Un paso contra las drogas

Alberto Torres inventó un kit para adictos al crack en Francia y asesora salas de consumo controlado en Brasil, Portugal y España. Ahora ofrece su experiencia a Bogotá.

Alberto (centro) se crió en medio de “hermanos” que su padre adoptaba luego de rescatarlos de la calle.
Alberto (centro) se crió en medio de “hermanos” que su padre adoptaba luego de rescatarlos de la calle.

Son las 6:00 p. m. en París. Alberto Torres contesta la entrevista por teléfono, pero una algarabía interrumpe. Se escuchan gritos y hay que cortar la comunicación porque acaba de llegar un herido a Step, el centro de atención para drogadictos que coordina en La Goutte d’Or (Gota de Oro), barrio del distrito 18 de la capital francesa. “Están llegando muchas personas de Europa oriental y son un poco violentas. Tengo que atender al herido”, se excusa.

Alberto es un bogotano de 54 años que atiende por día a cerca de 160 “usadores” de la droga —no emplea la palabra drogadictos— que llegan a este sector de inmigración africana y árabe. Es un barrio en el que los bazares y tiendas artesanales muestran una París multicultural. Una zona que ha estado marcada por el consumo de heroína, marihuana, crack y cocaína. De hecho, fue la asamblea de residentes la que votó por la creación del centro de atención. Los padres de familia estaban cansados de ver morir a sus hijos de sida y hepatitis B por el mal uso de las jeringas. No soportaban más quedarse sin luz y sin teléfono porque los adictos al crack se robaban los cables para hacer el filtro de sus pipas.

Hasta allí llegó Alberto como un educador más, pero pronto quedó al frente del centro y decidió que era importante hacer algo por los afectados. Por los usadores, insiste.  “Me di cuenta de que tenían las manos llenas de callos, con vejigas infectadas por las quemaduras y las cortadas por la forma de consumir el crack. Se me ocurrió crear un kit con elementos desechables, esterilizados y seguros”.

Su idea no fue bien recibida por otras organizaciones que atienden a adictos ni por el gobierno francés. Pero después de varios años de pelea, incluso con las asociaciones de médicos, logró que se la aceptaran. En principio distribuyó los kits solo, con su equipo de trabajo, hasta que en 2002 el gobierno francés decidió financiar su idea y ordenó distribuirlos de manera gratuita para consumidores de heroína, crack y cocaína en otros sitios de la ciudad. Además de las jeringas y material esterilizado y desechable, cada paquete incluye condones.

Para asombro de sus críticos, los consumidores bajaron los niveles de violencia que generalmente presentaban en estos centros de atención. Fue revolucionario. “Cuando tocas a una persona, la miras a los ojos, le sonríes y le das lo mejor, no lo que te sobra, todo cambia. Aquí les ayudamos a sentirse reconocidos como personas, no damos consejos ni juzgamos, estamos aquí para reflexionar y aprender”.

Con esta filosofía llegó a París, en 1995. Iba con la idea de buscar recursos para la fundación Ponte en mi lugar, que acababa de crear en Bogotá con sus hermanos para atender a población del Cartucho y el Bronx. Llevaban muchos años intentando adelantar varios proyectos, pero siempre se estrellaban con la indiferencia de las entidades estatales y privadas. “Nadie tenía plata para atender a los niños de la calle”, se queja.

Su labor con los habitantes de la calle empezó cuando, siendo profesor de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, organizaba con sus estudiantes de periodismo brigadas de limpieza en el Cartucho y el Bronx. Recogían ropa e instalaban duchas para bañarlos, peluquearlos y afeitarlos. Luego se encontró con un grupo de poetas, músicos y pintores que vivían en esas ollas y los invitó a hacer recitales en varias universidades, divulgando un mensaje de prevención del consumo.

Pero el tema de los niños de la calle siempre estuvo presente. De hecho, además de sus diez hermanos, Alberto creció con niños que su papá rescataba de las alcantarillas. Don Álvaro, un santandereano que llegó a Bogotá huyendo de la violencia, los llevaba a su casa y los criaba como hijos. “Esa fue mi primera lección de tolerancia. Los niños podían llegar a la hora que fuera y mi papá los recibía. Él nos decía que teníamos que comprender que en la calle los niños no tenían noción del tiempo ni del dinero”.

