Educación médica, uno de los problemas claves

Explotando el “boom” del cannabis medicinal

Desde que en 2016 se abrieron las puertas para la marihuana medicinal en Colombia, varias compañías han promocionado productos con información no tan cierta. Pero, tras un siglo de impedimentos para hacer investigación, hoy la ciencia empieza a develar las verdades y mentiras de este mercado.

En Colombia, el Minsalud ha recibido 374 solicitudes de licencias de fabricación de productos derivados del cannabis. / Óscar Pérez

Los últimos días de septiembre del 2018 varios periodistas recibimos por correo electrónico uno de muchos boletines que suelen enviar las agencias de comunicaciones. Estaba firmado por Sec Latam, una popular compañía. Su título era particular: Cuidado de la piel: otro de los beneficios comprobados del cannabis. Días más tarde esa empresa envío otro email más detallado. “Llega a Colombia la primera marca de productos para el cuidado de la piel con el CBD del cannabis”, anunciaba en la primera línea para luego explicar que se trataba de una serie de artículos de la farmacéutica Khiron. Varios medios de comunicación replicaron o copiaron la información. El Espectador (la revista Cromos, mejor) fue uno de ellos. (Lea El último round por el precio de los anticonceptivos)

La publicación inquietó a varios médicos. “Aquí se usa el término ‘comprobado’ muy a la ligera”, escribió en Twitter la doctora Paola Cubillos, refiriéndose a la publicación. “Otra nota sobre #cannabis en un periódico nacional que parece más un publirreportaje”. (Lea Una exministra de Educación, nueva presidenta del gremio farmacéutico)

No era la primera vez que Cubillos debía reprender a un medio de comunicación por sus imprecisiones. En su red social hay una larga lista de llamados de atención por artículos similares. Desde que en 2015 el Ministerio de Salud, encabezado entonces por Alejandro Gaviria, empezó a reglamentar el uso de la marihuana con fines médicos y científicos, noticias como estas empezaron a multiplicarse. También los correos electrónicos de las agencias que intentan posicionar laboratorios. (Lea El Ministerio de Salud buscar poner freno al pago de suplementos dietarios para personas sanas)

“CannaCiencia impulsa el cannabis medicinal en la agenda médica, científica y empresarial del país”, “Vicente Fox, expresidente de México nuevo miembro de la junta directiva de Khiron, empresa de cannabis medicinal”, “Simposio internacional sobre cannabinoides y sus aplicaciones médicas”, “Expertos del cannabis medicinal a nivel mundial estarán en Bogotá”, “Inician (sic) operaciones de cannabis medicinal en Colombia”, “El interés en el mercado latinoamericano de cannabis está en auge”, son algunos de los títulos de boletines que han aterrizado en nuestros correos en los últimos meses. Las primeras líneas de una columna que hace unas semanas nos pedía publicar Saul Kaye, CEO y fundador de iCAN: Israel Cannabis y CannaTech, resumían lo que está sucediendo: hay un boom del cannabis medicinal.

El problema, como dice Cubillos, hoy al frente de la investigación en cannabis medicinal en la clínica Las Américas de Medellín, es que se trata de un asunto con muchas áreas grises. Hay vacíos de conocimientos que la medicina hasta ahora está intentando resolver en medio de una mezcla de publicidad, información engañosa, mitos, informalidad, tabúes y estrategias de compañías para educar a los médicos. Un siglo de guerra contra las drogas había imposibilitado algo esencial en esta discusión: hacer ciencia.

Se trata de un debate al que el pasado viernes se sumó un anuncio revelador. La Organización Mundial de la Salud le recomendó al Comité de Estupefacientes de la ONU que elimine la marihuana de la categoría en la que se encontraba. En la lista IV de la Convención sobre drogas, la más restrictiva, también están las sustancias que se consideran particularmente dañinas y con beneficios médicos limitados.

Inicios de una guerra

Víctor Lacata tenía 21 años cuando se volvió una de las personas más populares de Estados Unidos. Había nacido en la pequeña ciudad de Tampa, al oeste de Florida, y, según lo describieron entonces algunos diarios, podría considerarse “un muchacho sensato y bastante tranquilo”. Su historia tuvo un gran giro el día en el que en los años 30 descuartizó con un hacha a su madre, su padre y sus tres hermanos. Había fumado marihuana y creía que unos hombres le iban a cortar los brazos.

