Un Nobel para empezar a construir la paz

A las 7:00 de la mañana, en Oslo (Noruega), el presidente recibe el Nobel de Paz. En el país, el proceso de implementación avanza a paso lento y se sigue a la espera de definiciones en la Corte Constitucional.

El presidente Juan Manuel Santos, acompañado por el director del Instituto Nobel, Olav Njoelstad, en Oslo, Noruega. / EFE

Bien temprano, hacia las 7:00 de la mañana de este sábado en Colombia, el presidente Juan Manuel Santos recibe en Oslo el Premio Nobel de Paz, “por sus decididos esfuerzos para acabar con los más de 50 años de guerra civil en el país, una guerra que ha costado la vida de al menos 220.000 personas y desplazado a cerca de seis millones”, como dijo Kaci Kullmann, presidenta del Comité Nobel Noruego, al hacer el anuncio el pasado 7 de octubre. Cinco días antes, el No se había impuesto en el plebiscito con que se buscaba refrendar los acuerdos con las Farc, por lo que, al otorgar el galardón, el mismo Comité señaló que esperaba que esa decisión “alentara todas las buenas iniciativas y a todos los actores que podrían tener un papel decisivo en el proceso y aportara finalmente la paz de Colombia”.

Dos meses después son muchas las cosas que han pasado en torno a la negociación con la guerrilla y la polarización política. Y bien se puede decir que el jefe de Estado recibe el Nobel con la esperanza y la convicción de que el apoyo de la comunidad internacional sea clave para afianzar un proceso que hoy en día se ve empantanado de cara a la implementación, mientras sus opositores arrecian en los cuestionamientos y anuncian que darán la batalla cuando se lleven al Legislativo las reformas y demás iniciativas necesarias para afianzar, sobre todo jurídicamente, una paz en realidad estable y duradera. “Cuando llegué al Gobierno, yo me puse un sueño, un objetivo: quiero dejarles a mis hijos y a los hijos de todos los colombianos de las próximas generaciones un país en paz, un país más equitativo y un país mejor educado”, dijo Santos el jueves en Valledupar, poco antes de viajar hacia Oslo.

La tarea no es ni será fácil, y en Colombia todos coinciden en que el tiempo es un factor que juega en contra de la consolidación de lo pactado con las Farc. Sobre todo sabiendo que el gobierno Santos entra en su recta final y que 2017 es un año preelectoral, en el cual la lucha por el poder distraerá la labor del Congreso y las disputas se harán más enconadas. El 1º de diciembre se definió como el Día D y comenzaron a correr los plazos para que las tropas subversivas lleguen a las zonas de concentración y se dé inicio al desarme, paso previo para la desmovilización. Pero mientras el presidente es galardonado en Noruega, ese proceso no se ha iniciado y la guerrilla insiste en que los sitios no están listos para recibir a su gente, que se hace necesario que el Gobierno otorgue los indultos a los que se comprometió con varios de sus miembros presos por delitos políticos y que el mecanismo del fast track es absolutamente necesario para tramitar la ley de amnistía. El lío es que la Corte Constitucional, que debe fallar al respecto, aplazó su decisión para el próximo lunes.

El mismo Santos lo ha dicho más de una vez: la firma de un acuerdo no es la paz y quedan muchos retos por vencer. Más allá de los asuntos de logística para la concentración de las Farc, e incluso de la misma amnistía o los indultos a conceder, levantar todo el andamiaje sobre temas fundamentales como la reforma rural integral o la justicia transicional requiere de múltiples esfuerzos, recursos y, sobre todo, la sincronización de muchas de las entidades del Estado, algunas de las cuales parece que todavía no están lo suficientemente preparadas. Como dice el exmagistrado de la Corte Constitucional José Gregorio Hernández, “sabemos que es muy alto el precio de este acuerdo en términos institucionales y patrimoniales. Lo hemos comenzado a pagar desde ahora y no se sabe hasta cuándo. Lo único que puede justificar este sacrificio es que de verdad se consiga la paz. Sólo el tiempo dirá si todos estos diálogos, debates y acuerdos han servido a la nación y si en verdad dejaremos un legado de paz a las nuevas generaciones”.

A estas alturas, para Juan Manuel Santos ya no importa su favorabilidad en las encuestas, que sigue siendo baja. La apuesta de su mandato fue la paz con las Farc y en ello quemó todo su capital político. La historia dirá que fue el presidente de Colombia que logró sentar a las Farc a la mesa de diálogos hasta firmar un acuerdo para su desarme, desmovilización y transformación en un movimiento político legal, acabando así con más de 50 años de conflicto. Dirá también que por su insistencia en llevar a buen puerto la negociación le fue otorgado el Nobel de Paz. Pero sólo con el tiempo se sabrá si los colombianos —no sólo quienes gobiernan y toman las decisiones sino también los ciudadanos de a pie— fuimos capaces de halar todos para el mismo lado y tuvimos la madurez como sociedad para asimilar este momento histórico, manteniendo el respeto por las diferencias, para cambiar el rumbo de un país que hace apenas unos pocos años parecía condenado a vivir por siempre en la guerra.