Alimentos de hospital, un peligro en nuestra mesa

Algunas farmacéuticas han implementado estrategias publicitarias para vender productos nutricionales que inquietan a especialistas. Dicen que están tratando de capturar consumidores que no los necesitan.

El total de prescripciones de productos nutricionales hechas entre diciembre de 2016 y abril de 2018 fue de 270.947. iStock

Si usted es padre de familia, es posible que este año haya llegado a sus manos un video. Tan sólo dura diez segundos y muestra a Nicolás, un niño de unos ocho años de clase media que intenta atajar un balón bajo un arco de fútbol mucho más grande que él. El audio que acompaña a la imagen es breve: “Nicolás se estaba quedando atrás en la curva de crecimiento. Este año quiere ser el arquero titular del equipo. Por eso dale Pediasure y ayúdalo a llegar más alto”. El comercial es de la multinacional Abbott y en Youtube tiene más de 4 millones de reproducciones. Es más del doble que el video más visto de La Pulla, el popular canal de El Espectador. (Vea el comercial aquí)

Ilvar José Muñoz lo ve por segunda vez en su oficina del Departamento de Farmacia de la Universidad Nacional. Ya ha repasado otros para reafirmar su tesis: “Estos mensajes publicitarios no deberían estar autorizados”. ¿Por qué? “Porque no es ético”, responde. “Es como si ser pequeño en la infancia estuviera prohibido. Y la solución para resolverlo no puede ser inducir a un padre a darle Pediasure. Esta comercialización masiva debería estar restringida”.

El profesor Muñoz es químico farmacéutico y magíster en salud pública. También, durante muchos años ha hecho un programa radial en el que aborda complejos debates relacionados con medicamentos. Para explicarme por qué cree que algo no anda bien con estos productos, reproduce una propaganda más en la que se ve a un niño intentando borrar, sin éxito, la parte más alta de un tablero en el colegio. Mientras, la voz de su madre dice: “Pedro se estaba quedando atrás en la curva de crecimiento ya que con frecuencia dejaba comida en el plato. Yo le doy Pediasure para complementar su alimentación”. “Esto es traspasar la frontera”, repite Muñoz. (Vea el otro comercial aquí)

Para él, como para varios nutricionistas, algo no está marchando bien en este mercado. Desde que hace unos pocos años Colombia les abrió las puertas de la publicidad a los productos nutricionales, creen que propagandas como las de Pediasure están capturando a una población que no necesita consumirlos. “Y que alguien los esté comprando sin necesitarlos es un completo error”, resalta Mercedes Mora, nutricionista dietista y profesora de las universidades Javeriana y Nacional.

Las anormalidades que encontró la Administradora de los Recursos del Sistema General de Seguridad Social en Salud (Adres), en un análisis conocido por El Espectador, muestran algunas distorsiones: una doctora le recetó a un solo paciente 60.000 tarros de Glucerna, un producto de Abbott diseñado para la nutrición de personas con diabetes. También formuló 90.000 presentaciones de Osmolite (Abbott), clave para personas con problemas para absorber nutrientes. Otro médico apuntó que prescribía productos nutricionales para que un estudiante que jugaba voleibol aumentara de peso.

Si se quisiera hacer un escalafón de las ciudades donde más se han recetado estos artículos en el último año, Bogotá lo lideraría, con 94.000, seguida por Cali, con 37.000. En el tercer puesto estaría Medellín, con 36.973. La línea de Ensure, de Abbott, fue la más popular. Ensure Plus HN Líquido de 237 ml es el primero en la tabla de los más vendidos. Fue formulado a más de 7.500 pacientes (ver infografía en la parte final del texto). (Lea Las normas que la industria farmacéutica quiere que frene el nuevo ministro de Salud)

Pero para entender por qué este mercado está generando malestar a algunos especialistas, vale la pena dar un pequeño salto al pasado. El debate es complejo, está atravesado por varios ceros y engloba inquietudes y mitos relacionados con una de las prácticas básicas del hombre: la alimentación.

Una vieja práctica

Stanley J. Dudrick es un nombre conocido entre los nutricionistas. A mediados del siglo XX, mientras trabajaba en Estados Unidos como residente quirúrgico en el laboratorio de Jonathan E. Rhoads, un reputado doctor, empezó a desarrollar una técnica que cambiaría el curso de la medicina. Tras experimentar con animales en laboratorio logró dar con un mecanismo revolucionario que permitiría llevar nutrientes al cuerpo humano por vía intravenosa. La nutrición parenteral, como se la conoce en el argot médico, salvó muchas vidas de personas incapaces de deglutir. “Fue un hito comparable con el descubrimiento de la infección por bacterias, el advenimiento de la anestesia y los antibióticos, el descubrimiento de la estructura molecular del ADN o el desarrollo de los trasplantes de órganos”, escribió en 2009 el médico colombiano José Félix Patiño.

