¿Quítate tú pa´ ponerme yo?

En esta semana se cumplen los 190 años de uno de los sucesos más controversiales de la Independencia de América: la hermética reunión en Guayaquil entre los libertadores Simón Bolívar y José de San Martín.

La atmósfera era densa y pesada, no tanto por la humedad ambiental del puerto, que pegaba las telas de las camisas sobre las espaldas de los presentes, sino por la tensión implícita en el encuentro de los dos caudillos. Sables y entorchados alternaban con levitas y quevedos en la abigarrada concurrencia que esperaba el desarrollo del encuentro entre quienes representaban lo más eximio de la nueva aristocracia criolla, la misma que había redefinido los mapas trazando líneas con la punta de la espada sobre el suelo americano.

Simón Bolívar y José de San Martín tenían en común que el camino recorrido por cada uno de ellos para llegar hasta allí estaba sembrado de heroísmo, sangre y muerte, aunque también había que reconocerles a los dos su visión de futuro, su convicción independentista y su generosidad a la hora de consagrar su vida a echar al mar a los virreyes con todo y sus tropas.

El argentino, un oficial de caballería con 44 años de edad, veterano de la guerra que librara España contra las fuerzas francesas de ocupación, había sido designado comandante del ejército del norte de su país, desde donde cruzó Los Andes con sus jinetes gauchos rumbo a Chile, país que liberó después de una tenaz y sacrificada campaña al lado de Bernardo O’Higgins. De allí pasó a Perú navegando en una escuadra cuyos desembarcos obligaron al ejército del virrey a huir hacia las tierras altas de la sierra. Pero lejos de rendirse, los españoles se fortificaron y reforzaron hasta doblar en número al ejército insurgente, integrado por peruanos, argentinos, chilenos, venezolanos y colombianos. La independencia del Perú había sido proclamada, pero era apenas un saludo a la bandera porque en realidad la corona española estaba lejos de ser derrotada y, para colmo, la situación en las provincias del Río de La Plata, de donde provenía originalmente su autoridad, no estaba nada clara debido a las disputas entre centralistas y federalistas. Su única esperanza de triunfo, dado que sus mandos argentinos y chilenos le habían designado Protector del Perú, era recibir refuerzos. Y sólo una persona estaba en capacidad de proporcionárselos: Bolívar, de quien por supuesto tenía noticia, del mismo modo que el caraqueño conocía de sus logros en el sur. Ambos sabían que era necesario, casi urgente, que sostuviesen una entrevista para tratar temas militares y políticos atinentes al futuro.

Bolívar, con el ánimo exultante porque acababa de someter a Pasto tras la victoria de Bomboná, y a Quito gracias al éxito de Sucre en las faldas del Pichincha, había descendido hasta Guayaquil el 11 de julio de 1822 para meter en cintura a los notables del puerto, divididos en tres partidos que, o bien pretendían conservar su autonomía, o bien anexarse a Colombia, o bien al Perú. Acompañado por su nueva conquista amorosa, la señora Manuela Sáenz de Thorne, su humor no podía estar mejor aunque sus órdenes eran tajantes e incluso coléricas, como revelaba la forma casi dictatorial con que días antes ocupara la ciudad.

Sin tener noticia de ello, San Martín se embarcó en la goleta Macedonia el día 14 y puso proa a Guayaquil con la idea de ascender después a la sierra y encontrarse con Bolívar en Quito. Al fondear en la isla de Puná el 25 de julio, fue informado de la presencia de Bolívar y de su orden —manu militari— de incorporar la ciudad al territorio de Colombia, el nuevo país que ansiaba consolidar y que se llamaba así en honor a Cristóbal Colón. Habría unos comicios para que los guayaquileños decidieran si estaban o no de acuerdo, pero la presencia en las calles de aquellos soldados que habían combatido a lo largo del espinazo del continente no permitía suponer que la anexión pudiera revertirse.

El asunto tenía implicaciones graves porque Guayaquil había pertenecido desde siempre al Virreinato del Perú, no al de la Nueva Granada, y quizá por esa razón San Martín, sorprendido ya por la presencia de Bolívar, pensó que si desembarcaba podría desencadenarse algún tipo de conflicto.

Bolívar también estaba boquiabierto con el arribo de su contraparte. Tanto, que envió a sus edecanes con un mensaje escrito: “En este momento hemos tenido la muy satisfactoria sorpresa de saber que V. E. (Vuestra Excelencia) ha llegado a las aguas de Guayaquil. Mi satisfacción está turbada, sin embargo, porque no tendremos tiempo para preparar a V. E. una mínima parte de lo que se debe al Héroe del Sur, al Protector del Perú. Yo ignoro además si esta noticia es cierta, no habiendo recibido ninguna comunicación digna de darle fe”.

