El creador del primer hospital multicultural de la Alta Guajira

El ministro de Salud le otorgó a Luis Ramiro Uribe la Cruz Cívica del Mérito Asistencial y Sanitario Jorge Bejarano, por dedicar 38 años de su vida a curar a la comunidad wayuu en la Serranía de Macuira.

Luis Ramiro Uribe fue galardonado por contribuir desde la medicina a la salud pública colombiana.Gustavo Torrijos

No le gustan las entrevistas ni las fotos. Tiene 70 años y una barba blanca que cae hasta su pecho. De vez en cuando suelta carcajadas, pero el resto del tiempo tiene una mirada seria. Su acento paisa de Fredonia, Antioquia –donde nació– suaviza cada frase y su vestimenta, poco común para el imaginario de un médico, da una sensación de cercanía. Ahora que está pensionado disfruta de un buen libro, una copita de brandy y la compañía de Ana María Giraldo, su esposa.

Estudió medicina en la Universidad de Antioquia y cuando se graduó ganó una beca en Londres para estudiar neurología, pero terminó rechazándola para establecerse definitivamente en el país. “Mi idea era ser un especialista en neurología”, dice Ramiro, pero su rumbo cambió cuando lo aceptaron en un puesto de salud para hacer el rural en La Guajira.

Tomada la decisión, llegó a este departamento en 1974 con una niña y su anterior esposa, con quien tuvo tres hijas y de quien se separó. En Nazareth, un corregimiento de Uribia en la Alta Guajira a donde llegó, solo estaba el puesto de salud que le ofreció el rural, no más. Fue cuando tomó la decisión de fundar el Hospital de Nazareth, que un año después de su llegada ya estaba listo para funcionar. La construcción de este centro de salud y la atención integral a los wayuus fue la razón por la que el Ministerio de Salud lo seleccionó como uno de los cuatro médicos líderes en el país por los servicios prestados a la salud pública colombiana.

En un principio solo eran él, una enfermera, un celador y un chofer. Después, con un área de cubrimiento de 5.000 kilómetros cuadrados, Nazareth se convirtió en el atractivo de la región. A la “ciudadcita”, como Ramiro se refiere al hospital, tuvieron que hacerle acueducto, alcantarillado y energía propia. Pintado de morado y naranja, con 30 camas, 24 chinchorros, seis puestos de salud y 140 trabajadores, Nazareth se constituyó como el segundo hogar de los wayuus.

No siempre fue así. A Ramiro le costó trabajo integrar a los wayuus con la medicina occidental, pues quienes normalmente curan a la comunidad son los piaches o médicos tradicionales. Sin embargo, comenzó por construir rancherías a un lado de Nazareth. “Los wayuus no conocen las camas, viven en chinchorros. Entonces cuando un paciente mejoraba, lo pasaba a la ranchería”. Los resultados se hicieron evidentes conforme el tiempo pasaba. Recién inaugurado el hospital, Ramiro atendía 15 pacientes al mes, después comenzó a recibir 3.000 pacientes al mes, un equivalente de 100 diarios.

Los piaches también intervienen en los tratamientos y, en ocasiones, con más éxito que los médicos occidentales. Más que todo cuando a los niños les da diarrea, vómito o deshidratación. Inclusive, en la obstetricia, “cuando los bebés vienen atravesados, ellos los acomodan”, cuenta Ramiro.

Además de Nazareth, Ramiro construyó los primeros hogares comunitarios y se craneó un programa de nutrición para los niños. Con la ayuda de 30 promotores rurales, identificaron 700 niños con desnutrición en la Alta Guajira. El equipo mensualmente les hacía visitas para pesarlos, medirlos y brindarles comida. En los tres años que duró el programa, lograron la mejoría del 95 % de los wayuus que estaban desnutridos.

Paralelamente hacían visitas rurales, cuenta Ramiro con satisfacción mientras pasa una mano sobre su extensa barba. “Teníamos una actividad que era en vehículos. Recorríamos la Alta Guajira y llevábamos médicos, odontólogos, bacteriólogas y enfermeras. La gente sabía que los miércoles llegaba a las rancherías el personal del hospital con su equipo”.

Desafortunadamente, por intereses económicos de políticos, el hospital se quedó sin programa de nutrición en 1995, ya que se perdió el apoyo por cambios de política a nivel central y regional. Aunque Ramiro asegura que ningún político lo presionó en sus decisiones, cree que no hubo mucho apoyo por parte de ellos para poner en marcha los proyectos.

Esas fueron unas de las dificultades que Ramiro enfrentó para llevarles salud a los wayuus. Así como también le tomó tiempo acercarse a la comunidad. “Para ellos era rarísimo que un barbudo extraño, que no hablaba la lengua y que no era guajiro, fuera a tratar a sus niños”, recuerda Ana María Giraldo. Años después de que se acostumbraran a su presencia, los padres wayuus nombraban Ramiro Uribe a sus hijos y en las misas se amontonaban alrededor de Ramiro para pedirle que fuera el padrino de sus niños. Tanto así que, mal contados, Ramiro calcula tener unos 900 ahijados.

Hoy en día se comunica con ellos casi a diario y lamenta no haberse despedido cuando en 2012 tuvo que huir por amenazas de bandas criminales. Lo único que sabe ahora es que Nazareth, que cayó en malas manos cuando él se fue, está en crisis. Sin embargo, en su recuerdo está el amor por la comunidad. “Mi mayor lucro fue ver la felicidad de los wayuus cuando los niños y mujeres se mejoraban”, dice Ramiro. Para él, “nadie que espere lucro trabaja bien”.

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