El nacimiento de la nutrición clínica como disciplina impulsó el desarrollo de cientos de productos nutricionales. Algunos fueron fabricados para ayudar a personas que debían recibir nutrientes a través de sus venas. Otros, para tratar cuadros clínicos precisos. Desnutrición, diabetes o dificultad para recibir sólidos, por ejemplo. La posibilidad de identificar y aislar los nutrientes presentes en la comida convencional había abierto nuevos caminos para la ciencia. También nuevas y grandes oportunidades de negocio. (Lea Por adulterar suplementos dietarios, empresas son multadas con más de $1.000 millones)

A medida que las empresas empezaron a satisfacer la demanda de clínicas y hospitales con esta línea de artículos, descubrieron otro gran nicho de ciudadanos con nuevos hábitos alimenticios y muchas preguntas —y mitos— en torno a la nutrición. El camino más efectivo para acercarse a ellos fue a través de pantallas de televisión y avisos publicitarios. Suplementos dietarios, multivitamínicos o alimentos clasificados en nuevas categorías empezaron a aparecer en los estantes de los supermercados y luego en las páginas de internet. Es posible, como dice la Oficina de Suplementos Dietarios del Instituto Nacional de Salud de Estados Unidos, que en ese país haya más de 50.000.

Los intentos por capturar la atención de ese grupo de personas han estado acompañados de varios ceros. En un artículo publicado el pasado marzo, la médica JoAnn Manson, de la Escuela de Medicina de la Universidad de Harvard, junto con Shari Bassuk, advertía que, al menos en EE. UU., este negocio mueve cerca de US$30.000 millones al año. El 52 % de los adultos, apuntaba, está tomando al menos un suplemento. El 10 % ingiere cuatro. Su consejo era simple: no se debe recomendar para la población general. Sólo para personas en condiciones de riesgo. con requerimientos nutricionales que no pueden alcanzarse a partir del consumo de alimentos “Suplementos vitamínicos y minerales. Lo que los médicos necesitan saber”, era el título que acompañaba su texto. (Lea La gran regulación de precios de medicamentos que se cayó a último minuto)

Un par de años antes la investigadora Jennifer Harris, del Centro para Políticas Alimentarias y Obesidad de la U. de Connecticut (EE. UU.), había presentado otro estudio con cifras inquietantes. En 2015 las compañías habían gastado US$77 millones para comercializar suplementos y bebidas para bebés y niños. Lo preocupante, le decía al portal CBS News, es que el 60 % eran productos que no son recomendables, a menos que un médico los recete. Pediasure estaba en su lista.

Publicidad, una delgada línea

Para clasificar los diferentes productos a los que se les otorgan registros sanitarios, el Invima ha establecido diferentes categorías. Para evaluarlas tiene salas especializadas. La hay de medicamentos y productos biológicos, de medicamentos homeopáticos y de dispositivos médicos. También de alimentos y bebidas y de productos fitoterapéuticos y suplementos dietarios.

Antes de 2012, productos nutricionales como Ensure, de Abbott, estaban clasificados como “medicamentos”. Sin embargo, después de una evaluación, cambiaron de categoría. Pasaron a la sala de alimentos y bebidas y, tras una serie de discusiones, los incluyeron en un nuevo grupo. Alimentos con propósitos médicos especiales, los llamaron. Sus siglas: APME. En términos más precisos, se trataba de artículos que debían “ser administrados por vía oral o por sonda (…) con el fin de brindar soporte nutricional” a personas que lo requiriesen según su condición médica o su incapacidad para ingerir alimentos. (Lea El difícil caso del medicamento más caro del mundo)

El cambio tuvo otra consecuencia: la posibilidad de que las compañías pudieran publicitarlos en diferentes medios sin aprobación previa del Invima. “Nuestra cumple con las directrices emitidas por el Ministerio de Salud y el Invima” y cuentan con todos los soportes científicos, dice Abbott cuando les pregutamos sobre esta discusión.

Los nutricionistas no niegan su efectividad, pero, como dice la profesora Mercedes Mora, están siendo presentados en la dirección incorrecta. “Estos productos fueron creados, en principio, para uso clínico. Eran para personas que tenían alguna restricción para consumir alimentos sólidos. Pero motivar al resto de la población a que los compre sin necesitarlos es un error. Los nutrientes deben adquirirlos de alimentos naturales”, dice.

A lo que se refiere es que si alguien tiene una alimentación adecuada no necesita incluir en su dieta esta clase de productos. A sus ojos, el marketing ha aprovechado las inquietudes de la población para mostrarle que son necesarios. La escasez de tiempo para cocinar y los cientos de mitos alrededor de la comida (de la leche, por ejemplo) han motivado sus ventas.

