Una luz al final del túnel

La orden del presidente Santos a sus delegados en Cuba habría sido regresar con un documento firmado.

Esta semana, con varios exfutbolistas, Santos insistió en jugársela por la paz. / SIG

El tiempo apremia y las críticas de la oposición —ya en plena campaña electoral y encarnada en el uribismo ‘purasangre’ y el procurador general Alejandro Ordóñez— arrecian. A 16 días de cumplirse un año de negociaciones entre el gobierno del presidente Juan Manuel Santos y las Farc en La Habana (Cuba), buscando un acuerdo para ponerle fin al conflicto armado, y cuando el escepticismo de la ciudadanía crece como espuma cada día, aparecen señales que hacen pensar en que hay avances prometedores sobre el segundo punto de la agenda —el de la participación política—, por lo que entre hoy y el próximo sábado se estaría haciendo el anuncio de, al menos, un acuerdo parcial en ese tema.

Algo que viene siendo discutido desde el pasado 26 de mayo y que, sin duda, es eje fundamental del debate, pues incluye asuntos fundamentales como los derechos y las garantías para el ejercicio de la oposición por parte de los nuevos movimientos que surjan tras la firma de la paz, el acceso a los medios de comunicación, el fortalecimiento de los llamados mecanismos de participación ciudadana y las medidas efectivas para promover una mayor participación en la política nacional, regional y local de todos los sectores, incluyendo la población más vulnerable, igualdad de condiciones y garantías de seguridad. En otras palabras, la esencia de todo proceso de negociación entre Estado e insurgencia: hacer política sin armas.

Y es que según conoció El Espectador, la más reciente instrucción del presidente Juan Manuel Santos a su equipo negociador en La Habana (Cuba) es precisa: que su próximo regreso a Colombia, tras la finalización del decimosexto ciclo de conversaciones, sea con un documento firmado sobre ese segundo punto de la agenda. Pero no firmado porque sí. Dicho acuerdo tendría que girar en torno al reconocimiento de las víctimas por parte de las Farc; compromisos sólidos de verdad, justicia, reparación y no repetición, y que reiteren que el proceso está encaminado de verdad hacia el fin del conflicto. De ahí la decisión de ampliar el actual ciclo de diálogos hasta mañana y posiblemente hasta el 9 de noviembre, buscando tiempo.

Incluso, en lo del reconocimiento a las víctimas, se ha contemplado la posibilidad de la realización de un acto simbólico o una petición de perdón por parte de la guerrilla, hecho que —cree el Gobierno— enviaría un mensaje positivo a los tribunales internacionales de justicia, que siguen con su mirada atenta en los diálogos desde la perspectiva de no impunidad. Para las Farc, el Estado también tiene alta cuota de responsabilidad y la soberanía jurídica tiene que primar y esos tribunales no pueden convertirse en obstáculos insalvables. Lo de la refrendación de los eventuales acuerdos ya está claro, que forma parte del sexto punto de la agenda —que no será abordado por ahora— y aunque al presidente Santos no le gusta, la puerta para la realización de una asamblea constituyente no se ha cerrado del todo, pero la premura es por mostrar resultados.

Y es en esa perspectiva que el jefe de Estado estaría también tratando de sacar adelante una cumbre de mandatarios latinoamericanos, buscando darles un blindaje internacional a los diálogos. Santos sabe que en Colombia el proceso de paz es un tema que polariza y que pese a que en las encuestas la mayoría de la gente se muestra a favor del fin del conflicto, este se ha convertido en un caballo de batalla para hacerle oposición y ha menguado su favorabilidad ante la opinión pública. Una realidad ineludible pensando en la carta de la reelección, que aún está por jugar. Esa cumbre, además, serviría para acallar las dudas que quedaron tras el fallido encuentro con los presidentes Nicolás Maduro, de Venezuela, y Raúl Castro, de Cuba.

En efecto, el viernes pasado, el portal Confidencial Colombia reveló que hace tres meses Santos, Maduro y Castro acordaron una reunión para darle un espaldarazo al proceso de paz, la cual se frustró ante la negativa del presidente colombiano de desplazarse hasta La Habana, que para los mandatarios venezolano y cubano debería ser la lógica sede del encuentro. Santos, en cambio, propuso a Cartagena para darse el apretón de manos, aconsejado por sus asesores que le dijeron que ir a Cuba en la actual coyuntura era darle argumentos a la oposición, que ya en sus discursos ha dicho que lo que se quiere es entregarle el país al castro-chavismo.

Ya esta semana el Gobierno se anotó un éxito al confirmarse una reunión entre el presidente Juan Manuel Santos y su homólogo estadounidense, Barack Obama, el próximo 3 de diciembre en Washington. Según el portavoz de la Casa Blanca, Jay Carney, Obama le reiterará “su continuo apoyo a los esfuerzos del Gobierno colombiano para lograr la paz y construir una sociedad más democrática”, y pondrá de manifiesto “la prolongada asociación entre Estados Unidos y Colombia”. Para ese entonces el primer mandatario ya debe haber anunciado si va o no por la reelección y, según los analistas, la “foto” con Obama serviría no sólo para “legitimar” su apuesta por el proceso de paz, sino que también sería la mejor “propaganda” para su candidatura.

Y todo indica que por los lados de las Farc el mensaje del Gobierno comienza a ser atendido. Si bien es cierto que en más de una ocasión han advertido que la paz no puede estar supeditada a las “necesidades electorales” de Santos, saben que el panorama político del país puede cambiar radicalmente desde marzo de 2014, tras las elecciones a Congreso de la República. Mejor dicho, que si el proceso de paz se prolonga indefinidamente, sin mostrar resultados concretos, ese será caldo de cultivo para impulsar al Centro Democrático, el movimiento del expresidente Álvaro Uribe Vélez, hoy por hoy primer enemigo de las negociaciones de La Habana.

De hecho, en reciente diálogo con El Espectador, el jefe de la delegación de las Farc en Cuba, Iván Márquez, recalcó en una propuesta hecha algunos meses, que encuadra en la aceptación como victimarios: “Hemos hablado de perdón colectivo, de un día de constricción, para que todos quienes hemos tenido que ver con la confrontación nos dirijamos al país. Nosotros no vamos a desconocer a las víctimas. Y también hay que entender que en la guerra hay situaciones lamentables, errores. Lo importante es que se entienda que nosotros no nos levantamos en armas, ni cometimos acciones, pensando en afectar a la población civil, en hacerle daño a la gente”, dijo.

Así las cosas, a estas alturas y a pocos días de cumplirse un año de los diálogos, Gobierno y Farc saben que si se llega a un acuerdo en lo de la participación política, el proceso de paz comenzará a caminar hacia un punto de no retorno. De ahí que, tal y como lo reveló este diario el domingo pasado, las versiones sobre la posible presencia en La Habana de Rodrigo Londoño Echeverri, alias Timochenko —máximo comandante del grupo guerrillero— cada vez tomen más fuerza, así como los rumores en el sentido de que ya son varias las conversaciones que ha sostenido con el jefe de la delegación del Gobierno Humberto de la Calle. Y no falta quien diga que tarde que temprano se dará el encuentro Santos-Timochenko, como un mensaje al país de que la paz no es una quimera.