La anécdota es popular entre quienes han rastreado la historia del cannabis. El periodista británico Johann Hari la retomó en 2015 en su libro Chasing the Scream: The First and Last Days of the War on Drugs. Tras el grito: un relato revolucionario y sorprendente sobre la verdadera historia de la guerra contra las drogas fue el nombre con el que lo tradujeron al español.

Cuenta Hari que el caso de Víctor Lacata se convirtió en la mejor excusa para dar inicio a la era del prohibicionismo del cannabis. Aunque no había razones médicas para restringirlo, detrás de la Oficina de Estupefacientes de EE. UU. había alguien muy interesado en cortar el que creía era uno de los productos más populares entre los inmigrantes mexicanos. Su nombre era Harry Anslinger y estaba convencido de que atajar a la marihuana era el camino para obstaculizar a los negros y a los inmigrantes. “La marihuana convierte al hombre en un animal salvaje”, “Si Frankenstein se las viera con el monstruo de la marihuana se moriría de miedo”, eran algunas de las frases con las que inducía a los periódicos a expandir el miedo.

Lo que sucedió con Lacata fue para Anslinger la mejor oportunidad para comprobar su hipótesis racista. “Las consecuencias más aterradoras de la marihuana se daban en los negros”, dijo alguna vez. Los estadounidenses, presos del terror, empezaron a exigir más fondos para la Oficina Federal de Estupefacientes, a pesar de que el historial médico de Lacata había revelado que sufría de demencia aguda. La enfermedad mental, que había perjudicado a varios de sus familiares, lo condujo al suicidio en el hospital psiquiátrico estatal.

La historia de las décadas siguientes es conocida. Europa y Asia, siguiendo el ejemplo de EE. UU., introdujeron legislación anticannabis. También los países de América Latina. La prohibición, finalmente, se concretó en 1961 con un pacto global. La Convención Única sobre Estupefacientes, más una posterior tanda de acuerdos internacionales, puso fin de manera tajante a la producción y la posesión de la marihuana, excepto con propósitos médicos o científicos.

Sin embargo, el estigma sobre la planta predominó por el resto del siglo XX. “¿De qué manera se iban a hacer estudios serios si era una sustancia ilegal?”, se pregunta Orlando Carreño. “Ni siquiera en las facultades de medicina nos hablaron de cannabis medicinal”.

Carreño es neurólogo pediatra y profesor de la Universidad CES, en Medellín. También es especialista en una rama encargada de estudiar los síndromes epilépticos. Epileptología es como la llaman en el argot médico. Cuenta que desde hace siete u ocho años empezó a interesarse por la marihuana medicinal a raíz de las inquietudes de algunos de sus pacientes. Al recordar esos años es franco: “Al principio la experiencia no fue la mejor. Los aceites que conseguíamos se producían con plantas cuyas concentraciones de THC eran muy altas”.

Se refiere a uno de los compuestos más populares del cannabis, el tetrahidrocannabinol. De los 144 cannabinoides que puede tener la planta, este es el que produce la psicoactividad por la que la marihuana ha recibido tantos agravios. El otro cannabinoide popular tiene un nombre más fácil de memorizar: cannabidiol o CBD. Es uno de los compuestos con aplicaciones médicas.

Pese a que en los años 60 el químico israelí Raphael Mechoulam logró aislarlos por primera vez, las investigaciones clínicas empezaron muchos años más tarde. La razón la resumió el mismo Mechoulam en 2017 en una conferencia: “Si la química no se conoce es imposible hacer farmacología. Y sin esto es imposible hacer ensayos clínicos, es imposible desarrollar aplicaciones clínicas razonables”. Fue una historia que en 2013 empezó a cambiar por completo.

Un punto de quiebre

Sanjay Gupta es un rostro muy conocido en la televisión estadounidense. Es médico y corresponsal de CNN, una de las cadenas más populares. También es profesor y en su historial acumula varios premios Emmy y un par de bestsellers del The New York Times. En 2013 produjo un documental que le dio la vuelta al mundo y empezó a cambiar la forma de entender el cannabis. Weed, lo tituló.

