Peñalosa y el plan guanábana

En Pereira y Armenia, con la ciudadanía y ante los medios de comunicación, el exalcalde de Bogotá dejó ver que está cultivando las habilidades para hacer política que le faltaron en el pasado.

Enrique Peñalosa en Pereira, al explicar su plan de publicidad para productos agrícolas. / Christian Garavito

Conectarse con el electorado de una región no es tarea fácil. Los candidatos, a semanas de las elecciones presidenciales, visitan dos o más ciudades en un mismo día para fotografiarse con la gente, acercarse a líderes de opinión locales, dar entrevistas en medios regionales, conocer las necesidades de la población y hacer sus propuestas con el propósito de sumar apoyos que se conviertan en votos. El Espectador acompañó a Enrique Peñalosa, el candidato de la Alianza Verde, en su periplo por el Eje Cafetero.

El pasado viernes, el candidato dio inicio a su agenda por Pereira en la filial regional de una cadena nacional de radio. Allí fue recibido por los directivos y periodistas en un ambiente descomplicado y lleno de halagos para quien, según el gerente de la estación, era “la esperanza de los risaraldenses”. Peñalosa entró a la cabina para grabar una entrevista en la que no habló de política sino de viejos amores, de su juventud en el exterior, de su música preferida y de recuerdos sobre viajes por la cordillera Central. La entrevista mostró a un hombre que, sin utilizar adagios y lugares comunes, está procurando volverse de carne y hueso para quienes lo han mostrado como un gerente alejado de los problemas prácticos de la población.

En medio de fotos y abrazos con los trabajadores de la estación de radio, Peñalosa salió en su bicicleta saludando a los transeúntes pereiranos hasta encontrarse con un reportero del canal local de televisión que lo cuestionó sobre su propuesta de una reforma urbanística que facilite la peatonalización y el uso de la bicicleta.

Acto seguido, el candidato caminó hacia otra estación radial. Posó para las cámaras con una familia de la etnia embera chamí que le presentó una de sus asesoras regionales de campaña, habló con un hombre en silla de ruedas al que le prometió andenes menos hostiles para movilizarse, escuchó a una mujer desplazada con problemas de vivienda a la que no le hizo promesas y en cambio le concedió una foto, y escuchó a un campesino que, agobiado por las deudas y por los bajos precios a los que los intermediarios le compran sus guanábanas, le pidió soluciones para los problemas del pequeño agricultor.

Peñalosa le dijo que no iba a “atacar a los intermediarios porque están en su derecho a competir. Lo que voy a hacer es una campaña publicitaria con recetas saludables para fomentar el consumo de frutas por encima de productos empacados que hoy les están quitando mercado. Le aseguro que en dos meses, al subir la demanda, le están pagando la guanábana al doble”.

De ahí en adelante, en las entrevistas radiales que dio, Peñalosa mostró ese plan como una de “sus soluciones prácticas, sencillas y baratas” para aliviar problemas comunes. Incluso, en un encuentro posterior al que asistieron empresarios y líderes ambientales risaraldenses, así como gerentes de medios que ya lo habían atendido, dijo que, como no era experto en todos los temas sino en nombrar gente con las mejores calidades académicas y gerenciales, el pragmatismo y la gestión, que estaban representados en el ‘plan guanábana’ iban a ser la norma en un mandato que, pretende, “no dejar un país perfecto, sino la semilla de la cultura de la calidad de vida y no del enriquecimiento a toda costa”.

La intuición política de Peñalosa le dictaba que este tipo de propuestas son las que la gente quiere escuchar. Por eso, antes de salir hacia Armenia les pidió a sus asesores que ubicaran un supermercado en el que tuvieran guanábanas y le ordenó a su jefe de prensa que contactara a los corresponsales de los canales de televisión. Llegó al mercado, donde aprovechó para contactarse con los compradores y, una vez llegaron las cámaras, explicó a los reporteros cuál era el alcance de una idea que, reconoció, le vino súbitamente a la cabeza.

De camino a Armenia, después de parar a almorzar un sudado montañero, Peñalosa sacó su celular y envió por Twitter tres mensajes explicando la propuesta. En la capital de Quindío, donde lo aguardaba un auditorio de juventudes de la Alianza Verde, académicos, empresarios y agricultores, Peñalosa fue cuestionado por un representante de Dignidad Agropecuaria que le expuso paso por paso las razones de la crisis que vive el sector: que los insumos son caros, que están controlados por tres empresas, que no hay subsidios, que no hay una base de precios regulada, que los intermediarios y las grandes superficies controlan el mercado, que hay productos importados más baratos que los nacionales, entre otras aseveraciones.

Entonces hizo un planteamiento más estructurado y dijo que estaba dispuesto a hacer cambios en los tratados de libre comercio, que hará una política de Estado para el agro, que hará infraestructura para reducir costos, y otros anuncios que apuntan más hacia una política pública compleja. A fin de cuentas, una cosa es hacer campaña y otra hacer gobierno. Peñalosa siente que está en su mejor momento para “hacer ambas cosas, hacer política con coherencia. Con el talante que he mantenido toda mi vida, aunque eso me haya generado costos electorales, vamos a dar la pelea”, le dijo a este diario al término del encuentro político.

 

 

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@CamiloSeguraA