La paz y el factor Obama

Las características de las zonas de concentración, las propuestas sobre la dejación de armas y los términos del cese bilateral han alejado las posiciones del Gobierno y la guerrilla.

En febrero pasado, en la celebración de los 15 años del Plan Colombia, el secretario de Estado, John Kerry, expresó el respaldo de EE. UU. a la paz.EFE

El 23 de marzo quedará en la memoria como la fecha en que no se firmó el acuerdo final de paz entre el Gobierno y las Farc. Seis meses atrás, al tiempo que se anunciaba el pacto en materia de justicia, el presidente Juan Manuel Santos y el máximo comandante de esa guerrilla, Rodrigo Londoño Echeverri, alias Timochenko, anunciaron que para ese día se concretaría la terminación del conflicto colombiano. Lo hicieron confiados en que una vez resuelto el dilema de lo judicial, lo que quedaba por definirse eran temas que no tenían mayores diferencias.

Pero el tiempo pasó y la realidad de la vida política nacional alejó a las partes. La concreción de los acuerdos en asuntos como el cese bilateral, la dejación de las armas, la concentración de las unidades guerrilleras o la refrendación de los acuerdos no alcanzarán a estar listos para el próximo miércoles, cuando se cumple el plazo señalado.

Un escenario de desacuerdos que coincide con la histórica visita del presidente de Estados Unidos, Barack Obama, a La Habana, este lunes y martes, que ha significado presión adicional a la mesa de negociaciones. Muchos esperaban que la paz entre Estados Unidos y Cuba coincidiera con el fin del conflicto colombiano, el más largo del hemisferio occidental. Hoy está claro que los tiempos de uno y otro evento no son los mismos y que esa foto no se dará. “Preferimos un buen acuerdo a una foto con Obama”, dijo el mismo Timochenko.

Lo que sí puede ocurrir —conoció El Espectador— es que el secretario del Departamento de Estado, Jhon Kerry, tenga un encuentro con la delegación de paz de las Farc para revisar los avances del proceso. Un hecho que no tiene antecedentes y que le daría el impulso que le falta a la mesa, tal vez, para que el miércoles 23 todo cambie de rumbo y se concrete un acuerdo, si bien no definitivo, sí muy importante, bien sea el cese bilateral del fuego y de hostilidades o la estrategia para el desmonte del paramilitarismo.

Sea como sea, el presidente Obama ha sido, desde el comienzo del proceso de paz, un factor clave para su desarrollo. Tiene delegado propio en la mesa, Bernard Aronson, y las mismas Farc han entendido que es mejor que los diálogos cuenten con el respaldo estadounidense. Al fin y al cabo, Simón Trinidad sigue preso en territorio norteamericano y tal y como están las cosas, su liberación o un acuerdo para que sea trasladado a otro país (se habla de Noruega) depende por ahora de un eventual “perdón presidencial”, como lo estipulan las leyes de Estados Unidos.

De hecho, a comienzos de marzo, Aronson se reunió en La Habana con la delegación de paz del Gobierno, que encabeza Humberto de la Calle, con el propósito de conocer la hoja de ruta marcada para firmar los puntos restantes que hacen falta concluir, entre ellos el que tiene que ver con el fin del conflicto. En ese entonces aún hervía la crisis que generó el episodio ocurrido en el corregimiento de Conejo, en La Guajira, donde un grupo de guerrilleros, algunos armados y encabezados por Iván Márquez, realizó, en plaza pública, labores de pedagogía.

El Gobierno consideró que se habían violado los protocolos para realizar estas labores al convocar a la población civil a un evento de la guerrillerada. Tuvieron que intervenir los representantes de Cuba y Noruega, países garantes, para que el proceso de paz retomara su trabajo. El hecho desembocó en un nuevo protocolo para permitir las visitas de los comandantes guerrilleros a los campamentos en Colombia. Se acordó que no se reunirían con las comunidades y que los actos serían fuera de los cascos urbanos.

A renglón seguido, el Congreso, convocado a sesiones extraordinarias para modificar la Ley de Orden Público, impulsó una prohibición tácita para que las zonas de concentración donde las Farc realizarían los procesos de dejación de armas y desmovilización, no pudieran estar en áreas urbanas. Algo que molestó a las Farc por dos motivos: primero, porque las características de esas zonas debían ser acordadas en la mesa de diálogos y no por el Legislativo. Y segundo, porque para la insurgencia no es viable concentrarlos en zonas despobladas. “Entonces con quiénes vamos a hacer política. ¿Con las dantas y los micos?”, preguntó el jefe guerrillero Pablo Catatumbo.

El asunto de las zonas de concentración conecta con dos temas medulares: la dejación de armas y las garantías de seguridad en dichas zonas de concentración. En cuanto a lo primero, la posición del Gobierno es que las armas deben ser entregadas “en cuestión de meses, no años”, y deben ser entregadas fusil por fusil.

Para la guerrilla esta propuesta es inviable. Su planteamiento es que la dejación de armas será progresiva y paralela al cumplimiento de los acuerdos. Es decir, tardaría lo que se demore la implementación de lo acordado. Y lo segundo tiene que ver con quién prestará la seguridad de las unidades guerrilleras una vez concentradas. Las Farc se niegan a que sea la Fuerza Pública, pues consideran que no brinda garantías, más cuando la subversión se encuentre desarmada.

Con un aliciente más: el asesinato de varios líderes de izquierda en el último mes, que da muestras de un rearme del paramilitarismo y pone en peligro los avances de la mesa de diálogos, minando la credibilidad de las Farc. Un asunto en el que la mesa ha estado trabajando fuertemente. La subcomisión para el desmonte del paramilitarismo —que encabezan el general (r) Óscar Naranjo y Catatumbo— ha tenido importantes avances. Se dice que ya existen varias cuartillas escritas y que las posiciones de una y otra parte no distan mucho. Incluso, hay quienes se atreven a pensar que este acuerdo está cerca de concretarse y que podría darse a conocer el miércoles, cuando el ciclo 48 de negociaciones llegue a su fin.

Otro de los temas que ha impedido que se avance al ritmo esperado tiene que ver con una comunicación de la guerrilla, interceptada al parecer por la inteligencia militar, y filtrada al Centro Democrático. En ella se habla de un mensaje de Timochenko a sus tropas, en el que les advierte sobre “los peligros de una traición” por parte de Santos y sostiene que en la mesa de diálogos hay una fuerte molestia porque las propuestas de la subcomisión técnica para el fin del conflicto, que integran uniformados activos y comandantes guerrilleros, no ha sido tenido en cuenta.

En este caso, el inconformismo tiene dos direcciones: de un lado, la interceptación y filtración de la comunicación es leída por la insurgencia como falta de compromiso de un sector de la Fuerza Pública con el proceso de paz; y del otro, la incomodidad con el Gobierno por supuestamente haber dejado de lado el trabajo que por casi un año realizó dicha subcomisión. Desde el Ejecutivo se niega que no incluyeran las recomendaciones planteadas.

Hace apenas unos días, Timochenko le pidió a Estados Unidos “un gesto” para impulsar más el proceso de paz colombiano, “porque ellos saben que pueden hacer mucho más”. Y aunque no quiso aclarar si ese “gesto” se refiere a lo de Simón Trinidad, sí enfatizó que, en cierta medida, el proceso “está bendecido” por los norteamericanos. Bendición que, se dice en voz baja en La Habana, esperan que de una u otra manera sea ratificada mañana cuando Obama pise suelo cubano.