Simacota, el primer golpe del Eln

Hoy hace 50 años, el municipio santandereano fue epicentro de la primera toma armada de este grupo guerrillero, que ahora ultima detalles para sentarse a una mesa de diálogos con el Gobierno.

La iglesia de Simacota (Santander) y al fondo la Cordillera de Los Cobardes, de donde bajaron los guerrilleros del Eln el 7 de enero de 1965. / Fotos: Pastor Virviescas Gómez

Hoy hace 50 años, cuando los habitantes de este olvidado pueblo santandereano pasaban el guayabo de la fiesta de los Reyes Magos, el Ejército de Liberación Nacional decidió irrumpir en el acontecer nacional con la primera toma armada y la posterior lectura del “Manifiesto de Simacota”, considerado la carta de navegación de una guerrilla que este miércoles dará a conocer lo que han dado en llamar un anuncio trascendental.

Ese 7 de enero de 1965, 27 subversivos, entre los que se contaban Nicolás Rodríguez Bautista, Gabino, y La Mona Mariela, incursionaron en la plaza con escopetas y revólveres, asaltaron la Caja Agraria, el estanco, la droguería y la agencia de Bavaria, mataron a tres policías y dos soldados, se llevaron un botín de $60.000 y cuatro fusiles M-1, y el comandante Fabio Vásquez Castaño, montado en el caballo Palomo y con una bandera de Colombia, leyó el documento que es el derrotero de una diezmada guerrilla procastrista que en su momento llegó a tener el control de vastas regiones de Santander, Norte de Santander, Arauca, Casanare y Bolívar, donde conserva relativo poder en la serranía de San Lucas.

A sus 79 años de edad, Luis Francisco Naranjo Argüello recuerda que ese jueves 7 de enero amaneció parrandeando y jugando cartas con el sargento de la Policía y otros dos agentes en el piqueteadero El Altico, a donde los simacoteros acostumbraban ir a bañarse y tomar guarapo.

“Después de desayunar caldo, cuando el suboficial iba para la plaza la gente gritaba que se había metido ‘la chusma’ y que tuviera cuidado porque estaban armados. Él se asustó y se fue al Telecom, pero en la esquina estaba La Mona Mariela, que lo recibió a plomo, y ahí quedó”, dice Naranjo, mientras recuerda que a la tienda de su hermana, la señorita Elvia, llegó un campesino a decir que en los cafetales de La Chapita había visto más hombres armados que venían de los lados de San Vicente de Chucurí y que tocaba guarecerse.

Mientras Elvia guardaba presurosa la imagen de San Antonio que religiosamente colocaba cada mañana en un nicho de la fachada de su negocio, otros dos agentes que corrían desconcertados caían víctimas de las balas del Eln, que había escogido a Simacota no por azar, sino porque cerca está El Socorro, la tierra natal de José Antonio Galán, y porque este pueblo que apenas supera los 2.200 habitantes es la cuna del fraile dominico Ciriaco de Archila, quien ya en el siglo XVIII había promulgado el “Manifiesto Comunero”, que reclamaba la “independencia absoluta” y es considerado uno de los primeros escritos contra el dominio del Imperio español.

Naranjo no olvida que mandó a su hija mayor a traer una soda para la resaca y que en el camino un guerrillero la alzó y se la entregó, mientras los demás alzados en armas que habían bajado de la cordillera de Los Cobardes reunían a los habitantes manifestándoles que este no era un ataque contra el pueblo sino contra el sistema capitalista.

Según Naranjo, un piquete de siete soldados del batallón de El Socorro llegó apenas hacia las 10 de la mañana, debido a que gran parte de las unidades de ese destacamento estaban ocupadas en la Operación Marquetalia, contra Tirofijo y Jacobo Arenas, en el Tolima, y porque para recorrer los 14 kilómetros de trocha hasta Simacota se gastaban más de tres horas. Dos de los refuerzos murieron ese día, así como el guerrillero Pedro Gordillo, Capitán Parmenio, la primera baja del Eln en su bautizo de sangre y fuego.

Los “elenos” huyeron con sus brazaletes rojos y negros. “Desde la montaña hicieron un par de tiros, y de los que estábamos en la esquina de la iglesia no quedó ninguno. Nos metimos en las casas. En el camino dejaron un letrero que decía: ‘Aquí vamos a dormir. Si quieren pasen el cartón’”, dice Naranjo, quien, como ninguno de los simacoteros, sospechó que ese 7 de enero este pueblo de origen liberal pasaría a la historia, así a las pocas semanas el Gobierno Central los volviera a condenar al abandono.

Con esta primera acción militar, los guerrilleros campesinos, obreros y universitarios del Eln notificaban al país de su proyecto político basado en proclamas antiimperialistas y antioligárquicas, proponiendo una “auténtica revolución agraria”, la protección de la industria nacional, un plan de salud pública y hasta la creación de una academia nacional de ciencias, todo bajo la consigna de “¡Liberación o muerte!”, recurriendo a la guerra como “el recurso para remover los obstáculos que históricamente han impedido el disfrute del bienestar y la felicidad de los colombianos”, pero considerando la paz como “un proceso de construcción participativa”.

Es por esa línea de una salida negociada que se espera vaya orientado el anuncio de esta insurgencia, cuyo máximo comandante medio siglo después es Gabino, quien ha visto pasar las páginas de la violencia bipartidista de los años 50, la Guerra Fría, la caída del muro de Berlín y ahora la normalización de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba, la isla en la que muchos de sus compañeros se formaron, inspirados en los barbudos encabezados por Fidel y Raúl Castro, que bajaron de la sierra Maestra y entraron victoriosos a La Habana el 8 de enero de 1958.

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