Cuando los compañeros del personal de salud se vuelven tus pacientes

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Durante casi cinco meses de pandemia, en Colombia más de 5.100 profesionales de salud se han infectado de coronavirus. A pesar de tener los elementos de bioseguridad necesarios, su exposición al virus ya se llevó la vida de más de 41 integrantes del gremio. Jhonatan Celis, un enfermero jefe, contó una de las experiencias más impactantes en esta emergencia: atender a un colega contagiado que estuvo al borde la muerte. Aquí su relato.

Yo lo reconocí desde el principio, mucho antes de tener que verlo a los ojos. Ya lo presentía por su nombre: sabíamos que el momento de atender caras conocidas había llegado. Esa noche del 31 de mayo me entregaron la lista de referidos de otros hospitales que llegaban directo para nuestra unidad de cuidados intensivos. En su mayoría, casi todos, por fallas respiratorias. Y en los primeros estaba él: Alexánder Duarte. Al principio dudé, no quería que fuera mi viejo amigo. Y la respuesta llegó unos minutos después en una ambulancia de la Clínica San Nicolás: un paciente de 35 años con neumonía multilobar y síndrome de dificultad respiratoria aguda (SDRA). Tenía fiebre, estaba totalmente desestabilizado. Era él.

Con el traje antifluidos, el tapabocas, la careta y los guantes, yo era irreconocible. “Me podría traer un poco de agua”, fue lo primero que me dijo con mucho esfuerzo, pues no estaba respirando bien. Fui por una botella, pero al entregársela no aguanté más: “Alexánder, soy yo, Jhonatan Celis, su amigo enfermero de la Fundación Santa Fe, con el que trabajó hace dos años”. Él abrió los ojos y me saludó con emoción, siempre estuvo consciente y mientras lo canalizaba me contó cómo había llegado ahí.

Dos días atrás, el 29 de mayo, en su turno de enfermería empezó a perder el oxígeno, tenía fiebre y su presión arterial era muy baja. Todo parece indicar que se contagió reanimando a un paciente que no sabía que tenía el virus. Los dos auxiliares de enfermería y el médico general se infectaron esa noche. “Igual todavía soy sospechoso para coronavirus, aún no soy positivo”, me dijo con esperanza, miedo y hasta negación. A Alexánder le habían hecho una prueba rápida que arrojó negativo, pero sus problemas respiratorios no mejoraron.

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Los quince días siguientes en la unidad de cuidados intensivos fueron difíciles. Nadie quería darle las noticias a Álex, en los turnos del día no le decían las cosas. Fui yo quien tuvo que decirle que tenía coronavirus. Me miró a los ojos, se quedó callado, congelado; su cara de tristeza me movió todo. “No se preocupe, al menos ya sabemos qué enfermedad estamos enfrentando y vamos a salir de esta”, fue lo único que pude decirle.

Los días pasaron y su situación no mejoraba. Con él todos los procesos eran más complejos de lo normal, pues al ser enfermero entendía a la perfección cada procedimiento que le hacíamos. Sabía las consecuencias de cada decisión. Y una muestra de eso fue el hecho de que nunca se dejó sedar, él siempre hizo lo posible para evitar la ventilación mecánica.

Alexánder no fue un paciente obstinado, más bien, siempre supo que de su esfuerzo dependía la evolución de la enfermedad. Una vez me preguntó de frente por los resultados de la prueba de gases arteriales que le hicimos, un procedimiento que muestra la oxigenación de la sangre y que era fundamental para saber si debía o no usar el ventilador. La respuesta lo llenó de pánico: “Los valores están muy bajos, es probable que tengamos que intubarlo”. Al ver su reacción y resistencia pensé en una última opción: acomodarlo durante varias horas bocabajo, él hizo caso y durmió toda la noche así. El experimento funcionó: se oxigenaron unas partes del pulmón. Contra todo pronóstico, le compramos un poco más de tiempo.

Aunque Alexánder siempre se resistió a los procedimientos y aparentaba ser fuerte, se veía deprimido. Lloró varias veces. Había días en los que ni siquiera quería hablar con su esposa, y yo lo entiendo; supongo que debía ser difícil decirle que las cosas no mejoraban. Yo tenía que llamarla en las madrugadas a darle el reporte. Incluso, una vez le dimos el celular para que se vieran por videollamada: la única solución que yo encontré para subirle el ánimo en las peores noches fue sentarme a escucharlo. Solo a oírlo hablar, eso fue lo que más agradeció Alexánder.

La falla pulmonar disminuyó, pero aún quedaban las secuelas de estar en la UCI: llagas en el cuerpo por permanecer acostado tantos días, falta de fuerza en las piernas, los kilos perdidos. Una noche me dijo: “Jhonatan, ayúdeme, yo lo único que quiero es no sentir dolor”. Mi única respuesta fue darle una atención no farmacológica, algo que no siempre hacemos por el poco tiempo que hay en una unidad de cuidados intensivos. Con otros compañeros aplicamos técnicas de calor, masajes y otras estrategias para tranquilizarlo. Con el paso de los días, tal vez en contravía de nuestros pronósticos, empezó a mejorar. Ya se podía parar de la cama y con ayuda de otros enfermeros empezó a caminar de un lado a otro dentro de la habitación. No se quedaba quieto.

Un mes después de ser dado de alta regresó al hospital, pero esta vez no como paciente sino como enfermero. Atenderlo en la unidad de cuidados intensivos fue como imaginar a mi esposa, que también hace parte del personal de salud, o como ver a cientos de colegas contagiados que han perdido la vida en este proceso. Su historia me cambió la forma de entender la labor que hacemos. Alexánder volvió a la vida y su recuperación la siento como una victoria propia, todos pudimos haber sido él. O lo seremos.

Texto adaptado por Juliana Jaimes Vargas.

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El Instituto Nacional de Salud ha reportado oficialmente 41 integrantes del personal de salud que han fallecido por COVID-19. El Espectador logró recolectar siete nombres más con la ayuda de la Fundación Médicos Amigos y Sociedad Colombiana de Anestesiologia y Reanimación. Aquí recordamos sus nombres:

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