Para explicar su punto, retoma el ejemplo de los comerciales. “Es normal que comer no esté entre las prioridades de un niño entre tres y seis años. Están explorando el mundo y suelen ser ectomorfos, es decir, flacos. Eso no quiere decir que estén desnutridos. Pero la industria se está aprovechando de la preocupación de las madres para sugerirles productos nutricionales. No está bien. Jamás reemplazarán una porción de carne”, advierte. “Es muy irresponsable inducir a una familia a comprarlos cuando los niños son sanos, en vez de insistir en una alimentación sana. Es antiético”, anota Luis Fernando Gómez, médico y profesor de la Javeriana. (Lea El injustificado silencio de Profamilia)

Hay otro par de puntos que los inquietan. Uno es la posibilidad de que, por desconocimiento, los colombianos estén consumiendo más nutrientes de los que necesitan. En dosis altas, por ejemplo, pueden conducir a exceso de vitaminas o hipervitaminosis. El otro factor que los perturba son esos nutrientes aislados. ¿Por qué? “Porque la alimentación es un proceso mucho más complejo que consumir, por ejemplo, vitamina B12. Necesita de otros nutrientes para que el cuerpo la pueda usar”, dice Mora. “La evidencia sugiere que a largo plazo no están relacionados con la buena salud”.

En otras palabras más técnicas, como explica la Guía Alimentaria de Brasil, “el efecto de los nutrientes de manera aislada se fue mostrando insuficiente para explicar la relación entre alimentación y salud. El efecto benéfico sobre la prevención de enfermedades procede del alimento en sí y de las combinaciones de nutrientes y otros compuestos químicos que forman parte de la matriz del alimento, más que de sus nutrientes aislados”.

Tanto para Mora como para Gómez es una lástima que algunas familias estén cambiando sus hábitos alimenticios (han visto casos tanto en adolescentes como en adultos) cuando en Colombia sigue existiendo un tesoro nutricional que no ha podido derrumbar la comida chatarra: el corrientazo, preparado a partir de alimentos naturales.

Casos excepcionales

Los mensajes publicitarios de los productos nutricionales suelen estar acompañados de frases como esta: “No comer adecuadamente puede impactar en su crecimiento y desarrollo integral. Consulte a su pediatra”, en el caso de los dirigidos a niños. O: “Este producto no reemplaza una alimentación adecuada”. Es difícil saber si la audiencia los lee en las fracciones de segundo que suelen aparecer.

El Minsalud sabe que este debate genera muchas inquietudes y que, desde hace varios años, académicos de todo el mundo tienen sus ojos puestos en estas estrategias. Elisa María Cadena, nutricionista de esa cartera, dice que es un asunto que tienen en el radar y que estará priorizado en las próximas regulaciones. La idea es que se lleve a cabo un proceso en el que participen las asociaciones científicas, la academia y la sociedad civil, para definir si ese tipo de publicidad debe ser reglamentada. En caso de que así sea, Abbott asegura que están dispuestos a adaptar sus anuncios. “Lo fundamental para nosotros es cumplir”, dicen.

Pero, más allá de las estrategias de marketing, hay, para el profesor Gómez, otra pregunta clave: ¿con qué pertinencia están formulando los médicos este tipo de productos en el país? Resolverla es muy difícil, pero como lo muestran los datos de la Adres, algunos prescriptores no están haciendo bien su tarea. Recetar 60.000 o 90.000 latas genera muchas sospechas. Otros casos con dígitos más prudentes también causan suspicacias. Un ejemplo más: un médico recetó 30 latas de Ensure al mes a un paciente con desnutrición proteico-calórica, cuando la recomendación es nueve o 10 latas. “Es necesario educar a la comunidad médica y los usuarios colombianos”, admite Abbott. Si se suma el total de prescripciones hechas entre diciembre de 2016 y abril de 2018, el resultado es de 270.947, es decir, el 3,8 % de las que se registran en el Mipres.

Estos datos, en realidad, no dicen mucho si se comparan con los que existían antes de 2015. Cuando el registro sanitario de estos productos cambió de la categoría “medicamentos” a “alimentos”, las compañías dejaron de reportar sus ventas al sistema en el que los laboratorios las deben registrar, así sean institucionales o comerciales (el Sismed).

Una muestra: según los datos del Observatorio del Medicamento de la Federación Médica Colombiana, en 2014 las ventas de las diferentes presentaciones de la línea Ensure sumaron más de 6’372.000 unidades. Fue el año más exitoso. Representó más de $122.554 millones. Ese mismo año Pediasure vendió casi 1.500 latas de fresa, vainilla y chocolate. ¿Su costo? $33.718 millones.