¿Qué viene para el presidente Santos después del Nobel de Paz?

¿Qué presidente veremos de ahora en adelante? El sol comienza a dar la espalda a su gobierno y aunque el objetivo de firmar la paz se cumplió, necesitará tomar decisiones políticas y electorales que aseguren de alguna manera su éxito y la permanencia de su legado en el tiempo.

AFP

Juan Manuel Santos pasará a la historia como el presidente que logró concretar un acuerdo de fin del conflicto con las Farc y por ello fue premiado con el Nobel de Paz. La comunidad internacional, no sólo el Comité Nobel Noruego, le reconoce los esfuerzos y la persistencia en sacar adelante la negociación para detener más de 52 años de guerra con una guerrilla que no pudo ser derrotada por la vía militar. Y no se puede negar que Colombia vive hoy un clima distinto en cuanto a la amenaza que representaban las Farc y que el cese del fuego bilateral, pactado por ahora hasta el 31 de diciembre, ha servido para que las muertes por causa de la confrontación armada se reduzcan a cifras mínimas.

Pero una cosa es ese respaldo y la misma manera como ven a Santos en otras latitudes y otra la realidad que afronta internamente. Las encuestas en Colombia muestran para él una pobre aprobación de su gestión y el proceso de paz, ese por el que se ganó el Nobel, es hoy en día motivo de discordia y enconada disputa política con varios de los sectores que asumieron la vocería del No en el plebiscito del 2 de octubre, con el que se buscaba refrendar lo pactado en La Habana. Un pulso que tiene dividido al país a las puertas de la campaña por la Presidencia y el Congreso de 2018. Como quien dice, el tema de la paz con las Farc será, una vez más y como ha sucedido tantas veces en el pasado, eje de la disputa electoral.

“Comienza una etapa más desafiante, que requiere la coordinación de todo el Estado, consolidar sentimientos nuevos, que los colombianos logremos reconciliarnos de verdad, logremos perdonar de verdad y eso toma mucho tiempo (…) uno no cambia la forma de pensar de una persona de un día para otro”, aseguró el presidente Santos esta semana en Europa, reconociendo que lo que se viene no será nada fácil. Y bien se podría decir que está notificado, cuando ni siquiera la mediación del papa Francisco sirvió para lograr un consenso sobre los acuerdos con las Farc con el expresidente y actual senador del Centro Democrático Álvaro Uribe, quien insiste en mantener su discurso en contra de algunos de los puntos clave de la negociación.

Pues Santos ya está de regreso en Colombia, según sus propias palabras, “con ganas” de comenzar a poner los ladrillos de la paz que permitan construir un nuevo país. “Es una segunda fase, también va a ser muy difícil, hay que unir al país, la paz hay que construirla ahora sí. Lo que hicimos fue silenciar los fusiles, silenciar las armas (…) “la construcción de la paz es como la construcción de esta basílica ladrillo por ladrillo, poco a poco, se va a tomar mucho tiempo, pero es una oportunidad excepcional para cualquier país para cualquier sociedad”, expresó desde la Basílica de San Francisco de Asís, en Roma, donde recibió la Lámpara de la Paz por parte de la Iglesia Católica.

Y el primer ladrillo de la obra será la ley de amnistía e indulto que este lunes comienza a debatir el Congreso, bajo el mecanismo del “fast track”, en sesiones conjuntas de las comisiones primeras del Senado y la Cámara de Representantes. Se trata del primer proyecto derivado de lo pactado en La Habana que abordará el Legislativo, cuya aprobación se hace urgente teniendo en cuenta que es el que les da seguridad jurídica a los guerrilleros en su tránsito hacia las zonas veredales transitorias. Se estima que su aprobación se dé hacia finales de diciembre, en sesiones extras ya citadas por el Gobierno.

Ahora, lo que se espera es que no haya mayores contratiempos en dicho aval. Si bien el uribista Centro Democrático ha dicho que participará en la discusión, pero que se apartará de la votación, las mayorías santistas están aseguradas. La ley de amnistía cobijará a por lo menos 6.000 miembros de las Farc inmersos en los delitos políticos de rebelión, asonada, conspiración y sedición, usurpación, y retención ilegal de mando, junto con los delitos que le son conexos. La iniciativa anula o extingue la acción penal, disciplinaria, administrativa y fiscal por conductas relacionadas con el conflicto armado por esos delitos, aunque no procede frente aquellos que hayan violado los derechos humanos.

Eso sí, el texto deja claro que la dejación de las armas será condición de acceso a la amnistía. Y explica que la diferencia entre las sanciones estará condicionada a la disposición que exista en el reconocimiento de la verdad y responsabilidad. En todo caso, el acuerdo establece que cualquier tratamiento especial estará sujeto a la contribución a la satisfacción de los derechos de las víctimas. Y para el caso de los agentes del Estado que hayan cometido crímenes dentro del marco del conflicto, la iniciativa incluye un tratamiento especial el cual es equiparable a la amnistía e indulto, como es la cesación del procedimiento y la renuncia a la persecución penal.

Más allá de la amnistía, los retos para el gobierno del presidente Juan Manuel Santos son avanzar en la implementación de aquí a junio, que es cuando termina la legislatura 2016-2017. La habilitación por parte de la Corte Constitucional del “fast Track” da para ser optimistas, más aún cuando según el Acuerdo de Paz, las leyes y reformas constitucionales solo pueden ser aprobadas o rechazadas en el Congreso, más no modificadas. El afán, y todos los saben, es que en el segundo semestre del próximo año arrana en firme la campaña electoral y la mayoría de congresistas tienen como prioridad la búsqueda de su reelección y la campaña presidencial.

Hay quienes dicen que, a estas alturas, el presidente Santos está más allá del bien y del mal. Firmó la paz que era el gran objetivo de su mandato y, de colofón, se ganó el Nobel. Pero sin duda, y él mismo lo ha dicho, se ha dado solo el primer paso y viene lo  más difícil: la implementación. Por eso, aunque quiera retirarse tranquilo a sus cuarteles de invierno y diga que cuando se vaya de la Casa de Nariño no va a molestar a su sucesor, es claro que la sostenibilidad de su proyecto político depende de quien lo sustituya en el poder. Y ahí, tarde que temprano, deberá tomar decisiones que molestarán a más de uno.

Decisiones que pasarán por tomar partido a favor de alguien. Y la pregunta clave es: ¿quién puede ser la persona que asegure la continuidad del legado de la paz y que facilite la aplicación de todas aquellas normas necesarias para que esa paz sea de verdad estable y duradera? Palabras más palabras menos, quiéralo o no, en algún momento Santos deberá hacer un guiño a favor de alguien, en concreto, de ese candidato que le dé confianza. ¿Su vicepresidente Germán Vargas Lleras? ¿Su jefe negociador Humberto de la Calle? ¿Su exministro de defensa Juan Carlos Pinzón? ¿Alguno de sus actuales ministros?  Amanecerá y veremos. 

 

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