El hombre que vio crecer la pediatría en el país

Darles gotas de brandy a los bebés, operar a los perros y redactar historias clínicas en máquinas de escribir hacen parte de los recuerdos de Eduardo Borda Camacho, un testigo excepcional de cómo ha evolucionado la institución en gran parte de su historia.

Eduardo Borda Camacho, uno de los primeros pediatras que tuvo Colombia.
Eduardo Borda Camacho, uno de los primeros pediatras que tuvo Colombia.Óscar Pérez

Hace 60 años un carro se estrelló contra el consultorio del pediatra Eduardo Borda Camacho. Nunca se supo si el conductor se había pasado de copas o iba con exceso de velocidad, pero Borda, acostumbrado a sacar provecho de la adversidad, pensó que un carro entrando en su consultorio no iba a ser un gran problema. Al contrario, era la mejor forma de distraer a los niños que llegaban todos los días a consulta.

Y así fue. Sus pacientes quedaban estupefactos, sin entender por qué había un pedazo gigante de metal incrustado en la pared.

Borda, hoy con 88 años de edad y una lucidez envidiable, recuerda las divertidas anécdotas que lo acompañaron en su formación profesional, cuando las ecografías eran impensables y los hospitales eran una ilusión. Son pocos los pediatras que han visto crecer esta rama de la medicina en el país y que ahora celebran los 100 años de la Sociedad Colombiana de Pediatría.

En 1917, un grupo de pediatras liderados por el doctor José Ignacio Barberi, quien inauguró la pediatría en Colombia con el hospital de la Misericordia, se reunieron en Bogotá para fundar la más grande asociación de pediatras en el país. Eran pocos los hospitales dispersos por Colombia y la esperanza de vida infantil era muy baja, dado que el alcantarillado, la energía eléctrica y el agua potable no existían. De mil niños nacidos, morían 250 antes de cumplir el primer año. Actualmente, en cifras de 2014, de mil niños nacidos menores a un año, mueren 15.

Borda se queda pensativo cada vez que habla sobre la Colombia de antes, esa que a muchos nos cuesta imaginar. “Antes estábamos solos”, dice. “En los Llanos o aquí mismo, en la sabana de Bogotá, estábamos completamente aislados. Había un sistema de telefonía donde uno pedía la línea con un teléfono de manivela y contestaba una operadora. Entonces, básicamente, cuando uno tenía un problema había que resolverlo solo. Era una medicina muy compleja porque obviamente era con las herramientas que uno tenía a la mano. Las cosas han ido mejorando, pero en esa época era complicado”.

Sobre un viejo estante en la sala de su apartamento, ubicado en la carrera Séptima con 88, descansan los viejos libros de lomo dorado con los que estudió medicina. “Los profesores habían sido educados en Europa, tenían cultura humanística y todos los textos eran en francés. Había la necesidad de leerlo y saberlo. Cuando yo estaba estudiando, hasta tercero de medicina, recibíamos todos los libros de Francia, hasta que llegaron los de Estados Unidos e Inglaterra”, cuenta.

Ingresó a la Facultad de Medicina de la Universidad Javeriana en 1947, una de las pocas universidades que había en esa época, junto con la Universidad Nacional. La botánica, la zoología médica y la técnica quirúrgica eran algunas de las asignaturas que veían los médicos en los años 40. “Operábamos a los perros y les aplicábamos suero”, dice con tono firme.

Seis años después, cuando terminó sus estudios, emprendió un viaje a Paz del Río, en Boyacá, para trabajar como médico rural. Recuerda que lo más difícil, tanto para él como para otros compañeros, fue llegar a una región donde el “hospital” era un pequeño consultorio. El médico que llegaba a los pueblos se volvía colono del territorio, pues si tenía apoyo económico podía montar un centro de atención propio que diera abasto con la cantidad de niños que necesitaban atención, como lo hizo Borda con el hospital Santa Teresa.

En los 60, por cada 24.000 niños menores de 15 años había un pediatra y, sin incubadoras a la mano, los médicos tenían que rebuscárselas para regular la temperatura de los bebés con gotitas de brandy. Eso, y redactar historias clínicas en máquinas de escribir o discutir con curanderos y parteras sobre el trato que se debería dar a los menores fueron algunas de las dificultades de la época.

Los esfuerzos de Borda y cientos más de pediatras a lo largo de un siglo han dado sus frutos. Hoy existe una red de hospitales en todo el país, centros de oncología reconocidos mundialmente, equipos de alta tecnología para prevenir enfermedades, jornadas de vacunación, escuelas de pediatría y congresos que marcan el avance de la ciencia en este campo.

Lo que empezó con una reunión de médicos en Bogotá para fundar una comunidad de pediatras, se convirtió paulatinamente en un grupo de 3.000 pediatras que actualmente hacen parte de la Sociedad Colombiana de Pediatría.

“La unión hace la fuerza”, dice Borda para resumir en una frase un siglo de historia.