Resultados de la Encuesta Nacional de Nutrición

Colombia, menos desnutrida pero más obesa

El país tiene un grave problema: en la última década, el exceso de peso en adultos pasó de 37,7 % a 56,4 %. En niños disminuyó la desnutrición y surgieron inquietantes índices de obesidad.

Una buena noticia es la reducción de desnutrición crónica en menores de edad.Archivo El Espectador.

El ministro de Salud, Alejandro Gaviria, tiene una buena anécdota para explicar uno de los principales resultados de la Encuesta de Situación Nutricional de Colombia (Ensin) 2015, que fue presentada ayer. Hace un año, cuenta, en medio del intenso debate y el lobby político que puso en marcha la idea de ponerle un impuesto a las bebidas azucaradas, llegó al país un investigador mexicano. Al ver las cifras de sobrepeso y obesidad colombianas, se alarmó. “Ya casi no están a tiempo”, dijo. “Los indicadores son parecidos a los que teníamos hace unos años. En ese momento nuestra respuesta fue la inacción. Ojalá a ustedes no les suceda lo mismo”. Hoy, México es uno de los países con tasas más altas de exceso de peso (siete de cada diez adultos tienen varios kilos de más) y entre los países de la OCDE sólo es superado por Estados Unidos. 

La inquietud del investigador es una preocupación que comparten los epidemiólogos colombianos. La obesidad y el sobrepeso son asuntos que, como lo demostró la Ensin, se le pueden estar saliendo de las manos al país. Mientras en 2005, en el caso de los adultos, el sobrepeso era de 32,3 %, en 2015 ascendió a 37,7 %; la obesidad pasó de 13,7 % a 18,7 %, y el exceso de peso presentó un aumento de más de diez puntos porcentuales. Hoy es de 56,4 %.

Las cifras se repiten en todos los grupos poblacionales. En quienes tienen entre 5 y 12 años, el exceso de peso creció de 18,8 % en 2010 a 24,4 % en 2015. Algo similar sucedió entre los adolescentes (de 13 a 17 años): antes ese dígito era de 15,5 % y hoy es de 17,9 %.

Como lo advirtió Gaviria, este panorama, que ya se venía pronosticando desde hace meses, muestra que algo no se está haciendo bien. En sus palabras, se necesitan más instrumentos de política pública para combatirlo. Retomar el debate sobre los impuestos a las gaseosas es uno de los caminos. Otro es empezar a tomar medidas frente al etiquetado de los alimentos ultraprocesados. Son estrategias que ya se ha intentado a poner en marcha, pero en la pelea entre la salud pública y la industria no siempre basta con tener el respaldo de la ciencia para salir ganador.

El debate es complejo porque en medio de ese problema hay muchos factores en juego. Uno más quedó en evidencia con la encuesta de nutrición. Los colombianos están pasando mucho tiempo frente a las pantallas de televisores, computadores o celulares y le están dedicando menos horas a hacer ejercicio. La tendencia, de nuevo, se repite en todos los grupos poblacionales.

El 61,9 % de los niños entre tres y cuatro años gastan más de dos horas diarias frente a estos dispositivos. Por el contrario, sólo uno de cada cuatro menores dedica el suficiente tiempo a jugar de manera activa. Los patrones son mucho más altos en las familias de más dinero y en las ciudades. En los estratos altos, el porcentaje de niños que están más de dos horas pegados al televisor o a los videojuegos es de 74,3 %.

Los adolescentes también son un grupo inquietante. El 80 % gasta un tiempo excesivo frente a las pantallas y sólo el 13,4 % dedica una hora al día para ejercitarse, que es lo recomendable. Los adultos (de 18 a 64 años) siguen esta tendencia.

