La segunda era de los transgénicos

Veinticinco años después de la comercialización de las primeras semillas de maíz genéticamente alteradas, peces, mosquitos y árboles modificados se abren camino.

La distancia entre su plato y un salmón que al ser modificado genéticamente tiene tres veces el tamaño de uno normal parece cada vez más estrecha. Después de 20 años de investigaciones, la empresa estadounidense AquaBounty, productora del primer animal transgénico que podría terminar en un supermercado, logró en diciembre pasado el primer visto bueno de la Agencia de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA, por sus siglas en inglés), la cual concluyó que los peces (provenientes de un laboratorio en Panamá) son seguros para el consumo humano y no traerían mayores impactos negativos para el medio ambiente.

El “supersalmón” es el resultado del cruce genético entre el salmón común (o del Atlántico), un pez de la familia de las anguilas marinas (Zoarces americanus), y el gigante de los salmones, el salmón chinook. ¿El resultado? Un pez muy parecido al salmón común, pero con dos genes ajenos que permiten acelerar su crecimiento. El animal puede crecer hasta tres veces más que lo normal y alcanza la adultez rápidamente: mientras el salmón del Atlántico necesita tres años para completar su desarrollo, el pescado diseñado por AquaBounty tarda apenas año y medio en madurar.

La empresa AquAdvantage ha defendido que el pez resultante tiene las mismas propiedades nutricionales que el salmón del Atlántico y que no traería efectos negativos para la salud. Pero algunos críticos, como el médico argentino Andrés Carrasco, director del Laboratorio de Embriología Molecular de la Universidad de Buenos Aires, creen que es difícil predecir sus efectos. “Se están manipulando los sistemas reproductores de las especies sin conocer los alcances que puede provocar esta manipulación del genoma en quienes las consuman”, le dijo a El Espectador.

A él se suman científicos del Departamento de Ciencias Oceánicas de la Memorial University de Terranova, Canadá, quienes el pasado 29 de mayo publicaron en la revista científica Proceedings of the Royal Society B un estudio que alerta sobre los posibles riesgos biológicos de una fuga accidental del salmón modificado al mar. Los científicos aseguraron que éste no sólo pondría en riesgo la existencia del salmón del Atlántico al competir por la misma comida, sino que podría generar híbridos con otras especies teniendo consecuencias ecológicas preocupantes.

Aunque el salmón podría ser el primer animal transgénico ingerido por humanos, no será el primero en tener contacto directo con estos. Desde 2010, en las Islas Caimán, Brasil y Malasia, científicos de la compañía británica de biotecnología Oxitec han liberado más de 10 millones de mosquitos machos genéticamente modificados para combatir el dengue.

¿Cómo lo hacen? Los expertos fabricaron una especie de mosquito macho —los machos no pican, a diferencia de las hembras— genéticamente modificado para transmitir el defecto congénito que mataría a su descendencia antes de alcanzar la madurez. La posibilidad de que estos insectos reduzcan los riesgos de adquirir la infección, que según la OMS causa 22.000 muertes al año, ha llenado de esperanzas a naciones vulnerables como Colombia, Brasil, El Salvador, Nicaragua y Guatemala. Se avanza, incluso, en la liberación de mosquitos para atacar la propagación de la malaria.

Aunque los creadores del animal han revelado que sus experimentos lograron reducir hasta en 85% la población salvaje del mosquito que transmite el mal (el Aedes aegypti) en los territorios donde fue liberado, científicos como Camilo Rodríguez-Beltrán, investigador de la Universidad del Desarrollo de Chile, advierten de que este es un tema de cuidado. “Pese a que la introducción del mosquito modificado sólo es efectiva si se garantiza que sus larvas no sobrevivan, hay un porcentaje de error de un 3% demostrado en el laboratorio. Además, ya está comprobado que en el ambiente en el que estos insectos se mueven es probable que tengan contacto con una molécula que puede mantener vivas a sus larvas”.

Rodríguez-Beltrán se refiere a la tetraciclina, molécula que contienen algunos medicamentos que ayudan a combatir infecciones en humanos y en animales como el ganado. “Es muy probable que estos mosquitos terminen en contacto con trozos de este antibiótico, que quizá evitarán que mueran. Así que a los Aedes aegypti alterados resultantes podrían convertirse en una nueva especie capaz de transmitir nuevas enfermedades”. El experto considera además que la desaparición del mosquito transmisor del dengue generaría un desequilibrio ecológico, que probablemente le abriría campo a otras especies de insectos transmisores.

Veinticinco años después de que se diera vía libre a la plantación de las primeras semillas de soya y maíz transgénico, y luego de que los cultivos genéticamente modificados se tomaran más de 170,3 millones de hectáreas en el mundo (siendo América Latina la principal región productora), para muchos no sería inimaginable que además se llegara a producir árboles transgénicos para la producción de papel y biocombustibles. ArborGen, empresa líder en su producción y con sede en EE.UU., lleva más de 10 años trabajando en el desarrollo y la comercialización de eucaliptos y pinos biotecnológicos.

La manipulación genética de árboles es una realidad en naciones como Alemania, Australia, China, España, Estados Unidos, Finlandia, Inglaterra, Japón, Portugal y Suecia. El principal riesgo que encuentra la coordinadora de la Red América Latina Libre de Transgénicos (Rallt), Elizabeth Bravo, es que estos árboles expulsarán durante años polen genéticamente alterado que será transportado por el aire a grandes distancias, sin que se conozca el efecto que esto pueda traer a los ecosistemas.

 

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@angelicamcuevas