El Protector del Perú respondió expresando el temor de que su presencia causara eventuales problemas, y le propuso que sostuvieran el encuentro a bordo de la Macedonia, a lo que Bolívar respondió con otra misiva en la que le pedía no privar a la ciudad del honor de su visita. Pero, quizá dudando de la eficacia persuasiva de su escritura, en la mañana del día 26 decidió acercarse al puerto y solicitar permiso para subir a bordo de la nave, el cual le fue concedido. El abrazo entre ambos fue cálido y la estrategia de Bolívar dio frutos, pues San Martín, después de elogiar al anfitrión con palabras que éste después describiría como “lisonjeras”, accedió a desembarcar para reunirse ese mediodía en la casa de la familia Luzurriaga, adonde llegó acompañado por sus edecanes y una escolta de 25 húsares. La comitiva desfiló en medio de dos hileras de soldados de infantería en formación de parada, como correspondía a su importancia. Bolívar lo esperó en la escalera de entrada para estrecharle la mano y manifestar en voz bien alta su satisfacción por el encuentro, mientras una damita de nombre Carmen Calderón, previamente instruida por él, colocó en las sienes de San Martín una corona de laurel.

Acto seguido, y tras el protocolario y previsible ‘no me lo merezco’ del argentino, ambos se encerraron durante hora y media, sin testigos. Esa misma tarde, San Martín visitó a Bolívar en su casa y volvieron a hablar media hora, también a puerta cerrada.

Al día siguiente, San Martín visitó de nuevo la casa del Libertador para una tercera entrevista, igual de confidencial a las dos primeras, pero que se prolongó desde la una hasta las cinco de la tarde, hora en que salieron a presidir un banquete ofrecido por el anfitrión y después a un baile en el salón del Cabildo. A medianoche, San Martín se acercó con sigilo a Bolívar y le anunció su partida, que se produjo casi de inmediato. Su último apretón de manos fue sobre el muelle, al lado de la pasarela de la Numancia.

A partir de allí, y dado el hermetismo de los encuentros, hay tantas versiones de lo que ambos caudillos hablaron a solas como historiadores. Con pocas excepciones, por regla general la nacionalidad del estudioso determina la interpretación de los hechos, pero a grandes rasgos puede inferirse, basándose en fuentes documentales y testimonios posteriores, que la intención primordial de San Martín era pedir a Bolívar la unificación de fuerzas para ganar la guerra en el Perú de una vez por todas.

Bolívar manifestó su inquietud por la presencia de San Martín en ese país en caso de que él decidiera pasar la frontera, y éste se ofreció a ponerse bajo sus órdenes con todas sus tropas, a lo que el primero se negó. En vista de ello, el Protector decidió dejar el campo libre y en alguna carta escrita años después consignaría: “…Bolívar y yo no cabemos en el Perú: he penetrado sus miras arrojadas; he comprendido su desabrimiento por la gloria que pudiera caberme en la prosecución de la campaña. Él no excusará medios, por audaces que fuesen, para penetrar en esta república seguido de sus tropas; y quizás entonces no me sería dado evitar un conflicto a que la fatalidad pudiera llevarnos, dando así al mundo un humillante escándalo”.

En las comunicaciones de Bolívar a Santander, para dar cuenta de la reunión, en ningún momento se revela que las intenciones de San Martín fueran distintas a una solicitud de refuerzos, pero una versión posterior de Daniel Florencio O’Leary, oficial cercano al Libertador, y su confidente, asegura que “…se susurró entonces que las miras del Protector eran menos amistosas y sinceras, y que creyendo él llegar a Guayaquil al mismo tiempo que la división de Santa Cruz, y mientras el Libertador estuviese ocupado en Quito, daría aliento con su presencia al partido peruano y quizá lograría la anexión de la provincia al Perú (...) Difícil sería hallar dos caracteres más opuestos que el de Bolívar y San Martín. Franco, ingenuo, ardiente en sus amistades y generoso con sus enemigos era Bolívar, San Martín frío, disimulado e incapaz de perdonar las injurias o de hacer un beneficio que no redundase en su provecho”.

José Manuel Restrepo, historiador que también fue ministro y confidente de Bolívar, dice que San Martín, además de pedir refuerzos, expresó que lo más conveniente para el Perú era el establecimiento de una “monarquía moderada constitucional”, dado el carácter de los peruanos, culturalmente proclives a la sumisión desde tiempos del Inca. Por supuesto, Bolívar se negó de plano por considerarlo un mal ejemplo, y San Martín no pudo disimular su rostro de desagrado.

Como se ve, aquella ‘cumbre’ de hace 190 años no fue propiamente un evento fácil para ninguna de las partes. Si bien la diplomacia pareció reinar ante los ojos de los testigos, de puertas para adentro saltaron chispas producidas por un evento que los acuciosos reporteros de hoy titularían ‘choque de sables’.

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