Asesinos, ¿nacen o se hacen?

Una mala carga genética y un ambiente violento pueden llevar a que una persona dispare contra más de cuarenta personas.

Omar Mateen, de 29 años, fue el culpable del asesinato de 49 personas en Florida, EE. UU.  / EFE
Omar Mateen, de 29 años, fue el culpable del asesinato de 49 personas en Florida, EE. UU. / EFE

Hasta el domingo pasado Omar Mateen, de 29 años, era desconocido. Pero hoy, después de ser identificado como el autor del tiroteo con el mayor número de muertos en EE. UU., tanto su nombre como su cara han aparecido en la mayoría de los medios de comunicación.

Pero más allá de él, y de las 49 personas que murieron en Florida, la pregunta que parece repetirse es por qué Mateen cometió este acto. Aunque las investigaciones aún se debaten entre un ataque terrorista relacionado con el Estado Islámico y un crimen impulsado por la homofobia, para muchos su agresión está relacionada con un trastorno mental. Es decir, el cerebro de Mateen estaría condicionado para no sentir empatía hacia los demás.

La pregunta no sólo se aplica para Mateen, quien además, como se supo ayer, mientras perpetraba la masacre trató de comprobar su impacto en Facebook. Aplica también para muchos otros asesinos en serie y terroristas cuyos actos, por crueles y meticulosos, han pasado a la historia. Charles Manson, Albert Fish y el asesino del Zodiaco se han convertido en el objeto de estudio de muchos siquiatras, neurocientíficos e incluso genetistas. En Colombia, personajes tan escalofriantes como Luis Alfredo Garavito aún abren el debate sobre si un asesino con este perfil puede dejar de serlo y reintegrarse a la sociedad o si su trastorno mental se esconde detrás de la persona aparentemente devota que ha mostrado ser en sus últimas apariciones ante los medios.

Pero, entonces, si efectivamente Garavito y otros asesinos en serie son personas enfermas, ¿de dónde viene su problema? ¿Crecieron en ambientes que despertaran una genética violenta de sus parientes? ¿Les falla algo en su cerebro? ¿Nacieron asesinos o la vida los convirtió?

Justo un día antes de que Mateen asesinara a 49 personas, en Nueva York se celebraba la primera IDCon, una convención que reúne a los policías, investigadores, científicos y detectives que participan en las series sobre asesinatos, suspenso e investigación que se basan en homicidios reales y se emiten por el canal Investigation Discovery (ID).

Una convención que, precisamente, reúne a personas que se han dedicado a estudiar los patrones que sigue un asesino para, finalmente, deducir cómo funciona la mente de un homicida.

¿Sienten o no estas personas empatía por los demás? Para empezar a entender, explica Graham Hetrick, médico forense de Dauphin, Pensilvania, quien presenta sus investigaciones en la serie The Coroner: I Speak for the Dead (Hablo por los muertos), hay que establecer una diferencia sustancial entre los sicópatas y los sociópatas.

“Las personas sicóticas no ven la realidad en el momento del crimen, no saben lo que hicieron, mientras los sociópatas no sienten emociones ni empatía por el otro. Pueden pegarte, maltratarte, matarte sin sentir absolutamente nada o identificarse con lo que está pasando a la víctima. Los sociópatas planifican minuciosamente sus asesinatos”, afirma el forense. Por ende, los asesinos en serie metódicos a la hora de cometer un homicidio son, en su mayoría, sociópatas.

Así se podría decir que existe el asesino circunstancial, que en un momento de rabia o de pasión comete el homicidio, y el asesino en serie, que planifica cómo será la muerte de sus víctimas. Pero ¿todos tenemos potencial guardado para convertirnos en uno?

Para la doctora Michelle Ward, Ph.D. en neurociencia clínica de la U. del Sur de California y conductora de las series Mind of a Murderer (Mente de un asesino) y “Stalked: Someone’s Watching” (“Acechado: Alguien está mirando”), hay tres razones por las que una persona podría convertirse en asesina. La primera y, según ella, más común son las lesiones en la cabeza, seguidas por una predisposición genética y el ambiente en que se desenvuelve.

Aunque suena extraño, por lesiones en el cerebro las personas pueden llegar a perder capacidades de autocontrol que detienen el impulso violento y ancestral que todos cargamos. “El humano tiene una urgencia de ser agresivo, pero gracias a la corteza prefrontal, que queda justo debajo de nuestra frente, desarrollamos la capacidad de calmarnos. Las personas que tienen lesiones en esta parte del cerebro, que es además el área de la cabeza donde la mayoría de los golpes suceden, pueden llegar a perder esa habilidad de autorregularse”, explica.

No obstante, la genética y el ambiente en el que crece una persona también cumplen un rol a la hora de moldear un asesino. De hecho, Ward cree que efectivamente una gran parte de los homicidas “nacen”, pero sólo llegan a cometer actos de violencia si están sometidos a ambientes que lo propicien.

“Con los asesinos depredadores hemos encontrado que hay un conjunto de genes que se pueden prender o apagar, y que por recombinaciones genéticas pueden expresarse o no. Puede que una persona tenga un padre y una madre sin ninguna característica sicótica, pero de repente tiene una tía con comportamiento agresivo. Esto indica que la carga genética está y puede que sólo necesite un detonante para expresarse”, dice.

Claro, la ingeniería genética aún no está tan avanzada para llegar a conocer en qué región del genoma humano se ubican los “genes violentos” o cuáles son, pero a través de un pedigrí se puede rastrear la probabilidad de que la carga exista.

Por esto, el afán de muchos siquiatras y sicólogos por prevenir la violencia doméstica es cada vez más grande, pues si una persona con predisposición genética a ser agresiva crece en un hogar violento, cumple los tres patrones para repetir el ciclo: estar relacionado genéticamente con alguien que lo es (padre o madre), cargar el trauma de ser testigo de la violencia y, en caso de ser abusado, ser la misma víctima.

Mujeres, ¿mejor libradas?

Si uno hace un rastreo rápido de los asesinos en serie que han atemorizado el mundo, en una lista de 20 sólo dos de ellos son mujeres. Pero, a pesar de que se podría creer que esto se debe a que la naturaleza de la mujer es menos violenta, para Candice Delong, experfiladora del FBI, enfermera siquiátrica y protagonista de las series “Deadly Women” (“Mujeres mortales”) y “Facing Evil” (“Enfrentando el mal”), de ID, la razón es que, por años, las mujeres han sabido salirse con la suya.

“Por siglos se ha creído que la naturaleza de las mujeres es la de no matar. Somos las que dan vida y la cuidan, entonces ¿cómo podríamos ser asesinas? Del resultado de esta creencia, muchas mujeres han logrado escapar de la justicia por mucho tiempo”, afirma. De hecho, según explica la experta, cuando entró al FBI, alrededor de 1980, el perfil de una mujer asesina no existía. “Ahora nos hemos dado cuenta de que ellas pueden ser tan frías y metódicas como cualquier hombre”.

En cuanto a los móviles de las mujeres para matar, también, contrario a lo que se cree, las razones son las mismas que las de los hombres: venganza, celos y dinero. “Los motivos son iguales, pero la forma en que lo hacen no. Las mujeres asesinas tienden más a apuñalar o estrangular, y es más frecuente que recurran a envenenar”. Tal vez por esto han pasado por la historia del crimen de una manera más silenciosa.

* Invitación de Investigation Discovery.