Remembranza de un liberal auténtico

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La noticia del fallecimiento del excandidato presidencial Horacio Serpa Uribe, trae a la memoria la trayectoria de un dirigente santandereano que protagonizó la vida del país durante 50 años y fue tres veces candidato a la Presidencia.

El martes 15 de agosto de 1995 en el Congreso, en desarrollo de una agitada sesión política contra el gobierno Samper, desde el atril del Senado, el ministro del interior Horacio Serpa Uribe, emulando a Gaitán encaró a sus opositores y con vibrato a bordo exclamó: “que el presidente va a renunciar, mamola”. Ese mismo día, en medio del escándalo del proceso 8000 que tomaba dimensiones de terremoto político, fue capturado el ministro de defensa, Fernando Botero. En el clímax de la pelea, el hombre que se la jugó por Samper y enfrentó el alud que se le vino encima fue el político santandereano.

No era la primera vez que Horacio Serpa Uribe mostraba lealtad con Ernesto Samper. El 10 de marzo de 1989, una semana después de que el político bogotano resultara gravemente herido en un atentado en el que perdió la vida el dirigente de la Unión Patriótica, José Antequera, Serpa tomó la decisión de abandonar la Procuraduría General de la Nación y ponerse al frente del movimiento político de su compañero de batalla. Por eso fue su jefe de debate en la candidatura presidencial y juntos empezaron a gobernar a Colombia con el sol a las espaldas por el lío de los narcocasetes.

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Sin embargo, antes de que el devenir político los llevara al poder, Serpa Uribe ya había desarrollado una exitosa trayectoria de dirigente regional en su departamento. Nacido en Bucaramanga en 1943, abogado de la Universidad del Atlántico en Barranquilla, primero ejerció como juez en algunos municipios de Santander, pero en 1979 lo encargaron de la alcaldía de Barrancabermeja y dejó el camino de los juzgados por el ejercicio político. Al año siguiente fue electo concejal del puerto petrolero y, junto a otros dirigentes, constituyó su propia plataforma política de arraigo regional.

El Frente de Izquierda Liberal Auténtico (FILA), que junto a Aristides Andrade, Mario Olarte o Rafael Fernández, entre otros, no solo hizo historia en Barrancabermeja, sino que entró a disputarle curules a los barones electorales de Santander, empezando por la Confederación Liberal de Rodolfo González y Eduardo Mestre. No pasó mucho tiempo en saltar a las grandes ligas. En 1974, se asomó como suplente del representante a la Cámara Rogerio Ayala y, en una “paloma” que le dieron, se lució como integrante de la Comisión de Acusación en las pesquisas al gobierno López.

Cuatro años después, con votos del FILA y unos cuantos más del departamento, Serpa ganó su propia curul para el mismo cuatrienio en el que se desarrolló el tristemente recordado Estatuto de Seguridad de Julio César Turbay Ayala. Y como en ese tiempo era posible, ese mismo 1978 también salió electo concejal de Barrancabermeja junto a su compañero de mil batallas Aristides Andrade. Desde ambos frentes, fue rotunda la oposición a los desmanes del Estatuto y no faltaron las denuncias a la violencia paramilitar que ya se sentía con fuerza en la zona del Magdalena Medio.

Para 1982 ya era un dirigente reconocido y el presidente Belisario Betancur lo sumó a su comisión de paz, en desarrollo de una política de diálogo con la guerrilla que dividió en dos la historia de Colombia. Con el aval del gobierno, Serpa recorrió aldeas perdidas de la geografía santandereana buscando de qué manera el comandante del frente 20 de las Farc que se mantenía a reacio a la tregua, aceptaba acogerla. Sus detractores políticos no le perdonaron esa convicción por la paz y, por mucho tiempo, utilizaron fotografías de su encuentro con la guerrilla para estigmatizar su accionar político.

No obstante, los seguidores del FILA mantuvieron su unión y en 1986 lograron que Horacio Serpa llegara al Senado y Aristides Andrade a la Cámara. Este último recuerda que el FILA nació en las riberas del río Magdalena, pero fue corriendo la cerca y llegó con éxito a Bucaramanga y al interior de Santander, en buena medida por la capacidad política de Serpa Uribe. “Fue un hombre de absoluta puntualidad y pulcritud, reacio a los agasajos, con un discurso fuera de serie que muchos conocían desde los tiempos en los que se movió en el ámbito del derecho penal”.

