Batallando contra el ébola

La ugandesa Anne Atai Omoruto se convirtió en heroína de miles al liderar la lucha contra el peor brote del virus registrado en Liberia.

Liberia registró el mayor número de infectados con el virus del Ébola. / AFP

Mientras el caos parecía apoderarse de Monrovia, capital de Liberia, a causa del mayor brote de ébola registrado en la historia, la doctora Anne Atai Omoruto empacaba sus maletas en Uganda para partir a esa ciudad, que para julio de este año parecía convertirse en escena de una película de terror, tal como ella misma lo calificó. Había más cadáveres que pacientes vivos. “La gente se moría en su casa, en el mercado, en la calle, en los hospitales y en el único centro de tratamiento de ébola que existía entonces”, recordó Omoruto cuando un periodista de la AFP le preguntó con qué se encontró al llegar al país más afectado por la enfermedad.

No había pasado un mes desde su llegada cuando más de 75.000 habitantes de West Point, en la periferia oeste de Monrovia, amanecieron en agosto de 2014 cercados por un anillo de seguridad militar que buscaba contener la propagación del virus. Ellen Johnson Sirleaf, presidenta del país y heredera de una nación agrietada por años de cruentos enfrentamientos, había decretado una cuarentena, sumada a otras medidas de contingencia ante el escenario que cada vez más parecía exacerbar los nervios de los pobladores.

Omoruto, jefa del servicio de salud comunitaria del hospital Mulago de Kampala, ya se había enfrentado a epidemias como el cólera, la fiebre amarilla, fiebres hemorrágicas del virus de Marburgo y, claro, conocía también el ébola de cerca. Por más de 14 años había tratado la enfermedad y se preparaba a atender el llamado de la Organización Mundial de la Salud (OMS), junto a un equipo de doce médicos ugandeses, para tratar de contener el virus, hasta entonces desconocido en África occidental, con la firme convicción de sanar. “Es mi vocación. Me comprometí a curar a la gente”, recalca.

Pero más allá de capacitar al personal sanitario del hospital JFK de Monrovia y enfrentarse con la enfermedad, que en un año causó más de 6.500 muertes en el mundo, su reto se enfocó, entre otras cosas, en luchar contra el escenario de “incredulidad, impotencia y de alguna manera pánico”. Entonces intentó, a través de la radio local, de los pacientes y sus familiares, eliminar la creencia de que era imposible sobrevivir al ébola.

Omoruto había dejado a su esposo y sus cinco hijos para liderar la lucha contra lo que más tarde sería declarado como emergencia de salud pública internacional, y aun después de eso no colgó su bata blanca. Mientras tanto tuvo que aguardar una movilización internacional en torno a su lucha, una respuesta que para muchos fue lenta y por la que la OMS fue blanco de mordaces críticas. De hecho, para entonces estallaron escándalos, como el de una supuesta filtración de documentos de la organización por parte de Associated Press en los que se hablaba de “una tormenta perfecta que se estaba gestando, lista para estallar con toda su fuerza”, y a pesar de ello “casi todos los involucrados en organizar la respuesta al brote no pudieron ver algo sencillo que tenían escrito en la pared”.

Mientras se encontraba a la espera de la movilización de los refuerzos médicos y del material prometido por la ONU, Omoruto se hizo cargo, además, de la clínica Island, abierta el 21 de septiembre con el objetivo de descongestionar los demás centros de atención de la epidemia. Tenía 120 camas que desde el primer día no fueron suficientes para la cantidad de pacientes que llegaban; sin embargo, era un aliciente en medio del desasosiego que parecía inundar una Liberia sumida en el ébola.

Omoruto, nombrada por la revista Time como uno de los personajes del año “luchadores contra el ébola”, no volvió a Uganda hasta que se redujo el número de contagiados (cuando sólo se registraban dos casos) y cuando la cifra de muertos empezó a descender. Un reflejo del “júbilo” que, recuerda, se vivió para esos días.

Ya de vuelta en su hogar señaló que no podrá olvidar las “escenas de terror” en medio de una lucha que lideró, pero de la que, asegura orgullosa, salió “victoriosa”.

 

 

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