Insomnio, una enfermedad silenciosa

Una bogotana relata cómo ha pasado hasta cinco días seguidos sin dormir. Hace tres años un episodio de depresión pudo haberle provocado esta escasez de sueño.

El especialista en sueño Rafael Lobelo, calcula que el 48% de los colombianos padecen insomnio alguna vez en su vida. /iStock

El terror llega a eso de las 5 de la tarde. Es una especie de angustia, de miedo que se prolonga por un par de horas. Mientras aparece la oscuridad, mientras las luces de las casas vecinas comienzan a encenderse. “Verlas genera como un vacío, como una impaciencia por saber que empieza la noche. Luego, cuando se apagan, vienen el silencio, la soledad. Todo es peor”. Elsa*, de rasgos y cuerpo recio, no sabe describir esa zozobra. Inquietud, espanto, ansiedad, desazón, tristeza, agonía, desasosiego, congoja. Aunque tiene una bolsa llena de adjetivos para aclarar lo que siente desde hace tres años por culpa del insomnio, cree que ninguno lo define bien. “¿Sabe? Es como una mezcla de todos. Pero no sé. No puedo explicarlo bien”.

Elsa tiene más de 40 años y desde 2012 ha padecido el mismo mal por el que hace más de un mes el escritor Juan José Hoyos tuvo que despedirse de sus lectores en el periódico El Colombiano. En su última columna dijo adiós con aire de nostalgia.

“He sufrido insomnio desde que era niño”, escribió a finales de marzo. “La infancia es una edad sin tiempo: ya casi no recuerdo la primera noche en que no pude dormir (…) La primera noche... Bueno, podría decirse que es agradable. Se puede leer un buen libro. Se puede escuchar un concierto. (…) La segunda noche se percibe con más agudeza el silencio. Uno siente cuando se apagan los ruidos cotidianos, los motores, las voces de la gente. Siente el ruido del último tren. Una gota de agua cayendo en algún lugar. El tic tac de un reloj (…) Al tercer día, cuando llega la mañana y el día apenas empieza para el resto de la gente, tu jornada ya ha sido demasiado larga. Estás cansado y todavía ni siquiera te has levantado de la cama (…) Después del quinto o sexto día ya no se encuentra diferencia entre el día y la noche. Todo se vuelve un eterno presente. De pronto te dicen que es jueves. Todo parece mediodía o medianoche. La cabeza se pone como si te hubieran golpeado con un martillo toda la noche... Y empiezan a sucederte cosas desconocidas. Oyes que alguien te habla y volteas a mirar y no ves a nadie”.

A veces, escribía luego Hoyos, “he pasado hasta tres días seguidos sin dormir”.

Elsa no ha leído su columna pero siente algunas descripciones como suyas. Las recuerda y se le empapan los ojos. Le tiemblan un poco las manos. Se le siente una voz quebradiza que trata de disimular pasándose los dedos por los labios y haciendo silencios larguísimos.

“Es que usted no tiene ni idea de lo que implica no dormir”, dice. “No sabe qué es descansar todos los días de manera artificial y saber que cierra los ojos y son las 3 de la mañana. Que se echa a pensar y vuelve y los abre y son las 4. Que se asoma a la ventana a las 5 y todos aún están durmiendo, pero usted sigue despierto. No sabe la fatiga que se siente después de varias semanas. No sabe de la sed, de la pérdida de peso, del cansancio continuo, del cosquilleo en el cerebro, de los constantes medicamentos, del miedo a enloquecer, del temor a ser recluido en un hospital psiquiátrico, de tener que depender de alguien para todo: para ir al banco, para hacer mercado, para poner un pie en la calle. Ya estoy mejor, sí. Pero cuando dejé de dormir durante cinco días seguidos quería dejarme morir. Usted no tiene ni idea de qué es el insomnio”.

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Técnicamente, dice el doctor Édgar Osuna, jefe del departamento de neurología del Hospital Universitario de la Fundación Santa Fe, el insomnio está catalogado como una consecuencia de algún otro trastorno que, en muchas ocasiones, puede ser un padecimiento psiquiátrico. En el caso de Elsa, el insomnio le llegó como causa de una depresión que arrancó en julio de 2012, después de la muerte de un hermano.

“El insomnio es un síntoma que se ha vuelto muy frecuente en los últimos tiempos y que afecta mucho la calidad de vida. El sueño es vital para el ser humano y no poder conciliarlo implica algo tan simple como perder la concentración, como no poder hacer las tareas diarias porque la lentitud lo impide. Es posible que a veces los pacientes crean que por culpa de esa incapacidad de dormir desarrollen esquizofrenia. Pero no. No produce eso ni demencia”, explica Osuna.

Aunque este mal siempre ha sido visto como un síntoma, hace un par de años la Academia Estadounidense de Medicina del Sueño decidió clasificarlo, en los casos crónicos, como enfermedad. Así lo explica Rafael Lobelo, expresidente de la Asociación Colombiana de Medicina del Sueño y de la Federación Latinoamericana de Sociedades del Sueño.