En los poco más de 40 minutos relataba la historia de una niña del estado de Colorado que padecía formas severas de epilepsia. Su nombre era Charlotte y tenía el extraño síndrome de Dravet. Tras no encontrar un tratamiento, sus padres recurrieron al aceite de cannabis con altas concentraciones de CBD. Cuando lo probaron los ataques se detuvieron casi por completo.

Además de impulsar a varias familias a mudarse a Colorado, el documental sobe Charlotte provocó una cascada de información sobre los posibles usos de la marihuana. A la par que los gobiernos empezaban a regular su utilización para fines médicos, crecía la evidencia científica. Tanto Carreño como la doctora Paola Pineda, que participó de forma activa en los debates del Congreso cuando se promulgó la ley de cannabis medicinal en 2016, creen que se trató de un punto de quiebre. Fue el inicio del boom del cannabis.

Pero con el boom llegó un también un inconveniente imprevisible. Pineda lo resume con una palabra: “empezó una moda”. Pacientes que tras ver el documental querían probar la marihuana como alternativa y empresas que empezaron a promover usos no comprobados y personas que comenzaron a comprar productos con más frecuencia en un mercado informal fueron algunos de los fenómenos más frecuentes. “Aunque no hay que satanizar el mercado informal, el problema incia cuando se intenta masificar algo , cuando se quiere volver comercial y solo se piensa en términos de venta. El cannabis no sirve para todo. Para formularlo se necesita ver a cada paciente, estudiar su condición”, explica Pineda, con una aclaración: cree que el cannabis es una gran herramienta segura frente a muchos medicamentos que no ofrecen una respuesta efectiva. “En ocasiones, que no haya evidencia, no quiere decir que no sirva”, advierte.

Carreño tiene otra postura. En sus palabras, hay que tener claro que el cannabis no cura absolutamente nada: “No hay ninguna evidencia que permita asegurar eso. Este es un área donde tenemos todo por investigar”. Su consejo frente a los mensajes que se expanden por diarios, emisoras y canales de televisión es simple: “Desconfíe”.

Las áreas grises de conocimiento científico que dejaron años de prohibición poco a poco han sido llenadas. En enero de 2017 las National Academies of Sciences, Engineering and Medicine de EE. UU. publicaron un completo informe de más de 460 páginas donde recopilaban la evidencia disponible. Su nombre: Los efectos del cannabis y los cannabinoides en la salud. Estado actual de la evidencia y recomendaciones para la investigación. Entre las primeras cosas que advertían estaba que los hallazgos no podían ser considerados definitivos. ¿La razón? La investigación existente no era de buena calidad.

Pese a ello, los autores habían encontrado evidencia contundente en varios puntos. El cannabis, advertían, podría servir en el manejo del dolor crónico en pacientes adultos, para tratar la espasticidad relacionada con esclerosis múltiple y las náuseas y vómitos generada por la quimioterapia. Las alteraciones del sueño relacionadas con apnea del sueño y la fibromialgia eran otras de las enfermedades para las que podría ser útil, aunque clasificaban la evidencia de “moderada”.

En este punto de la discusión hay otro asunto que inquieta a la doctora Cubillos: el hecho de que los pacientes piensen que, por tratarse de una planta, no tendrá efectos indeseados. La lista de posibles consecuencias empieza por posibles interacciones con otros medicamentos, hasta impactos en el sistema cardiovascular si no se suministra en dosis adecuadas y no se adquiere de manera segura. A sus ojos, “una de las utilidades de la regulación es justamente esa: evitar que se siga usando de manera artesanal. Así se evita que los compradores continúen adquiriendo productos con, por ejemplo, metales pesados u hongos”. Pero para que suceda hay un aspecto clave en el que Colombia parece flaquear: la educación.

Vacíos de educación

La última semana Aurelio Enrique Mejía, director de Medicamentos y Tecnologías del Minsalud, firmó cuatro licencias de fabricación de derivados del cannabis. Por sus manos deben pasar todas las solicitudes de las compañías o grupos académicos que quieren realizar investigación científica relacionada con cannabis medicinal o exportar algún tipo de producto. El proceso, que incluye el cultivo, la producción y la comercialización y en el que también intervienen el Ministerio de Justicia, el ICA y el Invima, tiene pasos detallados que ya han sido explicados en varias oportunidades. “Es una de las mejores regulaciones y nos estamos tomando el tiempo necesario para estudiar cada solicitud. Queremos hacer las cosas bien”, asegura Mejía.

