Responsable de protección a exguerrilleros

Óscar Naranjo: la última misión del general

Defensores y detractores coinciden en reconocerle al exdirector de la Policía y hoy vicepresidente de la República su disciplina y convicción. Hoy es quien empuja la implementación de los Acuerdos de La Habana en las regiones, coordina la seguridad ciudadana y fomenta la aplicación de la política antinarcóticos.

Óscar Naranjo, vicepresidente de la República. Gustavo Torrijos - El Espectador

Cuando mira al espejo retrovisor, como quien añora el pasado, sólo hay una cosa por la que piensa que valdría la pena devolver el tiempo: “En Medellín, cuando Pablo Escobar mató un poco más de 500 policías en un año, por disciplina nunca dije nada. Me arrepiento. Hoy pienso que los jóvenes de esa época hemos debido elevar nuestra voz para reclamar una acción de Estado y de toda la sociedad contra esa violencia”. En ese entonces, el general (r) Óscar Naranjo, actual vicepresidente de Colombia, sólo llevaba 12 años de servicio en la Policía, dando los primeros pasos de una carrera que lo llevaría a tener un papel protagónico en uno de los episodios más atroces que ha vivido el país: la lucha contra los carteles del narcotráfico.

Pero decir no cuando de cumplirle a la sociedad se trata no es una opción para él. Tal vez esa vocación, heredada de su padre, el general Francisco José Naranjo, también exdirector de la Policía, lo terminó encaminando por el mismo rumbo, a pesar de intentar ensayar otros caminos a los cuales habría de renunciar. El primer llamado al que le hizo caso fue a la sociología, carrera de la que se retiró al muy poco tiempo, tentado por la comunicación social, la misma que le sirvió para darse cuenta de que su lugar era la Escuela de Cadetes General Santander.

Allí lo llevó el azar, se puede decir. Era apenas un estudiante de primer semestre intentando aproximarse a sus primeras líneas como eventual periodista que decidió seguirle la pista al secuestro de una menor en Bogotá, cuya historia le serviría para una crónica que preparaba. El presenciar el rescate de la niña y ver el rostro agradecido de sus padres con la Policía, por el exitoso resultado, lo terminó convenciendo de que a eso quería dedicarse. Y así lo hizo para terminar afrontando la muerte en más de una ocasión.

La que más recuerda es la que le ocurrió un septiembre de 1979, cuando apenas llevaba un año dentro de la institución. Terminó persiguiendo a un sospechoso de hurto en el noroccidente de Bogotá. El hombre, al ser abordado, abrió fuego contra él. Una noche de triunfo y lamento. Tras salvarse de ser tocado por una de esas balas, respondió los disparos dejando herido de muerte al sujeto. Un hecho que, a pesar de ser el hijo del director de la Policía, no lo salvó de un proceso penal por homicidio y que terminó archivado porque las autoridades evidenciaron que fue defensa propia.

“En los cargos que ha tenido siempre ha habido un riesgo. Pero él es una persona muy tranquila que ha sabido manejar ese tema con mucha prudencia”, recuerda Marina Naranjo, una de sus hijas, quien al tiempo rememora la gratitud que tiene su padre con Claudia, su esposa y compañera de luchas, con quien tiene recuerdos desde que ella tenía 13 años. Sus amigos más cercanos afirman que ese apoyo incondicional en los momentos más duros ha significado para él su mejor regalo.

Y eso se lo reconoce su trayectoria profesional, que lo vio comandar el grupo de contrainteligencia de la Dijín, la Dirección de Inteligencia, la Policía Metropolitana de Cali y la Dirección de Investigación Criminal e Interpol. En 2007, su desempeño terminó recompensándolo cuando el presidente Álvaro Uribe lo nombró director nacional, donde permaneció hasta mediados de 2012, ya cuando Juan Manuel Santos llevaba dos años de gobierno.

¿Por qué se fue? Un día su hija menor, María Claudia, le preguntó que cuándo se iba a retirar. Él no sabía qué contestarle porque no era una opción que tenía planeada y menos cuando estaba propinando los golpes más contundentes a la delincuencia. Palabras más, palabras menos, su hija le dijo que él les había enseñado que “uno se va de las fiestas antes de que se llene de borrachos”. Sorprendido, entró en una etapa de reflexión que, al final, lo llevó a tomar la decisión de abandonar la institución.

“La noticia de su designación como vicepresidente nos causó, por un lado, un orgullo inmenso, pues su vocación siempre ha sido servir a su país. Sin embargo, después de no haberlo tenido en casa por cuatro años y medio tras el proceso de paz en Cuba fue duro”, reconoce su hija Marina, al recordar que la renuncia de Naranjo a la Dirección de la Policía no significó el retiro de su rol en el servicio público. Después de fungir como negociador de paz en La Habana, aceptó convertirse en ministro consejero para el posconflicto. Y en enero de este año, el presidente Santos lo postuló para reemplazar en la Vicepresidencia a Germán Vargas Lleras, quien renunció para meterse al juego electoral.

Como segundo al mando en la Casa de Nariño, su tarea ha sido consolidar los cuatro puntos cardinales sobre los cuales hoy gravita la implementación de lo pactado en La Habana: coordinar y empujar la implementación del Acuerdo de Paz, garantizar la protección de los exguerrilleros que se reincorporan a la sociedad y la vida de los defensores de derechos humanos y líderes sociales; coordinar la seguridad ciudadana e impulsar la aplicación de una política antinarcóticos eficiente. No son tareas sencillas, le dijo el primer mandatario, “pero sabemos que contamos con la persona correcta, en el momento correcto, para la misión correcta”.

¿Será la última que ejerza antes de que se acabe este gobierno? “Tengo la frustración de no haber terminado una carrera que siempre he querido: filosofía. Y pienso que llegó la hora de asumirla, después de 40 años de servicio público. Es allí donde me terminaré refugiando”, confiesa.