La eutanasia, un año después: el legado del viejo José Ovidio

Un equipo periodístico de “Noticias Caracol” viajó a Pereira para reconstruir su historia, un año después del escándalo que suscitó su muerte digna. Sus cenizas sirvieron de abono para un naranjo que crece florido en la tierra del café.

José Ovidio González Correa fue el primer enfermo terminal en Colombia al que se le practicó la eutanasia de forma legal. Pero tuvo que batallar por ese derecho. / Fotos: Archivo familiar
José Ovidio González Correa fue el primer enfermo terminal en Colombia al que se le practicó la eutanasia de forma legal. Pero tuvo que batallar por ese derecho. / Fotos: Archivo familiar

José Ovidio González Correa fue un viejo sabio con tercero de primaria. Nació en Circasia (Quindío) —un jueves, según el calendario— el 23 de enero de 1936. Eran tiempos sencillos. El campo era la vida entonces. Su niñez la pasó entre potreros en Caicedonia (Valle) y creció correteando caballos en la finca La Mejor, donde su padre, Campo Elías González, amansaba las bestias que molían la caña. Campo Elías, además, fue alcalde de Dolores (Tolima) en los tiempos prehistóricos de la hegemonía conservadora. Pero fue con la vida de arriero puro con la que levantó a sus 12 hijos. José Ovidio fue el sexto. Durante 18 años, José Ovidio estuvo al pie de su padre lidiando mulas cerriles y chalanes. Luego aprendió de zapatos –su oficio por 60 años–, pero jamás pudo sacudirse de la solapa de sus ropas aquellos tiempos remotos de su infancia. Quizá por ello, cuando finalmente lo fueron privando las medicinas, en los instantes previos del sueño eterno, la última imagen que grabó su familia fue cómo movía las manos, como templando la rienda. Fue hermoso.

Al viejo José Ovidio un tumor maligno le devoró parte de su rostro y 33 kilos en el entretanto. Durante cinco años batalló sin paréntesis alguno, rompiéndose por dentro, agobiado pero digno, para seguir en este mundo de mortales, pero se le fue yendo el cuerpo entre píldoras, intervenciones y quimioterapias. Sin tregua prosiguió estoico, muy a pesar del calvario o de que sus amigos ya no lo reconocieran en la calle, y se largó a vivir a su finca entre cabras, perros y gallinas. Estuvo mejor por un tiempo y las horas se las cantaban los gallos y el sol poniéndose. Pero reapareció el asesino, le tumbó la dentadura y el olor putrefacto que despedía el carcinoma escamocelular aquel hizo que empezara a rumiar la idea de irse sin vacilaciones. Luego vinieron los desmayos y la morfina. Al final, apagado y enjuto, con el pellejo en los huesos, decidió ganarle la contrarreloj a la muerte. Fue el primer eutanásico legal en Colombia.

El pasado 3 de julio se cumplió el primer año de su accidentado tránsito a mejores destinos. Y un equipo de Noticias Caracol viajó a Pereira para reconstruir su historia. Los ecos del escándalo que produjo su muerte asistida todavía cabalgan como fantasmas agazapados en esta Colombia godita. Su partida no fue un lecho de rosas. Un mes antes de estirar la pata, como se diría en buen paisa, el viejo José Ovidio firmó una carta en la que pidió la muerte digna y le sugirió a su hijo Diego que fuera a una notaría para autenticar aquella última voluntad. Así se hizo, pero luego el notario anuló el testamento del zapatero moribundo. Cuando fueron a reclamarle el súbito reversazo, mandó a decir con su secretaria que él era un creyente consumado y que, por tanto, le resultaba imposible dar fe pública de que alguien quisiera morirse así nomás, antes de que la muerte le soltara un último latigazo a lo que fuera que le quedara de envoltura al viejo José Ovidio. Plop.

Fue la antesala de un mes azaroso. Con tutela de por medio para obligar a la Clínica Oncólogos de Occidente a practicarle la eutanasia. Una tutela que parecía más un cuento, digo yo: tan bien escrita, casi literaria, citando tangos mohínos y algunas líneas noveladas del emperador Adriano –aquel que Margarite Yourcenar volvió inmortal– y que, al final, con la fuerza monumental de la fusta en el campo, soltó esta frase demoledora de Nietzsche: “Muchos mueren demasiado tarde, y algunos demasiado pronto. La doctrina que dice ¡muere a tiempo!, parece aún extraña”. Contra el procurador Alejandro Ordóñez, contra el padre Pacho de Pereira –¡qué no dijo el padre Pacho en sus homilías de domingo!–, contra toda camándula posible, el viejo José Ovidio dejó de sufrir luego de que un juez ordenara que lo dejaran irse digno. Echando chistes pasó su última noche. Se despidió de todos contento. A Gustavo Colorado, un amigo de la familia, le regaló un disco. “¿Motivo?: ¡viaje!”, le escribió. Genio. A su esposa de medio siglo, Alicia Quiceno, lo último que le dijo fue: “Véase la novela. ¿Por qué no se la va a ver?”. Así se fue. Era un tipo sin dramas.

