Hay que transformar el sistema alimentario

El plato del futuro para salvar el planeta

Tras años de trabajo, 37 científicos presentaron ayer el informe más completo sobre el significado de una dieta saludable. Más vegetales y frutas, menos carne y azúcar, es la receta para evitar que el planeta colapse y mueran 11 millones de personas cada año.

Imagen de referencia. Pixabay

¿Qué es una dieta saludable? ¿Qué deberíamos comer para ser saludables? ¿De qué manera debería alimentarse la humanidad para no acabar con el planeta, para ser más sostenibles? Pocos asuntos están rodeados de tantos mitos como la alimentación. La constante publicidad, las usuales recomendaciones de actores y actrices y los múltiples estudios que sugieren dietas y que son replicados por medios de comunicación han creado ideas confusas sobre lo que deberíamos comer. Los científicos y nutricionistas lo saben y con frecuencia lo repiten. Por eso, tras un esfuerzo global que aglutinó a 37 expertos de 16 países, ayer fue presentado el primer y más grande intento por definir qué es una dieta saludable y qué implica una producción sostenible de alimentos. (Lea: Edulcorantes: sin peligros, pero sin beneficios)

Creada por la prestigiosa revista The Lancet y la organización EAT, con sede en Noruega, esta comisión de científicos de diversas disciplinas trazó un camino que indica qué debería hacer la humanidad si no quiere colapsar en 2050. Entonces, advierten, habrá 10.000 millones de personas por alimentar y serán necesarios cambios drásticos y dietas saludables. Una “dieta de salud planetaria”, la llaman.

Las palabras del profesor Walter Willett, de la Escuela de Salud Pública T.H. Chan de la Universidad de Harvard, resumen la complejidad del camino que se debe transitar en las próximas tres décadas: “El consumo mundial de frutas, vegetales, frutos secos y legumbres deberá duplicarse, y el consumo de alimentos como la carne roja y el azúcar deberá reducirse en más del 50 %. Una dieta rica en alimentos de origen vegetal y con menos alimentos de origen animal confiere una buena salud y beneficios ambientales”.

En palabras un poco más simples, como señala el informe, no solo se trata de cambiar de hábitos alimenticios. Consiste en cambiar el sistema alimentario a una escala no prevista antes. “Alcanzar este objetivo requerirá la rápida adopción de numerosos cambios y una colaboración y compromiso global sin precedentes: nada menos que una gran transformación de los alimentos”. (Lea: Obesidad, un mal de 641 millones de personas)

A lo que se refiere el documento es que con esa gran transformación se podrán evitar 11 millones de muertes cada año. Además, una “dieta de salud planetaria” ayudará a contener un problema que, en ocasiones, parece irreversible: la degradación ambiental.

¿El motivo? Por un lado, muchos de los actuales sistemas de producción se han convertido en un verdadero desafío de sostenibilidad. Pérdida de biodiversidad, excesivo uso del agua e incremento de la emisión de gases de efecto invernadero son algunas de las consecuencias que han dejado estas prácticas. En otros términos, como se lee en el informe, “la producción mundial de alimentos amenaza la estabilidad climática y la resiliencia del ecosistema y constituye el mayor impulsor de degradación medioambiental y transgresión de los límites planetarios”.

Por otro lado, las dietas poco saludables que han ido adoptando muchos países, especialmente los industrializados, han creado una crisis difícil de contener. Una cifra resume el problema: las dietas poco saludables representan un mayor riesgo para la morbilidad y la mortalidad que la suma de las prácticas sexuales sin protección, el alcohol, las drogas y el tabaco. La otra cara de la moneda es igual de compleja: más de 820 millones de personas carecen de alimentos suficientes, 800 millones viven con hambre. “El sistema alimentario global está roto”, reitera el grupo de científicos. (Acá: Dejar de comer carne de res es esencial para combatir el cambio climático)

¿Cómo transformar este escenario? La sugerencia de la Comisión EAT-Lancet es simple: hay que reducir el consumo de azúcares añadidos en un 50 %. También el de carnes rojas. El reemplazo debe hacerse con frutas, verduras, legumbres y frutos secos. Claro: son recomendaciones que, dice el documento, deben ser consideradas de manera cuidadosa de acuerdo al contexto y las realidades locales.

Como lo muestra la imagen que acompaña este texto, lo anterior quiere decir que, con base en una dieta de 2.500 calorías por día, un plato de “salud planetaria” debería estar conformado por frutas o verduras. La mitad, para ser precisos. La otra mitad debería estar basada en la contribución calórica de los alimentos y debería estar compuesta, principalmente, por granos enteros, fuentes de proteínas vegetales, aceites vegetales insaturados y, opcionalmente, cantidades modestas de proteínas de origen animal.

¿Quiere decir eso que debería dejar a un lado las hamburguesas? No. Pero este tipo de alimentos deberían ser una excepción. Quizás una vez a la semana. Los huevos, la carne e incluso el pescado también deberían consumirse con poca frecuencia.

Lograr esos cambios no es fácil. Los científicos lo saben. “No hay soluciones milagrosas a los problemas. Se requiere trabajo duro, voluntad política y recursos suficientes”, apuntan. Pero también resaltan la urgencia de encarar el problema: “Los datos son suficientes y lo suficientemente sólidos como para justificar una acción inmediata. Retrasar la acción solo aumentará la probabilidad de consecuencias serias, incluso desastrosas”.