Entre todos estos datos hay uno que preocupa a Sandra Lorena Girón, directora de Epidemiología y Demografía del Minsalud. Las mujeres son las que tienen más altas tasas de exceso de peso y a lo largo de su vida son las que menos actividad física hacen. Incluso desde que están pequeñas. “Hay una brecha muy grande”, dice. Eso se ve reflejado en que el 22,4 % de las mujeres tienen obesidad. El porcentaje para los hombres es de 14,4. Lo mismo sucede con el indicador de exceso de peso: 59,5 % para ellas, 52,7 % para ellos. Ese índice también preocupa en los grupos afros y los indígenas: 57,2 % y 51,4 %, respectivamente. Si se miran con mucho más detenimiento las variables de género, etnia, grupo socioeconómico y regiones, la encuesta muestra grandes brechas que por motivos de espacio es imposible analizar.

Menos desnutrición, más inseguridad alimentaria

Para llevar a cabo la tercera Ensin fueron necesarias 235 personas que desde 2013 recorrieron 295 municipios. Visitaron áreas urbanas y rurales haciendo exámenes médicos, tomando muestras de sangre y pesando a las personas. Asesorados por la Universidad Nacional, el Instituto Nacional de Salud, el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF), el Minsalud y Prosperidad Social, viajaron por aire, por tierra y por agua. A diferencia de las anteriores dos encuestas, hechas en 2005 y 2010, esos funcionarios también les preguntaron a los pobladores su opinión sobre varios temas. Querían incluir una parte cualitativa y que no todo quedara reducido a datos duros.

La impresión de las 400 personas con las que conversaron es que el paso del tiempo no ha traído cosas muy buenas. Antes, aseguraron, había temporadas clara de lluvias y de sol estables. Hoy reina la incertidumbre. Antes estaban acostumbrados a cocinar y a bañarse con agua limpia y a pescar con frecuencia. Ahora sienten que los ecosistemas están contaminados a causa de la minería, la tala, el petróleo y los monocultivos extensivos. Hace un tiempo había menos oportunidades laborales para las mujeres. Hoy hay más inclusión. También, hace unas décadas podían autoabastecerse de alimentos, pero hoy es una ilusión poco probable.

Reflejado en datos, este último punto quiere decir que la seguridad alimentaria sigue siendo una deuda pendiente. En cinco años aumentó tan sólo tres puntos porcentuales y pasó de 42,3 % en 2010 a 45,8 % en 2015. Es una cifra que, como lo reiteró Juan Carlos Bolívar, del ICBF, aún es muy baja.

La buena noticia es que, pese a ello, la desnutrición crónica en menores de cinco años cayó. En 1990 era de 26,1 %, pero ahora es de 10,8 %. Y aunque es mucho menor que la tasa mundial (23,2 %), en el medio tiene una dificultad grande por resolver: la desnutrición crónica en los pueblos indígenas es de 29,6 % (la de la comunidad afro es de 7,2 %).

No sucede lo mismo con la desnutrición aguda, que pasó de 0,9 % en 2010 a 2,3 % en 2015. A los ojos de quienes elaboraron la encuesta, son datos contradictorios que hay que revisar en detalle y que volverán a presentar los próximos meses, junto con el resto de información que aún queda por mostrar.

Otro desafío sigue pendiente. Aunque la lactancia materna en recién nacidos creció de 56,6 % a 72,7 % y es un gran éxito a los ojos de los salubristas, convencer a todas las mamás de mantenerla en los primeros seis meses no ha resultado tan fácil. De 2005 a 2015, el porcentaje bajó de 46,9 % a 36,1 %. Atlántico es la región que más se raja: 20,5 %.

¿Por qué sucede esto? Gaviria cree que en los últimos tiempos ha habido un cambio cultural notable que a veces afecta positivamente y a veces negativamente. Según él, las condiciones de vida de la población colombiana están mejorando y, aunque muchos insistan en decir lo contrario, hay que aprender a apreciar el progreso. Pero para dar una respuesta certera a por qué se están presentando estos comportamientos no basta una presentación de un par de horas. Hay muchos determinantes sociales por investigar, dice. Su invitación es que, de ahora en adelante, las facultades de medicina y economía y la academia en general ayuden a descubrirlos, a partir de estos nuevos datos. La tarea ahora está en sus manos.

 

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