“A mi papá le daba mucho miedo llegar a ser una piltrafa humana pudriéndose en una cama –dice su hijo Julio César González, Matador, el mordaz caricaturista de El Tiempo– . A las 8 y 33 de la mañana de ese 3 de julio empezaron a aplicarle las dosis letales. El médico decía que por lo flaquito que estaba, papá no duraría más de 15 minutos. El viejo duró vivo casi una hora más. Se fue rodeado de su familia y amigos. Fue como si hubiéramos ido a despedir a alguien al aeropuerto. Se quedó plácido, dormido. No sufrió más. Como en las películas, los monitores nos avisaron que se había ido. Se sufre mucho, pero también se siente mucho descanso, porque el dolor de mi padre era inconmensurable. Mi mamá lo despidió llorando. Finalmente aplaudimos cuando se fue, porque tuvimos que batallar mucho para lograr esa primera eutanasia legal en Colombia. Es raro, pero nunca le di en vida un beso. Cuando murió lo hice, lo besé en la frente”. Su relato está lleno de anécdotas felices. Del humor ácido del viejo José Ovidio. En su trazo mordaz se nota su legado.

Cuenta Matador que la misma semana que murió su padre, un periódico local contó la historia de un hombre con cáncer que se degolló. El caricaturista pensó entonces en la soledad del suicida y aplaudió una vez más la entereza del viejo José Ovidio. Los coletazos de aquella eutanasia hicieron profetizar al procurador Alejandro Ordóñez que Colombia se llenaría de eutanásicos yendo al matadero. Tan solo cinco procedimientos más se hicieron en un año, según el Ministerio de Salud. Uno por carcinoma de pulmón con metástasis vertebral, otro por cáncer de vesícula con metástasis en pulmón, dos más por tumor gástrico y cáncer sin especificar y el último por esclerosis lateral amniotrófica (todos términos médicos que en cristiano resumiría así: dolor infernal). De esos casos, dos fueron acompañados por la familia del viejo José Ovidio. Los González han sido protagonistas o acompañantes de la mitad de las eutanasias legales en Colombia.

Cuentan ellos que es común que les pidan asesoría. Un día en un bar, por ejemplo, un espontáneo se le acercó a Matador para mostrarle fotos de un sobrino suyo de 37 años con cáncer de piel. “Se le veían hasta gusanos, pero este muchacho de Antioquia tenía una niña pequeña y estaba sufriendo mucho por dejarla sola. Les ayudamos y lograron acceder a la muerte digna”. También le echaron una mano a una mujer desahuciada de Risaralda. Acompañar a esas familias apesadumbradas en ese tránsito mortal les ha servido como catarsis. Ni el perro de la casa se salvó de la muerte asistida. Tan inseparables se habían vuelto Lukas y el viejo José Ovidio, que el perro desarrolló un tumor muy cerca de la boca, como su amo. Y no pasaron más de tres meses entre una muerte y otra. A Lukas también le aplicaron la eutanasia. Matador aprovecha la anécdota para pintarlos subidos en una nube, abrazados, con alas de ángel, mientras el viejo José Ovidio dice sorprendido: “¡Vaya, un año ya!”, y Lukas le contesta fino: “Y el procurador ahí” (ver caricatura).

Doña Alicia, a diferencia del viejo José Ovidio, ateo él, siempre ha sido creyente. Un día antes del procedimiento le preguntó a su compañero de medio siglo –duraron 49 años y seis meses juntos– cómo quería sus funerales. “Eso es problema suyo –le contestó–, pero me gustaría que mis cenizas las echaran a un río limpio y a un árbol”. Su voluntad se cumplió sin dramatismos el 19 de julio del año pasado, cuando ya había pasado el ventarrón mediático. Primero fueron al río Consotá, muy cerca de la finca del viejo José Ovidio. Matador y su hermano menor Mauricio, muy ceremoniosos ellos, con el cofrecito café en el que reposaban los retazos blancos del primer eutanásico con todas las de la ley, se arrimaron a una piedra enorme para lanzar desde allí la mitad de las cenizas. Pero Lukas se les abalanzó para despedirse también a su manera y el cofrecito se cayó. Rescataron lo que pudieron para echárselo al naranjo que sembraron en la finca. Pero, una vez allí, a Sara, la hija de Matador, al lado del árbol, mientras sonreía festiva, le cayó encima parte del abuelo por error. Cosas de las despedidas.