En 1988, tras el asesinato del procurador Carlos Mauro Hoyos a manos de Los Extraditables de Pablo Escobar Gaviria, el presidente Virgilio Barco convenció a Serpa de asumir el Ministerio Público en momentos en que el país ya sufría los rigores del paramilitarismo desatado y el narcoterrorismo. Sin embargo, solo permaneció en el cargo algunos meses. Tras el atentado en que salió herido su copartidario Ernesto Samper en marzo de 1989, dejó la Procuraduría para asumir las banderas del precandidato presidencial. En el ocaso del gobierno Barco ocupó algunos meses el Ministerio de Gobierno.

Después de la violenta campaña presidencial de 1990, con tres candidatos asesinados -Luis Carlos Galán, Bernardo Jaramillo y Carlos Pizarro-, Horacio Serpa volvió al Senado. Tampoco por mucho tiempo. Cuando se abrió camino la Asamblea Nacional Constituyente, encabezó la lista oficial del Partido Liberal y, junto a Antonio Navarro Wolff y Álvaro Gómez Hurtado, presidió la Asamblea que redactó la Carta Política de 1991. Al término de la misma, aceptó ser comisionado de paz del gobierno de César Gaviria para los fallidos diálogos de paz con los grupos insurgentes en Tlaxcala (Méjico).

De cara a los comicios electorales de 1994, fue jefe de debate de Ernesto Samper y, tras su victoria, ministro del Interior. El momento de volverse guardián del primer mandatario, ante la arremetida de la oposición para forzarlo a renunciar. Entonces no solo enfrentó opositores en el Congreso, sino también a Estados Unidos. En septiembre de 1995 se produjo un atentado contra el abogado de Samper, el jurista Antonio Cancino y, consultado por los periodistas sobre la hipótesis de que en la acción estuviera la mano de la DEA, contestó irónico: “Si usted lo dice, a mí me suena bastante”.

El Departamento de Estado de Estados Unidos se declaró indignado, pero Serpa no se retractó, como tampoco lo hizo para descalificar al vicefiscal Adolfo Salamanca por sus comentarios públicos contra el gobierno. En marzo de 1996, luego de que el exministro Fernando Botero se fuera lanza en ristre contra Samper, a quien señaló de saber del ingreso de dineros del narcotráfico a su campaña política, la Fiscalía lo sumó a la redada del 8000. Junto a Rodrigo Pardo y Juan Manuel Turbay, Serpa empezó a ser investigado por sus responsabilidades en la empresa electoral de 1994.

Al final fue absuelto, lo mismo que el presidente Samper en junio de 1996 por la Cámara de Representantes. Entonces volvió la pugna con Estados Unidos que le quitó la visa al primer mandatario. Ante la indecisión del vicepresidente Humberto de La Calle frente a la coyuntura, Serpa no tuvo problemas en criticarlo con su habitual estilo. Recordando una canción popular le dijo que se le podía aplicar la frase de “Usted, no es na, ni chicha ni limoná”. Después le aplicó otro dardo: “Esto dijo el armadillo trepado en un palo de coco, ni me subo ni me bajo, ni me quedo aquí tampoco”.

A las 48 horas renunció De la Calle, y Horacio Serpa continuó en la defensa del gobierno, afrontando un intento de moción de censura, las descertificaciones de Estados Unidos, y los señalamientos de la familia Gómez, que siempre señaló al dirigente santandereano de estar implicado en la muerte del dirigente conservador Álvaro Gómez Hurtado en 1995. Serpa siempre calificó como una infamia este señalamiento. El 28 de mayo de 1997, renunció al ministerio del Interior para lanzarse a la Presidencia de la República, dejando en su reemplazo al dirigente vallecaucano Carlos Holmes Trujillo.

Fue una campaña política sacudida por la violencia. El paramilitarismo y la guerrilla de las Farc habían alcanzado niveles de agresión a la población civil nunca vistos, y el énfasis de la campaña se centró en la posibilidad de entablar una negociación de paz. Hacia marzo de 1998, las preferencias electorales daban como claro ganador a Horacio Serpa, pero se produjeron hechos políticos que equilibraron el debate con su rival directo, el exalcalde de Bogotá, Andrés Pastrana Arango, quien encaró la contienda desde la consigna de oposición al “continuismo” samperista.

