Pandemia

Barranquilla, una tormenta perfecta para el COVID-19

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Barranquilla se convirtió en uno de los puntos máscríticos de la pandemia en Colombia. La capacidad de las UCI está llegando al límite y las urgencias no dan abasto. Aunque muchos culpan a los habitantes “indisciplinados”, hay otros ingredientes, como la informalidad laboral y mensajes confusos de la Alcaldía, que podrían explicar la situación que hoy enfrenta la ciudad.

Dice Camila, barranquillera, estrato seis y de un poco más de 30 años, que si hay algo que extraña de la normalidad que cambió la pandemia es ir a la playa (“cosa semanal para muchos ”) e ir a restaurantes con amigos y familia a tomarse unos tragos. Aún no tiene casos de COVID-19 en su círculo cercano (thank God no), porque todos los que lo integran se han quedado en casa. Han eludido las fiestas y han evitado escaparse. ¿Salidas? “Apenas las necesarias el día que lo permite el pico y cédula”.

Camila, que prefiere ocultar su verdadero nombre, es afortunada. Es la otra cara de Barranquilla, que esta semana se convirtió en uno de los puntos críticos de la pandemia en Colombia. En el momento en que se escribe este texto (viernes 19 de junio) hay 7.251 casos y 317 fallecidos por el coronavirus. En el departamento hay 13.880 infectados, más del doble que los que acumula su vecino Bolívar (6.246) y más de diez veces a los de Magdalena (1.150).

Los hospitales están llegando al límite. El mayor número de camas de cuidado intensivo del departamento (616 en total) está en Barranquilla: 511. De esas, de acuerdo con la Alcaldía, se han ocupado hasta 325 con pacientes con COVID-19 y otro porcentaje (no especifica cuál) está ocupado con personas con otras patologías. “La mayoría están en el norte de la ciudad y esas ya están ocupadas casi en un 100%”, dice José Luis Accini, presidente de la Asociación Colombiana de Medicina Crítica y Cuidado Intensivo. “Podemos tener más camas pero serán insuficientes. Esto va a empeorar”.

Accini también vive en Barranquilla y sabe que es cuestión de tiempo para que esos números crezcan. A diferencia del círculo cercano que tienen personas como Camila, muchos barranquilleros han salido a la calle con frecuencia, y esa parece haber sido una de las razones del incremento de casos. “Los indisciplinados”, como los llama la alcaldía de Jaime Pumarejo.

“Esas personas nos están poniendo a todos en peligro y vamos a trabajar para que ellos detengan ese actuar, que se constituye como un actuar criminal”, dijo el pasado jueves Pumarejo cuando anunció la militarización de la ciudad. Unos 400 hombres del Ejército y 30 de la Armada están, desde entonces, patrullando las calles porque la “Policía es insuficiente”. “Estamos en un momento difícil y aún persiste la indisciplina social y el incumplimiento de las normas básicas para el autocuidado”, asegura la Alcaldía.

“Los indisciplinados” es un adjetivo que acompaña ahora a muchos de los titulares sobre Barranquilla. Algunos, como escribió la antropóloga Tatiana Acevedo en este diario, lo presentan como parte del “folclor Caribe”. Pero, como ella apunta, parece fácil hablar de desobediencia civil, de multas y toques de queda, cuando el confinamiento en muchos sectores de la ciudad (y del departamento) es una quimera.

Más que indisciplina

“Para entender lo que está pasando”, dice Accini, “hay que asomarse a las calles”. Y las calles muestran una complejidad difícil de capturar en pocos párrafos. A Jairo Parada, PhD en economía de la Universidad de Missouri (EE. UU.) y profesor de la U. del Norte, hay varios factores que lo inquietan. Uno es la informalidad laboral que hay en la capital del Atlántico. Según el DANE, el área metropolitana de Barranquilla, que reúne también a los municipios de Soledad, Galapa, Puerto Colombia y Malambo, es del 55,3 %.

“Eso implica que por ser, además, una ciudad que recibe población constante de los municipios cercanos y que es un centro del Caribe, las personas salen a las calles a buscar un sustento. Las condiciones de marginalidad en las que viven las obliga a salir. Es simple: tienen que hacerlo para poder comer”, explica el profesor Jairo Solano Alonso, sociólogo y PhD en ciencias de la educación.

