'No podemos ser limosneros del Gobierno'

Número 100 en la lista del conservatismo, dice que están más unidos tras la convención.

Ángela Ospina propone reelección de congresistas por sólo un período. / Luis Ángel

Nieta del expresidente Mariano Ospina Pérez y de Bertha Hernández de Ospina, la primera mujer en la historia del país en llegar al Senado, Ángela Ospina de Nicholls dice que se cansó de ser una simple espectadora del acontecer político nacional y que ahora quiere aportar en la construcción de una nueva Colombia.

Licenciada en filosofía, exasesora de la Consejería para la Equidad de la Mujer, del Ministerio del Interior, del despacho de la primera dama y del Incoder —todo en el gobierno Uribe— es la última en la lista al Senado del Partido Conservador, puesto que, según dice, simboliza su distancia con los parlamentarios tradicionales de la colectividad, que están entregados al Gobierno por puestos y contratos.

¿Qué tan cercana es al expresidente Álvaro Uribe?

Tenemos una amistad de muchos años a través de su esposa, Lina Moreno. Pero no es una amistad política, sino de ciudad y de compartir la crianza de nuestros hijos. Soy bogotana, pero vivo en Medellín, soy casada con antioqueño y mis hijas son antioqueñas.

¿Por qué el número 100 en el tarjetón?

Estoy marcando distancia, en este momento, de lo que representan los parlamentarios tradicionales de mi partido. Quiero representar ese conservatismo indignado, rebelde, que quiere y exige volver a sus principios fundacionales.

¿Y qué representan los parlamentarios conservadores hoy?

La mermelada, las coaliciones desde un concepto más burocrático que programático.

Claro que eso no es de ahora, es un estigma que hace rato arrastra el partido, incluyendo los ocho años del gobierno Uribe...

En su última campaña en 1976, mi abuelo recorrió el país para tratar de mantener el 40% del poder en el Congreso y en un discurso en Montería dijo: el Partido Conservador siempre ha sido un partido de minorías dignas y no un partido limosnero del gobernante del turno. Mi abuelo fue un hombre mesurado y de coaliciones, pero con carácter programático. Hoy no lo son, el partido fue uribista, ahora es santista y mañana, venga el que venga, ahí estará. Así no puede ser, hay que marcar distancia.

¿Cree que con todo lo sucedido en la reciente convención se dividió el partido?

Al contrario, se unió. Me siento orgullosa de lo que pasó y dos generaciones son las dueñas de ese éxito: los jóvenes, escandalizados, y los mayores, desesperados por lo que estaba pasando. Son aquellos que no quieren ver el partido entregado y fue la movilización de un gran sentimiento conservador que quiere y exige retomar sus banderas y tener candidato propio.

Pero es claro que gran parte de la representación del partido en el Congreso quiere estar con Santos...

Pues en la convención quedó demostrado que este no es un partido parlamentario y ahora lo que tienen que hacer ellos es atender la voz y el mandato de la gente.

¿Debe entonces el partido salirse de la Unidad Nacional?

Sin duda. De hecho, creo que la participación ha sido más simbólica, pues no lo han tenido en cuenta en los momentos decisivos de este gobierno. Sólo nos volvimos importantes en los últimos meses por un caudal de votos.

¿Tiene Marta Lucía Ramírez verdaderas opciones de ganar?

Claro, porque ella representa ese conservatismo indignado que quiere volver a la política de principios, de programas y de propuestas de país, no de intereses de una minoría que está aferrada a sus cartas de poder.

¿Con quién sería mejor hacer alianza para una eventual segunda vuelta: santismo o uribismo?

Vamos paso a paso. Tenemos el mandato de ganar la Presidencia con candidata propia y así lo vamos a trabajar. Quienes hablan de que nos vamos a aliar con el uribismo es porque le tienen miedo a una candidata fuerte como lo es Marta Lucía Ramírez.

Dicen que el próximo Congreso será el de la paz, ¿usted lo ve así?

¿Y eso que significa? La paz no se legisla sino que se construye, ya para alcanzarla tenemos que construir un país donde todos los ciudadanos tengan garantizados los derechos a educación, salud, vivienda y trabajo digno. Sólo con ello habrá verdadera paz.

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