Por eso, además de atender a los adultos, de celebrarles la Navidad a los indigentes, de organizar a las mujeres, Alberto y sus hermanos volcaron su atención en la enorme población infantil que crecía al interior de las ollas. Una de sus primeras acciones fue evitar la demolición de la escuela del Voto Nacional, a la que iban los hijos de los adictos. Además, construyeron un restaurante para ofrecerles desayuno y almuerzo.

Después, Alberto arrendó una casa en el Cartucho para hacerles talleres y ofrecerles actividades diferentes a las del consumo y el delito. Buscando recursos para ese proyecto llegó a París. “Lo presenté y les impactó mucho. Aquí en Francia les parecía imposible que el Estado permitiera que un ser humano llegara a ese punto sin hacer nada. Los niños no buscaron ni eligieron esa vida y el Estado lo único que les ofrece es crimen y droga. Me pidieron que me quedara. Yo no sabía francés; aquí todo el mundo hablaba de Pablo Escobar”.

Efecto francés

En París valoraron su experiencia y su sensibilidad. Una asociación que trabaja con drogadictos le ofreció trabajo y él aceptó. Finalmente, con lo que le iban a pagar podría enviar dinero a Colombia y garantizar recursos para sus proyectos. Sus hermanos seguirían con las labores. Vladimir se quedó dirigiendo la fundación y sus hermanas, Lena y Marcela, con las brigadas en la calle.

Del otro lado del mundo, Alberto empezó a conocer nuevas personas de esas a las que él llama usadoras de droga. Descubrió, por ejemplo, que caminaban días enteros y se llenaban de callos y hongos que les impedían moverse. “Si estás en la calle y no te puedes mover, estás en peligro”. Se asesoró con podólogos profesionales y aprendió a curarlos, a retirarles la piel muerta, y les devolvió la movilidad. Los niveles de violencia bajaron y, de paso, logró crear lazos de confianza con los adictos.

Tuvo problemas porque no se había especializado en podología, pero su experiencia fue tan exitosa que el Ministerio de Salud le hizo varias visitas y terminó avalando su trabajo. Con sus talleres de pies, Alberto ha viajado a Holanda, Suiza y Portugal.

Aurore, la organización de la que hace parte hoy, es una red de centros de atención que tiene más de 1.600 empleados en Francia y que dirige Eric Pliez, una eminencia mundial en reducción del riesgo, política que la Unión Europea adoptó desde 2004 para que sus estados asociados reconozcan el consumo de drogas como un problema de salud pública.

La V Conferencia Mundial sobre el Sida, que se celebró en Bangkok en 2004, reconoció que “existe evidencia abrumadora y de alta calidad de que las estrategias de reducción de daño son muy efectivas, seguras y de menor costo para la reducción de las consecuencias negativas para la salud y la sociedad por el uso de droga por vía intravenosa”.

Alberto también es líder en este tema. Sus experiencias con los kits fueron replicadas en otros países europeos. Es consultor internacional y su centro Step es visitado todos los días por expertos de todo el mundo que quieren aprender de su trabajo. Además asesoró la creación de las salas de consumo controlado en Brasil, Portugal y España.

El caso Bogotá

Al referirse a la propuesta del alcalde de Bogotá, Gustavo Petro, Alberto dice que estos centros son útiles en un proceso de rehabilitación social, pero hace énfasis en que por sí solos no resuelven el problema del consumo. “Hay que acompañar al adicto y no abandonarlo arrojándolo a la calle, a la droga”. Explica que las “narcosalas” deben integrar todas las formas de consumo. “Hay que pensar en el que se inyecta y necesita una mesa limpia y quince minutos para ‘chutarse’; hay que instalar extractores de humo para los que fuman; el que inhala o toma pastillas necesita otro tipo de espacio”.

Pero, además, es necesario contar con profesionales que verifiquen el estado de la vena del que se inyecta, que eviten que se ‘chute’ en los pies, las manos o el cuello. En últimas, que ayuden a prevenir una sobredosis y atiendan a la persona en cuestión antes de que entre en estado de inconsciencia. “Una cosa es fumar y otra inyectarse. Cuando fumas, el producto tarda 9 segundos en llegar al cerebro; por vía intravenosa toma 14 segundos. El que consume heroína está viajando, pero con el crack y con el bazuco las personas deliran, entran en paranoia y presentan patologías psiquiátricas”.

Las llamadas “narcosalas”, cuenta Alberto, funcionan también en Australia, Inglaterra, Canadá y están en manos de asociaciones donde se entregan los kits, se hacen los tratamientos terapéuticos, se suministran sustitutos de las sustancias para rehabilitación y se hace trabajo de resocialización y vinculación laboral, además de dar asesoría para ayudarles a saldar cuentas pendientes con la justicia o con el sistema tributario.

