Los campistas de la Plaza de Bolívar

Durante 45 días, un grupo creciente de ciudadanos se fue a vivir al centro del poder nacional para exigir la firma de los acuerdos entre Gobierno y Farc, después del triunfo del No en el plebiscito.

Cristian Garavito
Cristian GaravitoLluvia, frío, calor, hambre. De todo soportaron para reclamar ¡paz ya!

El final atropellado de esta historia no puede opacar su esencia. Sí: los campistas por la paz terminaron desalojados. En la madrugada del sábado 19 de noviembre los despertó la policía, Esmad incluido, para notificarles que era esa su última noche en la Plaza de Bolívar. Un concierto de salsa lo exigía. Sí: los sacaron. Pero después de mostrarle al país que en medio del Capitolio, del Palacio de Nariño, del Palacio Liévano, del Palacio de Justicia y de la Catedral de Bogotá, en medio de eso que nos acostumbramos a llamar “el poder”, había gente de a pie a la que los acuerdos de paz le importaban en serio, y los exigían, no había botas que pudieran estropear sus legados: valor civil y pacifismo.

La voz de siete de ellos muestra su diversidad y describe esta aventura de 45 días, que comenzó la noche del 5 de octubre, después de la Marcha del Silencio que llenó la plaza como respuesta al triunfo del No en el plebiscito.

Katherine Miranda 

La carpa uno
 
Tengo una hija de 22 meses. Elena. Fui con ella a votar el 2 de octubre, con una felicidad enorme porque creíamos que ya llegaba la paz. Pero cuando conocí los resultados, sentí que como mamá, mujer y activista por la paz debía hacer algo. Las marchas no serían suficientes. Un día antes de la marcha del 5 de octubre, decidí, con otro grupo de personas, hacer algo tipo Occupy Wall Streeet o el 15M (movimiento de los indignados en España, 2011), hasta que hubiera acuerdo. Lo cuadramos por chat y rotamos la información por redes. El primer día nos quedamos siete personas en dos carpas. El segundo ya éramos 20 y el tercero, 50. Llegamos a contar 250. En 45 días aprendimos a convivir con personas muy diferentes: campesinos, indígenas, jóvenes de todos los estratos. Creamos una pequeña Colombia en la que nos regimos por dos principios: exigir cese al fuego definitivo y acuerdos ya.
El desalojo fue una muestra de que la paz no es solo un papel firmado. Fue terrible. Por eso seguiremos trabajando, ahora en la implementación del acuerdo. Nuestro nombre será Art22, en alusión al artículo 22 de la Constitución: “La paz es un derecho y un deber de obligatorio cumplimiento”. Nos dimos cuenta de que la ciudadanía sí puede incidir en las decisiones porque, estoy convencida, el nuevo acuerdo se dio gracias a la presión ciudadana, a que algunos decidimos dejar nuestras vidas a un lado para pensar en el futuro.
 
Alexánder Olmos: “Acampé por indignación”
 
Cuando se acabó la Marcha del Silencio, el 5 de octubre, me quedé en la Plaza de Bolívar con un amigo. Había músicos, congas, una tambora, y nos quedamos bailando. De repente vimos una carpa, donde estaban los que tomaron la iniciativa. A los dos días traje mis cosas. Después del fracaso en las urnas, me vine a acampar por indignación.
Fue un experimento en el que estaba representada casi toda la escena nacional. Aprendí a convivir con la diversidad a pesar de que al principio hubo problemas de convivencia. Implantamos un formato diferente de resistencia civil. Los poderes se dieron cuenta de que la calle sigue siendo un medio de expresión, no necesariamente violento.
 
Blanca Jiménez: “Logramos dar un primer paso”
 
Soy lideresa de derechos humanos, tolimense, pero el conflicto me ha venido desplazando. Viví en Caquetá y en Putumayo. Ahora estoy en Bogotá y, claro, tocaba ir a la Marcha del Silencio. Después nos quedamos en el campamento, donde hice parte del comité de pedagogía y cultura. 
Que los estudiantes se hayan pronunciado fue muy bueno, sobre todo para nosotros, las víctimas. Desde aquí logramos que se diera un primer paso en la búsqueda de una paz verdadera.
 
José Arturo Gil: “El propósito era la resistencia civil”
 
Me di cuenta por alguien que ya estaba acampando. Vine el segundo día a enterarme de sus propósitos y el cuarto día me quedé. Sacrificios hice muchos. Esto fue un desgaste físico y económico. En las últimas noches las cobijas se humedecieron porque mi carpa se dañó y se le entraba el agua. Dejé a mi esposa todas las semanas, y a los hijos. También se afectaba el trabajo, porque me dedico al litigio y tocaba estar pendiente en los juzgados. Allá me tocaba cambiar la pinta de jean y botas que vestía en la Plaza por camisa, zapatos y un maletín bajo el brazo.
Aunque no estaba de lleno, esto se trataba de pertenecer a algo. Soy abogado, exsuboficial del Ejército y víctima de los paramilitares. En 2001, las tropas de Hernán Giraldo se enfrentaron con las de “Jorge 40” en la Sierra Nevada. Mi madre, mi hermana y yo fuimos desplazados. Somos de Bogotá, pero teníamos fincas cerca del parque Tayrona. El propósito de participar en el campamento fue hacer resistencia civil y solidaria como llamado para que se firmaran e implementaran los acuerdos. Al tiempo, pude compartir con gente que tenía tantas cosas qué contar, igual que yo.
 
David Lucano Sánchez:  “Fuimos los vecinos del poder”
 
Aquí cada uno puso en práctica toda la cháchara que se puede hablar en un aula de clase. La academia, en medio de tanto discurso, muchas veces no termina dejándote hacer nada. En algún momento llegó el rumor de que, según la gente, éramos unos desocupados que se la pasaban durmiendo. Pero a pesar del clima –porque nos tocaron unos aguaceros los berracos– se mantenía la programación. Todo el tiempo nos visitaron universidades, por ejemplo. Desde adentro, de todas formas, no tenía la dimensión de todo esto, hasta que comencé a ver los informes en diferentes cadenas, incluso internacionales. Es importante haber despertado todos los días como los vecinos del poder, los que toman las decisiones, como un símbolo que les decía que cuando queremos, podemos presionarlos.
 
Ana Joseph:  “Construir cosas de la nada”
 
Vengo de Nueva York. Del campamento me di cuenta por las noticias y llegué a los diez días. Aprendí mucho de los demás. Ojalá la gente se dé cuenta, a partir de lo que hicimos, de que puede hacer cualquier cosa. Solo necesita dedicación e imaginación para generar cambios. Para construir cosas de la nada.
 
Julián Castillo: “Nos organizamos sin saber cómo”
 
Estudio antropología en los Andes. Vivo arriba de la Plaza y el segundo día del campamento, cuando volvía en bici de una reunión, vi a un amigo ahí. Me llamó la atención que no solo fueran estudiantes, sino víctimas, profesores, empleados. Gente que nunca había pertenecido a un sindicato, al movimiento estudiantil ni a nada por el estilo. Uno llega de la academia teniendo claras un par de cosas, pero el proceso más bonito fue desaprender. Me encontré con personas que tenían fórmulas muy prácticas de construir conocimiento. Entendíamos la frustración frente a la clase política, nos organizamos sin saber cómo y al final logramos reivindicar la movilización social. Por estar aquí perdí el semestre en la universidad, perdí el trabajo, perdí todo. Pero eso no se compara con lo que gané. Nos paramos en la mitad de los poderes institucionales del país y les dijimos, sin arrogancia: “un momento: como pueblo ejercemos poder ante las decisiones que tomen”.