Fuimos hasta ese naranjo. Crece con la gracia florida de la tierra del café. “Es más bonito visitar este árbol, o pasar por ese río, en donde sabemos que está papá, que ir a un cementerio”, dice Andrés, el filósofo, el tercero de los cuatro hijos del viejo José Ovidio. Durante la media hora que duró el viaje para llegar a la finca, Andrés se tomó unos whiskys para aflojar la lengua. Con él tuvo las más largas conversaciones sobre la vida y sobre la muerte. Durmieron juntos mil veces en la finca. Arropados por ese amor cómplice que se desarrolla cuando sabés con certeza que se acerca la fecha de vencimiento. Ahí, sobre el naranjo que hoy es su padre, dice Andrés un poquito prendido: “Si es verdad que la materia ni se crea ni se destruye, entonces todo lo que fue Ovidio, hueso, carne, tendón, pelo, ojos, ahora tiene tallo y clorofila. Y esperamos que tenga frutos, no tan amargos como los que dejó Ovidio”. En sus últimos días, Andrés se obsesionó por hacerle caer en cuenta a su padre que nada le quedó por hacer, que podía irse tranquilo. Con esa convicción se fue así de ligero.

Era un vitalista, amaba el trago, amaba la música, amaba el boxeo. Y vino a morirse un año antes que Muhammad Alí, a quien idolatró siempre porque, como él, todo –¡absolutamente todo!– lo decidió. Con ellos hasta los azares fueron escogidos. O la suerte. Dos semanas después de morirse, a doña Alicia le dio por hacer el chance. Escogió la hora exacta de la eutanasia, las 8 y 33 de la mañana, y le añadió un uno. El número 1833 le trajo $4 millones. “Fue un regalo, fue un milagro, yo ahí mismo le di las gracias porque sé que fue él”, cuenta ella mientras se seca los ojos. Con eso pagaron los derechos de grado de su hijo Mauricio, el ingeniero mecánico, y atendieron otras urgencias del día a día. Dice doña Alicia que el viejo José Ovidio fue testigo de cómo un cáncer acabó a su mamá Ana Félix Correa, y a uno de sus hermanos, al que se le tragó el hígado. “Ese le dio muy duro, porque lo vio acabadito, acabadito, y él no quería terminar postrado así. Por eso, el día que decidió morirse madrugó, se bañó solito, desayunó contento y se fue feliz”.

Y añade doña Alicia con ese tono reposado de matrona sabia: “Claro que la eutanasia es un acto de amor. Es ayudarle a una persona que está sufriendo. Mire que va uno a esas clínicas y ve a esos pacientes tan horribles que ya ni se pueden mover. Es una cosa muy aterradora. La gente no puede ser egoísta. ¿Cómo va a preferir uno tener una persona ahí que ya no se puede ni mover, a que se vaya con todos sus sentidos?”. Fue toda una odisea convencerla de que hablara. Durante un año se mantuvo ajena a los micrófonos de los periodistas. Llevó su duelo sin declaraciones públicas. Hasta hace 10 días. En la entrevista lloró. Se secó varias veces las lágrimas que se despeñaron por sus mejillas sabias. Recordó a su cómplice de medio siglo con amor y, según Matador, liberó su pecho. Mateo, el hijo del caricaturista, de apenas 22 meses, le devolvió la sonrisa a la abuela Alicia. Todos los días lo cuida en las tardes. Es una compañía hermosa.

Para Adriana González, la abogada que batalló por la eutanasia del viejo José Ovidio, el ejemplo y el legado de ese zapatero de humor negro sacudieron felizmente a Colombia hace un año ya. Qué importa que acusaran a su familia de satánicos o herejes, o que muchos les escupieran insultos en las redes. Para ellos, la recompensa está en ese naranjo florido y en ese río que corre. “Yo creo que ha cambiado la visión frente a este tema, todavía cuestionable para los sectores más conservadores de este país. Ha habido una gran aceptabilidad por parte de la sociedad y un reconocimiento como derecho fundamental, algo importantísimo en estas sociedades laicas”. Adriana acompañó la última cruzada del viejo José Ovidio, ese último mes hasta que se fue plácido. La impresionó desde el primer momento ese porte de Quijote, ese espíritu gigante que se iba, atenazado en ese pellejo seco. Lo defendió admirada. Y ganó.

Tiempo después de su muerte, recordando el coraje de sus días postreros –que no postrados–, escribió para un periódico local lo siguiente: “Fue por ello que calmé internamente ese deseo profundo de llorar al ver que su vida se deshilaba furiosamente. No podía ser inferior a Ovidio, a su momento y a sus hijos. El llanto no era mi papel, el mío era defenderlo como la más fina caballera hidalga en el respeto a su derecho más fundamental: su autonomía”. Hoy lo rememora con una sonrisa. Es inevitable que todos lo hagan. Diego González lo resume así: “El humor de mi papá hizo que todo esto fuera muy fácil”. Por ejemplo, a unos evangélicos que intentaron convencerlo de no morirse todavía, les dijo burlón: “Déjenme sus datos con mi hijo, yo subo y dependiendo del dios que sea, si es Buda, Jesús o Mahoma, yo regreso y les aviso cuál es el dios verdadero”. Tenía una chispa increíble en un cuerpo apagado. Fue un montador profesional, dice su sobrino Octavio Rivera.

El viejo José Ovidio González vivió, pues, su vida como le vino en gana y sobrevivió a su propia muerte como abono de un naranjo. Un genio. Debe estar muerto de la risa donde esté. Sin dolor alguno.