandro Ordóñez y la Iglesia Católica. Al mismo tiempo, varios de los miembros del Partido afrontan escándalos y líos judiciales por corrupción.

El Partido Conservador no se da por vencido. Hundido en el Congreso el proyecto de reforma constitucional que buscaba prohibir en el país el aborto en todas las circunstancias, ahora apunta a impulsar un referendo que consagre la tesis que ha asumido como bandera: “El derecho a la vida es inviolable desde su concepción hasta su muerte natural. No habrá pena de muerte”. Detrás de la idea está el senador Hernán Andrade, quien cree que “por ser la penalización del aborto en todo los casos, un tema de transcendencia nacional, debe tener la participación del pueblo colombiano”.

Siguen los azules empeñados en plantear el debate en el ámbito de lo político, sacándolo del constitucional. Porque si hay algo que al parecer muchos colombianos no tienen claro todavía es que la sentencia C-355 de 2006 de la Corte Constitucional no abrió la puerta para la legalización del aborto sino que sólo lo avaló en tres casos excepcionales: cuando con el embarazo corra riesgo la vida de la madre, cuando el feto presente malformaciones y cuando la concepción haya sido producto de una violación.

Para el conservatism, poco importan las razones de salud pública, como tampoco el que con la redacción de su iniciativa, al intentar elevar a texto constitucional la “protección de la vida” desde la fecundación, se abre también la puerta para la prohibición de la fertilización in vitro, la investigación en células madre y hasta los métodos científicos de anticoncepción. En otras palabras, los conservadores –en donde caben no sólo los militantes del Partido sino otros sectores de la sociedad, incluido el procurador general Alejandro Ordóñez y la Iglesia Católica- quieren imponer en la Carta Política su visión particular del mundo a todos los colombianos.

Una visión que no sólo se limita al tema del aborto sino que también se extiende a otros como la eutanasia, el matrimonio entre personas del mismo sexo y el uso de drogas. Y aquí cabe recordar que hace unos pocos meses, el mismo procurador llevó al Congreso una propuesta para darle un alcance tan amplio a la objeción de conciencia, que les permitiría a hospitales y notarías desconocer los fallos de la Corte Constitucional sobre estos asuntos. Y cómo olvidar el episodio en el que la Pontificia Universidad Bolivariana canceló un evento internacional para vetar a reconocidos juristas que se atreven a pensar distinto a la doctrina católica oficial.

Ahora, lo que sí llama la atención que esa ‘cruzada moralista’ esté liderada por un partido que afronta en la actualidad una serie de escándalos de corrupción que, dicen analistas como Paloma Valencia, le quitan autoridad para liderar esas reformas, actitud que, a su vez, “hace pensar sospechosamente en si el objetivo es distraer a la opinión pública ante la avalancha de cuestionamientos que afrontan sus dirigentes”.

“El Partido Conservador vive la crisis moral más profunda que haya conocido su ya larga historia y a pesar de eso tiene la audacia de presentarse como el portador de los valores morales de los colombianos, presentando proyectos donde se juega la posición de la sociedad frente a temas de realidad moderna: el aborto, el matrimonio entre personas del mismo sexo y el uso de drogas”, advierte Valencia.

En efecto, son varios los integrantes de la colectividad azul que han tenido líos con la justicia o están inmersos en investigaciones disciplinarias y penales. Como una nube negra, en los escándalos en torno a la Dirección Nacional de Estupefacientes, la Superintendencia de Notariado, la parapolítica, la yidispolítica o de Agro Ingreso Seguro, entre otros, siempre figuran en primera fila elementos del Partido Conservador.

Una realidad ineludible que choca con esa cruzada moralizante. Sin embargo, el mismo presidente del Partido, senador José Darío Salazar, justifica así el accionar: “El conservatismo asume estas banderas porque hay una gran quiebra de valores que termina en el desorden moral que hoy se ve reflejado en la disolución de las familia, en la corrupción y en todos los males que aquejan a la sociedad. Los valores hay que recuperarlos para la sociedad (…) ahora, no somos los únicos que tenemos miembros investigados, eso sucede en todos los partidos y si algo hemos demostrado es que respetamos las investigaciones y las decisiones que tome la justicia”.

Incluso en el mismo conservatismo hay voces que no comparten el rumbo que ha tomado la colectividad. El representante a la Cámara Alfredo Bocanegra, por ejemplo, ha hablado de que al interior se padece una “indigencia moral” y hasta ha pedido el retiro temporal de los militantes investigados o detenidos, como el exministro Andrés Felipe Arias. “Acá no podemos meternos con la autonomía moral de las personas, porque se puede afectar la individualidad y el libre desarrollo. No creo en parámetros absolutistas y deberíamos tener más preocupación por la moral de lo público, que es la conducta de quienes desempeñamos cargos públicos, y en eso sí que estamos en deuda”, dice el congresista.

El senador Armando Benedetti, de la U y quien ha liderado en el Congreso proyectos sobre la dosis mínima y la eutanasia, y acaba de radicar uno para avalar el matrimonio gay, expresó que si bien no se puede asegurar que la cruzada moralista del Partido Conservador busca tapar los escándalos de corrupción de sus dirigentes, es claro que el país no tiene que estar hablando de esos temas sino de otros más fundamentales, como la reforma a la justicia o hacer una Colombia más igualitaria. “Con intención o no, es obvio que están tapando los temas que debería estar discutiendo el país”.
Voces van y vienen. Mientras tanto, el Partido Conservador —alentado por el respaldo de la Iglesia Católica, el procurador Ordóñez y otros sectores ultraconservadores de la sociedad— sigue adelante con una agenda moral que si bien plantea problemas éticos complejos, pasa fundamentalmente por preceptos individuales en donde se conjugan prejuicios, creencias religiosas, educación y otros aspectos propios de cada persona.

Por ahora, toca esperar a que el debate sobre el aborto arranque de nuevo en el Congreso, esta vez en la discusión de la convocatoria a un referendo. Y ante esta perspectiva, caben unas últimas reflexiones en palabras de César Rodríguez Garavito, miembro de Dejusticia: “Hacen mal quienes subestiman la agenda conservadora. Primero, porque la reacción era previsible: en todas partes, los avances de los derechos de las mujeres y la población LGBT han disparado intentos de contrarreforma, liderados por las mismas iglesias y los mismos sectores. Segundo, porque los conservadores morales están mejor organizados políticamente que nosotros, sus críticos. En vista de una Constitución progresista, una Corte garantista y un Congreso disfuncional, durante veinte años hemos puesto más fe en el derecho que en la política. Tenemos más experiencia en litigar que en movilizar.

Entre tanto, domingo a domingo, las iglesias hacían el trabajo paciente de organización y adoctrinamiento. Las más exitosas han sido las cristianas, que cautivaron a miles de católicos desencantados y los trajeron a un redil aún más disciplinado y conservador, que llena estadios semanalmente.
De modo que, a menos que los sectores pluralistas —los jóvenes, la población LGBT, las mujeres y los millones de ciudadanos que no comparten la moral conservadora— se organicen políticamente, es probable que pierdan la partida en el Congreso. No porque ‘los colombianos sean conservadores’, como lo dijo el presidente del partido azul, ni porque la mayoría de congresistas comulgue con la moral del siglo XIX, sino porque los conservadores están mejor organizados”.