El otro punto que Parada cree está cumpliendo un papel clave en la crisis que empieza a vivir Barranquilla y los municipios aledaños tiene que ver con el rumbo que tomó esa ciudad desde que en 2008 la “casa Char” empezó a gobernar. “Recuperaron las finanzas, hicieron obras públicas, megacolegios y pavimentaron vías, pero abandonaron la inversión social, en cultura ciudadana y dejaron que las decisiones las tomaran las élites sin participación de las juntas locales. Entonces es un modelo de ciudad muy bella que esconde profundas dificultades. Hay barrios en los que, en casas muy pequeñas, viven 6 u 8 personas y todas dependen de un empleo informal”.

El sociólogo profesor de la Uninorte Jair Vega tiene una buena anécdota para resumir esa cultura: “La Alcaldía fue al barrio Rebolo y les prometió pavimentar las calles y construir un malecón si cumplen con el confinamiento. Pero lo que necesitamos es redirigir la inversión social a esos sectores. ¿Puedo convencer a alguien de lavarse las manos cuando no tiene cómo lavarse las manos?”, se pregunta. “No, no puedo”.

A los ojos de Vega, una muestra de esa falta de participación es la manera en que la Alcaldía, que este mes inició una alianza con siete EPS para hacer pruebas en 15 barrios, ha decidido comunicar el riesgo de COVID-19. Desde finales de mayo lanzó la campaña “Depende de ti”. “Depende de ti que no se te pegue”, suelen advertir en medios de comunicación y redes sociales.

“Es una campaña de comunicación más centrada en la imagen del alcalde que una comunicación que busca movilizar a la ciudadanía. No ha involucrado a la sociedad en su conjunto, no es participativa y solo ha responsabilizado al ciudadano. Pero para que este tipo de mensajes lleguen a la población se necesita involucrar a diferentes sectores: líderes sociales, ONG, sacerdotes y medios comunitarios. La ‘disciplina social es solo uno de los factores que explican esta situación, pero necesitamos más datos para entender la complejidad”, asegura Vega.

“La construcción del mensaje tiene fallas en su raíz, porque enfatiza y pone la carga absoluta en el individuo, cuando por su naturaleza el manejo de la crisis requiere un esfuerzo colectivo”, dice desde Estados Unidos Karol Solís, barranquillera y estudiante de doctorado en ciencia política en la Universidad Internacional de Florida, donde se ha especializado en investigar sobre comunicación política.

¿Podrían explicar esos factores la situación de Barranquilla? No, dicen todas las personas que entrevistamos para este artículo. Hay muchos ingredientes que hacen todo más complejo. “En este momento somos el punto de referencia de varios sitios de la costa. Tenemos hospitalizados pacientes que son de otras poblaciones aledañas. Incluso de Montería y Cartagena”, dice Juan José Márquez, presidente de la Asociación Colombiana de Medicina Interna (ACMI), capítulo Caribe. También de La Guajira, Sucre y Cesar, asegura la Alcaldía.

“¿Cómo exigirle a alguien que se quede en la noche en la casa cuando no tiene buen servicio de electricidad y no puede conectar un abanico (ventilador)?”, se pregunta Solano. “¿Cómo actuar esa medida cuando, además, la calle es el espacio natural de socialización?” En otras palabras, como le dijo a este diario el epidemiólogo clínico Jorge Acosta, “para el barranquillero la casa es la calle”, y esa es una “cultura que es muy buena en términos de lazos familiares, pero no lo es mucho en una pandemia”.

A uno de los tantos médicos que están atendiendo a pacientes con COVID-19 en Barranquilla se le murió un familiar esta semana. Aún no ha recibido el resultado de la prueba de diagnóstico, pero intuye que fue por coronavirus. Con ese familiar, dice, vivió lo que muchos de sus colegas les ha tocado enfrentar y que no esperaban: que, a pesar de tener ventiladores, los hospitales se están quedando sin espacio para suministrar oxígeno a los pacientes. “A veces las ambulancias se tienen que devolver por ese motivo. Las urgencias están llenas. Mientras tanto, lidiamos con muchas personas que se ponen furiosas cuando les decimos que, posiblemente, tienen COVID-19. Creen que es un invento para llenarnos de plata y se van. Ese es el peor escenario: creer que los del personal médico los estamos engañando”.

El Espectador trató de comunicarse con la Gobernación pero no obtuvo respuesta.

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