Cuenta que en Suiza hay centros de rehabilitación de heroinómanos, donde los consumidores van antes de trabajar a inyectarse un medicamento que sustituye la heroína y vuelven en la tarde para otra dosis. El problema, según él, es que para la cocaína, el crack o el bazuco no existen aún sustitutos.

Su última idea fue la creación de los apartamentos terapéuticos (ya funciona uno en París). Se trata de un hotel al que van los consumidores que han superado una etapa de la rehabilitación. Allí tienen habitaciones individuales y lugares comunes donde pueden consumir droga bajo la supervisión de personal médico, tal como funciona en las “narcosalas”.

“Tenemos que ser conscientes de que el mundo sin drogas no existe”, dice. Está convencido de que estas víctimas deben ser tratadas como enfermos y merecen recibir la atención estatal como cualquier ser humano. No hay que satanizar la droga, insiste. “Hay que trabajar en la reducción de riesgo y en la rehabilitación social. La gente no está en la calle por gusto. Tienes que estar drogado o loco para hacerlo, porque la calle es dura y violenta”.

Alberto sueña con volver a Colombia y hacer realidad la política de reducción de riesgo que Europa aplica con sus drogadictos desde hace ocho años. Por ahora, a través de su hermano Vladimir, ya la están empezando a implementar en un plan piloto en La Candelaria.

El programa de reducción del riesgo ya está en Bogotá

Vladimir Torres ha viajado varias veces a París para conocer los avances de la política de reducción de riesgo y aprender de las experiencias de su hermano Alberto. Él dirige la fundación Ponte en mi lugar y trabaja con sus hermanas Marcela y Lena en la atención de hijos de adictos, recicladores o que se encuentran en situación vulnerable.

En una casa de La Candelaria, en el centro de Bogotá, les brinda asesoría médica y psicológica a 120 niños y sus familias. Su trabajo ha sido voluntario y nunca han recibido ayuda gubernamental. Está capacitando a 35 jóvenes del colegio de La Candelaria en políticas de reducción del riesgo, hecho que lo convierte en un pionero en el tema en América Latina. En el diplomado les explica que los usadores tienen derechos y que la represión no es la solución para acabar con el consumo de droga. “Los jóvenes caen en la droga por falta de información, por experimentar, por presión de grupo y porque se consigue fácil”, dice.

Por eso es importante que niños y jóvenes conozcan las sustancias, de dónde provienen, cómo se fabrican, qué efectos producen y las consecuencias de su uso. Los estudiantes son multiplicadores en su entorno, porque les pueden llegar a otros muchachos de su edad, hablarles en su propio lenguaje. “Les muestro los kits que usa Alberto en Europa para explicarles que en otros países se preocupan por la dignidad humana del consumidor y hay políticas para los usadores de droga, les ofrecen acompañamiento médico y psiquiátrico. Que el Estado los trata como enfermos y no como los tratan acá, como delincuentes, arrojándolos a la calle”.

La historia del patriarca

Don Álvaro Torres es un santandereano de 83 años que llegó a Bogotá huyendo de la violencia partidista. Desde siempre se inquietó por ayudar a los niños. Por allá en los años 60, cuando vivía en un inquilinato en el centro, llevaba a los hijos de las cabareteras al parque los domingos, mientras ellas dormían después de su jornada de trabajo. Después, cuando tuvo su casa propia, sacaba los niños de las alcantarillas y los llevaba para criarlos junto a sus 11 hijos. Les daba un cuarto y los llevaba de la mano al colegio. Se ponía en la tarea de ubicar a las familias de los menores y lograr el reencuentro. De pronto, alguien le dijo que podría ser acusado de secuestro y entonces, con sus hijos ya grandes, se fue al Cartucho y al Bronx a buscar otra manera de ayudarlos.

Así sembró la semilla de solidaridad en sus hijos y hoy todos trabajan directa o indirectamente con la fundación Ponte en mi Lugar. Aunque ahora está dedicado a su marquetería y taller de ebanistería, todavía llegan los indigentes a su casa a golpear en la madrugada buscando una moneda para pagar alguna deuda de droga. Él los recibe y los ayuda de la misma manera que lo hizo con los niños de la calle hace más de 30 años.

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Gloria Castrillón / Especial para El Espectador

Salud

Un paso contra las drogas

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