En total, en el Minsalud se han radicado 374 solicitudes que buscan obtener una licencia de fabricación; 86 han sido otorgadas. Por su parte, hasta noviembre el Minjusticia había expedido 170 licencias para uso médico y científico del cannabis: 19 eran para siembra de semillas, 62 para el cultivo de plantas de cannabis psicoactivo y 89 para el de plantas de cannabis no psicoactivo.

Khiron, la empresa con la que empezó este artículo, tiene tres de esas licencias: para el cultivo, la producción y la comercialización de productos. Sin embargo, su línea de artículos para piel hace parte de otro grupo más cercano a los cosméticos que a los medicamentos. “Cosmecéuticos” es como los llama la industria. Por su bajo riesgo, los cosméticos no requieren un registro sanitario del Invima, como lo necesita cualquier medicamento, tan solo una “notificación sanitaria obligatoria”.

“Los productos cosméticos dentro de sus proclamadas bondades curativas no pueden sugerir que a partir de sus ingredientes pueden tratar enfermedades, ni manejar síntomas como inflamación, dolor, irritación, hinchazón, mareo, hambre, sueño, entre otros”, es la aclaración que hace esa entidad al referirse a esta clase de artículos. De hecho, hoy solo hay un medicamento basado en cannabis aprobado por el Invima: Sativex, para dolor en espasticidad en esclerosis múltiple.

Cuando le preguntamos a Ana María Borda, gerente de investigación de Khiron, sobre la evidencia de las promesas de sus productos, fue clara: “Hemos hecho varios estudios en los que comparamos los valores de la capacidad antioxidante con los de la vitamina E”. ¿Dónde fueron publicados? “No. No están publicados. Son estudios que hemos hecho internamente”.

Como todas las personas que consultamos para hacer este artículo, Borda también cree que en este debate hay un tema clave que no se puede pasar por alto: la educación de los médicos. Por eso reconoce que la compañía hace constantes esfuerzos para capacitarlos. El primer simposio de cannabis medicinal y el constante diálogo con asociaciones científicas para crear programas de educación son dos de las medidas que menciona.

Pero aquellas estrategias, populares en el mundo farmacéutico, están ubicadas en una delgada línea que, a los ojos de Cubillos, hay que transitar con cuidado. “¿A quién debería corresponderle realmente este tipo de educación?”, se pregunta. “¿Al Ministerio de Salud, al de Educación, a las facultades de medicina?”.

Otro par de interrogantes quedan en el aire: ¿la educación que está llevando a cabo la industria farmacéutica en los grupos médicos es neutra? ¿Podría ser sesgada? En Canadá, por lo menos, hay intenso debate porque algunos productores de marihuana también han construido clínicas de tratamiento. “Es una tendencia que alarma a reguladores y expertos en salud”, apuntaba el National Post el pasado 27 de diciembre.

Días después, en enero Aaron E. Carroll, profesor de pediatría de la Escuela de Medicina de la U. de Indiana (EE. UU.), escribió en el New York Times una breve columna sobre las dudas y riesgos del cannabis. Varios de sus puntos condensaban las complejidades de la discusión. “Nadie debe tener la impresión de que la marihuana es inofensiva”, escribía en un apartado, al tiempo que resaltaba la necesidad de más investigación. “Parte de la literatura se ha enfocado en lo negativo”. Más adelante apuntaba: “La publicidad probablemente hará afirmaciones que no están en línea con la realidad. Deberíamos ser claros acerca de qué estamos hablando. Los adultos tomarán decisiones sobre cómo usarlo (el cannabis) tal y como deciden a la hora de ingerir alcohol y tabaco. Ambos son mucho más peligrosos que la marihuana”.

837517

2019-02-01T22:06:34-05:00

article

2019-02-02T23:13:58-05:00

[email protected]

none

Sergio Silva Numa / @SergioSilva03

Salud

Explotando el “boom” del cannabis medicinal

47

17949

17996