En marzo de 1998, Alfonso Valdivieso, que había renunciado a la Fiscalía para buscar la Presidencia, dimitió a su campaña y adhirió a Andrés Pastrana desde una plataforma paralela que se denominó “La gran alianza por el cambio”. Valdivieso no solo era de origen liberal sino primo hermano y copartidario de Luis Carlos Galán. Así que arrastró consigo a un sector del antiguo galanismo, al gavirismo, y a otros liberales que a última hora cambiaron de orilla. Aun así, el domingo 31 de mayo de 1998, Horacio Serpa logró derrotar en primera vuelta a su contendor Andrés Pastrana.

Pero dos semanas después, se produjo el hecho que selló la suerte del dirigente santandereano. Pastrana hizo públicas las fotografías de un encuentro sostenido con el máximo líder de las Farc, Manuel Marulanda Vélez, que dejaron ver el testimonio de compromiso de la guerrilla para iniciar diálogos de paz si el ganador era Pastrana. Incluso, el líder guerrillero posó en las fotos portando un reloj alusivo a la campaña Pastrana Presidente. El 21 de junio de 1998, Pastrana derrotó por medio millón de votos a Serpa y ese mismo día comenzó la historia del accidentado proceso de paz en una zona de distensión.

Durante el cuatrienio de Andrés Pastrana, mientras el proceso de paz era fuente permanente de escándalos y escasos avances y el paramilitarismo se desbordaba en masacres, Horacio Serpa fue ambientando su nueva campaña. Pero tanto él, como su movimiento original FILA o su copartidario Aristides Andrade, vieron cómo las autodefensas obraban a sus anchas en política y en contra de sus intereses regionales. Cooptando circuitos electorales, concejos y alcaldías, primero vieron cómo en Santander impusieron a desconocidos, y después cómo se dio la orden de cerrarles el paso.

En 2002, en la recta final de la campaña electoral, la suerte ya estaba echada. A última hora, como ocurrió en 1998, significativos líderes del liberalismo y de sectores afines abandonaron la campaña de Horacio Serpa y se sumaron a la empresa electoral de Álvaro Uribe Vélez, quien terminó ganando en primera vuelta. Su antiguo copartidario del FILA, Aristides Andrade, tampoco pudo revalidar su regreso al Congreso ante la presión del paramilitarismo que impuso a su candidato. Con la aplanadora del uribismo en el poder, parecía señalado el ocaso de Horacio Serpa Uribe.

No obstante, le faltaban batallas. Entre 2002 y 2004 estuvo en la embajada de Colombia en la OEA, pero cuando el uribismo sacó a relucir su as de cambiar la constitución para asegurar la reelección presidencial de Uribe, regresó al país y ambientó su tercera campaña política. Ya no había como revertir la tendencia. Aunque derrotó a sus copartidarios Rafael Pardo, Rodrigo Rivera y Andrés González en el juego de las precandidaturas, al final Uribe resultó electo en 2006. De inmediato, pasó la página y, dos años después, se lanzó a la gobernación de Santander y salió electo.

Como en los tiempos del FILA, sus paisanos lo respaldaron y gobernó en Santander hasta 2012. Entonces, decidió medírsele a una nueva contienda, esta vez, para regresar al Congreso, que había dejado en 1990. Salió electo senador para el cuatrienio 2014-2018, en el que vio cómo se cumplía uno de sus sueños de colombiano: la firma del proceso de paz entre el Estado y las Farc tras los diálogos de paz en La Habana. Sus últimas acciones públicas fueron para asegurar que esa iniciativa prosperara y quedara trazado por el Legislativo el camino para la implementación de los acuerdos.

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Concluida su gestión parlamentaria dio un paso al costado. En su reemplazo, fue elegido su hijo Horacio José Serpa. Él regresó a su terruño, se recogió en su vida familiar y hasta este 31 de octubre de 2020 combatió a un cáncer que finalmente impuso su ley. Se ha ido un liberal a carta cabal, un santandereano que nunca cedió a la tentación de armar disidencias oportunistas. Que, como todos, acertó y también se equivocó, pero que supo jugar limpio en el escenario de la política y dio de qué hablar durante cinco décadas de lucha permanente por un ideario que defendió hasta su muerte.

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