Lo que une a Cuba y a las Farc no es el socialismo: es Obama

El presidente de Estados Unidos limó asperezas con Cuba tras 61 años de bloqueo y participó en el proceso de paz con la guerrilla colombiana.

"Timochenko" en los Llanos del Yarí, Barack Obama en Washington y Raúl Castro en Cartagena.AFP

En su último año como presidente, Barack Obama ha desarrollado cierto gusto por los gestos simbólicos: visitó Hiroshima —fue el primer presidente en ejercicio en hacerlo desde que Estados Unidos lanzó la bomba atómica—, transitó por Vietnam —ah, los recuerdos de la vieja guerra—, aterrizó en Argentina —ah, los recuerdos de la vieja alianza— y atracó en Cuba. Ese último viaje ocurrió el 20 de marzo: los cubanos —gozosos— recibieron a Obama después de que en 80 años ningún presidente de Estados Unidos se decidiera a pisar la isla. Por orgullo. Por fiero cerco político. Por desgano. Por lo que fuera: Obama volvió a Cuba y quedó en la memoria.

Los acercamientos con Cuba comenzaron en diciembre de 2014. Por ese entonces, los diálogos de paz entre el gobierno colombiano y las Farc estaban en su segundo año y eran bien vistos por los políticos del exterior: la aprobación de Obama fue certera y Latinoamérica veía con cierto entusiasmo —al menos a la hora de la declaración diplomática— el hecho de que una guerra cincuentenaria se deshiciera. Resulta diciente que Obama hubiera participado en ambos procesos: por un lado, es uno de los pocos presidentes que se enfrenta a los demonios políticos que quieren arrasar a su país sin acudir a las armas o a la invasión —además de Cuba, transó en paz con Irán—; por otro, resalta su estrategia genuina, la de hacer una diplomacia lenta pero segura.

La visita de Obama a Cuba no acabó con el comunismo. De hecho, poco después de que él parlamentara ante los cubanos, el expresidente cubano Fidel Castro declaró que el socialismo no moría y que bien podían hablarse con el gigante que quiso derrocarlos, pero que no cederían en su ambición. Sin embargo, el propósito de Obama no era anular el socialismo, sino dialogar con él. Aceptarlo, aunque tanto hubiera hecho su país por refutarlo. En cierto sentido, su visita fue un retrato de la resignación: la rebatiña tenía que terminar en algún momento. Lo mismo pensaba, quizás, Santos durante las negociaciones. En todo acuerdo, hay un poco de aceptación piadosa y otro tanto de resignación católica.

Fue, además, una veta histórica que Obama quiso imponer. Estados Unidos tuvo un enviado especial para los acuerdos, Bernard Aronson; su senado aprobó una resolución para apoyar la implementación del acuerdo final; John Kerry, secretario de Estado de Obama, habló en varias ocasiones sobre el proceso a lo largo de estos cuatro años. “Estamos muy orgullosos de haber contribuido con una pequeña parte para ayudar a que el diálogo avanzara”, dijo Obama cuando se reunió con Santos durante la Asamblea General de Naciones Unidas, la semana pasada.

Cuando Obama viajó a Cuba, viajaba a la única fuente de la que podían beber las Farc. Fue Iván Márquez quien, en vísperas de los 90 años de Fidel Castro, dijo sobre él: “Su revolución dan ganas de luchar, de entrar en la selva, de tomar el fusil para intentar cambiar las cosas”. Si Obama apagaba la llama casi inerte de la lucha del capitalismo contra el socialismo, ¿por qué no podían ponerse de acuerdo las Farc y el gobierno colombiano? Era necesario, en muchos sentidos, que Cuba se abriera a Estados Unidos y que la promesa de que el bloqueo comercial terminaría fuera una realidad. Era, para efectos prácticos, una garantía. Debía resonar en los diálogos de paz: miren que sí.

Quizá Obama no lo quisiera así, pero su diálogo con Cuba era también un impulso para el diálogo entre las Farc y Santos. Si se mira Latinoamérica, los únicos dos reductos que no se habían rendido ante la ambición de Estados Unidos eran las Farc y Cuba. Los diálogos germinaron y entonces fue posible comprender que una victoria no era siempre un sinónimo de victoria armada: lo entendieron las Farc y lo entendió Cuba. Cualquiera de los dos que hubiera decidido resistirse, hubiera quedado aislado. Cortar de tajo con la fuente del conflicto, veintisiete años después de la caída del muro de Berlín y veinticinco después de la escisión soviética, fue el buen tino de Obama, que ha podido tener tan pocos en el último año.