Voces para creer en la paz

Este es un reconocimiento al valor de las víctimas del conflicto armado. A las 48 que hasta ahora han viajado a la mesa de diálogos de
La Habana para contar sus dolores, pero sobre todo a las que no han sido escuchadas.

Que no se repita”, “nunca más”, “que a nadie le vuelva a pasar”, fueron las frases que más oí pronunciar durante la visita de las cuatro delegaciones de víctimas que han viajado a la mesa de diálogos de La Habana. Lo que he visto y escuchado en el Palacio de Convenciones nunca lo olvidaré, ha sido espléndido. Me ha devuelto la esperanza en la paz y me ha llenado de orgullo de ser colombiano. He visto el valor en los ojos, la humildad en las frentes, la nobleza en los rostros, el dolor en las bocas y a las almas, alcanzar la paz.

Cada una de las 48 víctimas que han llegado a territorio cubano, y las 12 que faltan por viajar, tienen historias de vida desgarradoras. Todas tienen en común una cosa: la dignidad con que han vivido y la claridad de que lo que más quieren en la vida es que la guerra no deje más huérfanos, ni otras viudas, ni discapacitados. No más víctimas, es lo que piden sin titubeos. He escuchado hermosas palabras. Las han dicho destacados políticos, humildes campesinos, elocuentes académicos y doloridas madres. Sus relatos deberían ser conocidos por el país entero, sobre todo, por las mentes mezquinas que no creen en el proceso y no alcanzan a imaginar la paz. Los elegidos para viajar no son representantes de... son representativos del universo de violaciones a los derechos humanos. Son representativos de los géneros, de las etnias y de las macrorregiones que componen el país.

Al principio, antes de que viajara la primera delegación, los organizadores de las audiencias nos sentíamos temerosos de que las víctimas fueran revictimizadas. Entonces hicimos un encuentro preparatorio en el que le expresamos al Gobierno y a la guerrilla nuestro miedo. Ellos nos dieron su palabra, su compromiso de respeto, y así lo han cumplido. Hemos visto a un gobierno muy serio y a unas Farc muy respetuosas. Y es que no ha sido para menos, los relatos de las víctimas han tocado a los aguerridos generales de la delegación oficial, y a los rígidos comandantes guerrilleros. Esa voz, a veces con llanto, a veces con gritos, cargadas de dolor, de sentimientos, les ha llegado a la razón y al corazón.

No olvidaré nunca a esa guerrillerita del sur del Tolima que cuenta que la obligaron a caminar hasta que abortó, y cómo vio a los perros, en plaza pública, comerse su feto. No olvidaré a aquel jovencito que se quita la prótesis y la pone sobre la mesa y llorando dice que él ya los perdonó, pero que no quiere que las minas sigan dejando víctimas. No olvidaré a esa mamá del Club El Nogal, recordando que su hijo había dejado caliente el lecho que compartían para ir a verse con su hermano; la bomba no lo dejó regresar. No olvidaré al hijo de un gran líder político, Antequera, que es capaz de sobreponer su dolor y reclamar reconciliación. No olvidaré jamás a ese hombre de Bojayá exigiéndole al Estado y a las Farc que dejaran la discusión sobre cuál fue el responsable, porque lo que había que rescatar era el dolor ancestral de los negros del país.

Nunca olvidaré a esa guajira diciendo que lo sucedido en Bahía Portete había sido muy doloroso, pero que seguía soñando con ver a los colombianos unidos de la mano. No olvidaré a un indígena hablando de la historia triste de los pueblos ancestrales de nuestro país. No olvidaré a un viejo pidiendo escusas dizque porque no hablaba claro, pero que le arrancó gestos de constricción al general Mora e hizo palidecer al general Naranjo. Yo no puedo olvidar a Costanza Turbay, que parecía desplomarse antes de hablar, pero lo hizo, temblando, y habló claro y firme y le encaró a las Farc que habían matado no solo a su mamá y a su hermano sino a 48 personas de su entorno familiar. Y no podré olvidar el momento en que yo le daba una voz de ánimo y se acercó Iván Márquez, la tomó en sus brazos y le dijo: ‘Constanza, eso no debió haber sucedido. Te pido perdón’. Y esta mujer, llorando y riendo, vio cómo su cuerpo se reincorporaba y su alma encontraba la paz que había buscado por más de 20 años.

No podré olvidar a una ganadera huilense que narra el drama de su familia, que lo ha perdido todo, hablando del secuestro, de la extorsión pero se refiere a la vida del ganadero, que hoy no es artífice de paz. Nunca olvidaré a un monseñor Castro que como un pastor opta por las víctimas y se arrodilla ante su dolor. En un momento, ante la representante de los LGBTI, le pide perdón, le reconoce su dignidad, y le pide que exprese el dolor de su discriminación.

Y vi a Ángela Giraldo diciéndole a Pablo Catatumbo que su papá, ese hombre grande que era su admiración, se arrodilló ante él para pedirle por su vida. La oí decir: “no vengo en nombre de los diputados del Valle, ni en nombre de mi familia. Yo vine en nombre personal. Quiero perdonar, pero sobre todo quiero que este conflicto termine. Y allí habrá la fuerza del perdón”. Y vi a Pablo Catatumbo desgarrarse con el relato.

He visto la cara entre las manos de los miembros del Gobierno, de altos generales del Ejército, y de todos los integrantes de las Farc. Y he visto a todos los que presenciamos esos relatos de dolor tomarnos de las manos y elevar una oración. Lo hicieron los ateos y los creyentes. Los antes enemigos y ahora adversarios. Y he visto volver a mi corazón y a los de quienes allí estábamos, la ilusión de que las armas no vuelvan a sonar. Porque por difícil que sea, por grandes que sean los obstáculos, será posible llegar a un acuerdo y será posible la reconciliación. Por todo esto, por sus palabras y sus silencios, creo que las víctimas que han ido a La Habana han sido grandes. Son los personajes del 2014 y de los años que vienen en paz.


* Es el secretario de la Comisión de Reconciliación Nacional y ha acompañado a las cuatro delegaciones de víctimas que han viajado a Cu