Según él, el insomnio crónico, que es el más grave, ocurre cuando alguien lleva más de tres meses sin dormir bien o no puede conciliar el sueño durante cinco días a la semana. “Casi siempre está relacionado con ansiedad, estrés o depresión y necesita tratamiento. Alrededor del 15% de los pacientes que atiendo lo padecen”, dice.

Aunque en Colombia no se han hecho estudios que indiquen cuál es su prevalencia, Lobelo asegura que el insomnio afecta al 40% de nuestra población. “El 48% tiene que enfrentarse a él alguna vez en su vida”.

En el caso de Estados Unidos, donde el 20% de los adultos tienen insomnio agudo y el 10% crónico, se han hecho varios estudios que han intentado desentrañar sus posibles consecuencias. Hace tres meses, por ejemplo, The American Journal of Medicine publicó una investigación de la Universidad de Arizona en la que se asociaba la escasez de sueño con las tasas de mortalidad. Tras analizar 1.409 pacientes desde 1972 hasta 2011, los autores encontraron que quienes padecían insomnio tenían 58% más probabilidades de fallecer, especialmente por enfermedades cardiovasculares.

Otro análisis llevado a cabo con 54.399 personas por la Academia Estadounidense de Medicina del Sueño, concluyó que los insomnes son 2,8 veces más propensos a sufrir lesiones fatales y tienen 1,5 más probabilidades de sufrir una lesión mortal. Los accidentes de tránsito están en la lista de los más frecuentes. Y un estudio más, que analizó las rutinas de 2.080 enfermeras, encontró que el 27,3% sufría insomnio, lo que generaba un aumento en los errores de la medicación.

“Estos resultados nos recuerdan que el sueño es una necesidad absoluta y que el insomnio afecta significativamente la vida de las personas, el rendimiento y la seguridad en el trabajo más de lo que nos estamos percatando”, dijo entonces el doctor Mark Rosekind, exdirector del programa de fatiga de la Nasa y del Centro de Investigación para el Sueño Humano en la Universidad de Stanford.

Y aunque es cierto que este malestar se ha asociado a alteraciones cardíacas, diabetes, obesidad (producto de la extrema ansiedad nocturna) y hasta mortalidad, hay muchas investigaciones que, a los ojos del doctor Osuna, hay que ver con pinzas.

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En El demonio de la depresión, libro finalista en los Premios Pulitzer, Andrew Solomon se refiere constantemente a lo que implica esta enfermedad para una familia. “Los seres queridos deben protegerse contra el contagio de la desesperanza. Es una sensación de precariedad intensa”, escribe.

Contrario al testimonio de Solomon, lo primero que Elsa sintió fue una familia esquiva. A excepción de su esposo, la tildaron de loca por su falta de sueño, le prometieron que la recluirían en un hospital psiquiátrico y la abandonaron a su suerte. El miedo y el desamparo la llevaron a buscar apoyo médico, a seguirle el juego a un sistema de salud de filas larguísimas y trámites eternos.

“Ya no recuerdo cuántos médicos visité. Primero unos cuatro o cinco generales, luego psiquiatras y psicólogos y después especialistas en sueño. Fui a donde homeópatas, busqué ayuda de brujos, me mandé a hipnotizar y pagué $400.000 por unos productos inútiles que anunciaban en televisión. Hasta un padre rezó seis misas por mí porque Dios me iba a hacer dormir. Por cada una me cobró $50.000”.

Elsa, que a ratos lagrimea de rabia, a ratos de tristeza, ya no sabe cuánto dinero ha gastado hasta hoy. Lo que sí sabe es que las píldoras de clonazepam, doxepina, tequiapina, mirtazapina, someso, isoklon no le funcionaron, así se tragara cinco y seis en una sola noche. Alguna, no sabe muy bien cuál, la engordó demasiado. Otra la hizo bajar 12 kilos en un par de semanas.

Su cuerpo, mientras tanto, como el de Juan José Hoyos, estaba perdiendo el ciclo circadiano, ese ritmo biológico que tienen todos los seres vivos y que depende de los cambios ambientales, especialmente de los ciclos de la luz y la temperatura.

Esa iluminación solar, entre otras cosas, estimula este reloj y una glándula (la pineal) que produce melatonina, una hormona clave en ciertos procesos celulares y que influye en el sistema inmunológico, el envejecimiento, el sueño y algunas afecciones psiquiátricas.

“En nuestro caso, nuestro organismo está diseñado para estar alerta en el día y reposar en la noche. Pero cuando eso se altera empiezan a aparecer el agotamiento y las enfermedades asociadas”, cuenta el doctor Lobelo.

A la par de ese descontrol se comienza a alterar la producción de muchas sustancias que mantienen activas las neuronas y permiten que ciertos circuitos mantengan la vigilia. Por ejemplo, como explica Édgar Osuna, hay fallas en la hormona concentradora de melanina, esencial para la regulación de la conducta alimenticia, el estado de ánimo y el equilibrio energético.

“En palabras mucho más simples”, repite Osuna, “el sueño es una función básica de la evolución. Todos debemos descansar. No hacerlo afecta muchísimo la calidad de vida. Es hora de que le prestemos suficiente importancia a un factor que hoy, en medio de tanta tecnología, nos ha dejado de parecer trascendental”.

*Nombre cambiado a petición de la fuente.

 

 

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