¿Por qué el MIT premió a una colombiana?

Sandra Cifuentes, elegida por “MIT Technology Review” como una de los diez jóvenes más innovadores de España, puede cambiar la manera como se curan las fracturas humanas.

Sandra Cifuentes se graduó de ingeniería química en la Universidad Nacional. / Archivo particular

Hoy Sandra Cifuentes no suena tan tímida como hace seis meses. Aunque su voz sigue siendo suave y titubea cada tanto, ha aprendido a lidiar con las entrevistas. Desde que en el pasado noviembre la revista MIT Technology Review la nombró como una de las mejores innovadoras de España menores de 35 años, su teléfono en Las Tablas, un barrio en Madrid, repica con cierta frecuencia. No son pocos los periodistas que la llaman para saber por qué su ingenio podría ser una suerte de revolución en la medicina. Quieren saber por qué ella, colombiana, de 28 años e ingeniera química de la Universidad Nacional, hizo parte de ese selecto grupo al que alguna vez pertenecieron Serguéi Brin, fundador de Google, y Mark Zuckerberg, creador de Facebook.

Sandra trata de explicarlo con paciencia. Sabe que en unos cinco o diez años su trabajo podría mejorar la calidad de vida de miles de pacientes y de paso le ahorraría infinidad de recursos a los sistemas de salud. Si sus investigaciones siguen marchando a un buen ritmo, es probable que muchas de las intervenciones quirúrgicas que se hacen para corregir las fracturas de nuestros huesos cambien de forma radical.

Mientras responde, como ella misma lo dice, se están realizando más de 2.000 de esas operaciones. Muchas necesitan utilizar implantes para regenerar los huesos cuando se quiebran. “Usualmente se usan tornillos o placas hechos de titanio o acero inoxidable que permanecen en el hueso”, dice. “Pero pueden generar ciertas complicaciones. En adultos llevan a una pérdida de densidad ósea y en niños es posible que interfieran en el crecimiento. Además, en muchas ocasiones los implantes deben ser retirados. Eso implica una segunda operación y, desde luego, más trabajo para los médicos y más tiempo de recuperación”.

Pero Cifuentes podría ponerles punto final a esas dificultades. Desde el Centro Nacional de Investigaciones Metalúrgicas de España, donde trabaja y hace los últimos meses de su doctorado con el apoyo del Instituto de Ciencia y Tecnología de Polímeros, está desarrollando unos implantes que el cuerpo podría reabsorber una vez cumplan su función.

En términos técnicos, tal y como lo registra en su portal MIT Technology Review, “su propuesta, publicada en 2012 en la revista Material Letters, consiste en crear implantes reabsorbibles formados por una matriz de un polímero biodegradable (ácido poliláctico) a la que se añaden partículas de magnesio y de aleaciones de magnesio con otros metales biocompatibles. La gran ventaja de estos materiales es que, al encapsular el magnesio en la matriz, ésta actúa como barrera protectora y controla la velocidad de degradación de este elemento en el organismo”.

En palabras simples, su idea va a permitir que el implante, una mezcla de plástico y magnesio, desaparezca y sea metabolizado por el cuerpo una vez recupere al paciente de la fractura.

Un largo camino

Los implantes rearsorbibles en realidad se vienen investigando desde hace un buen tiempo. En la década de los 80, por ejemplo, hay registros de ensayos in vitro y experimentos en animales. De hecho, hoy hay varios disponibles en el mercado, aunque restringidos a aplicaciones concretas, como huesos blandos o tejidos. Sin embargo no han resultado tan útiles como lo esperaba la ciencia. A largo plazo han generado reacciones extrañas en el cuerpo, como inflamaciones, o son reabsorbidos antes de que el hueso crezca como es debido.

“Lo innovador en nuestra iniciativa es que hemos mejorado la capacidad de ese material y sus propiedades mecánicas. El magnesio es un metal que incentiva la regeneración ósea y luego de ser reabsorbido es liberado a través de la orina”, cuenta Cifuentes.

Pero para que esa idea, que empezó a tomar forma cuando hizo sus prácticas en la Universidad Friedrich-Alexander de Erlangen-Núremberg (Alemania), concluya con éxito, aún queda un largo camino: “Por ahora el experimento funciona muy bien in vitro, pero nos hace falta hacer los ensayos en animales. En junio sustento la tesis de mi doctorado y espero terminar de desarrollar el proyecto en el posdoctorado. Después de esos años sabremos si luego de tanto tiempo y tanto trabajo realmente empezamos a crear una pequeña revolución”.