La cruzada de la presentadora Pilar Schmitt por su hijo

Martín sufrió una lesión en el cerebro que retrasó su desarrollo motor. Después de un año de terapias, el menor está en franca recuperación. Todo gracias a Adriana Rueda, otra mamá.

Pilar Schmitt (a la derecha) y Adriana Rueda, junto a sus hijos Martín y Jerónimo. / Óscar Pérez - El Espectador

Las vidas de Pilar Schmitt y Adriana Rueda se cruzaron por primera vez y para siempre el 3 de enero de 2017. En un restaurante de Villa de Leyva, desde otra mesa, Adriana notó que algo no estaba bien con Martín, el hijo de Pilar de tres meses de edad. Ella lo cargaba en brazos mientras almorzaba con su familia. Adriana ni siquiera advirtió que era la reconocida exreina, periodista y presentadora de Noticias Caracol. Sus ojos estuvieron todo el tiempo vigilando los movimientos involuntarios de Martín. Se percató de que su mano izquierda estaba torcida y engarrotada. La embargó un espanto que le revivió su historia con Jerónimo, su hijo. Sin dudarlo, se paró, abordó a Pilar y le dijo: “¿Ves cómo está torciendo la mano tu hijo? Él no está bien. Te voy a contar la historia de Jerónimo”. Pilar la oyó con el corazón en la boca.

La historia de Adriana

Hasta septiembre de 2015, cuando cumplió la semana 29 de embarazo, Adriana Rueda se desempeñó como directora de pequeñas y medianas empresas en el Ministerio de Comercio, Industria y Turismo, al mando entonces de Cecilia Álvarez. En un control, su ginecólogo le advirtió que sufría de placenta previa y que había riesgo de un parto prematuro. La mandaron a su casa en total reposo. El 9 de noviembre de ese año, a las 7:30 a. m., después de cumplir las recomendaciones médicas, en cesárea programada en la clínica El Country, en Bogotá, nació Jerónimo. Durante seis horas, el recién nacido estuvo en la unidad de cuidados intensivos por un problema respiratorio. Al final les dieron el alta a ambos. Todo parecía marchar bien. Tres días después, uno de los más reputados pediatras de la capital les dijo a Adriana y a su esposo que Jerónimo estaba sano.

La familia se llenó de fotos, selfis y sonrisas. Sin embargo, no había pasado ni una semana cuando Adriana se percató de que el niño tenía ligeramente caído el párpado del ojo izquierdo y que sus brazos permanecían rígidos. Su instinto de mamá le gritaba que Jerónimo tenía problemas. Con su esposo pidieron cita con un pediatra distinto, que desestimó sus miedos sobre una eventual parálisis en proceso, aunque sí detectó un soplo en el corazón del bebé. Lo remitieron a la Fundación Cardioinfantil y descubrieron, además, que sus pulmones estaban llenos de agua. De vuelta a las angustias y cuidados intensivos: ocho días más de observación, órdenes de medicamentos y controles posteriores. El pronóstico incluía una cirugía de corazón abierto cuando el niño cumpliera seis meses para corregir su problema. Adriana pensó entonces que había pasado lo más crítico, pero apenas empezaba cuesta arriba.

Jerónimo no tenía ni dos meses cuando comenzó a desarrollar un tic en el ojo izquierdo. Su mano izquierda también permanecía torcida y con el puño cerrado. Adriana recordó aterrada la historia de una empleada de su casa. Ella tenía un hijo con parálisis cerebral cuyos movimientos corporales se asemejaban a los rasgos incipientes de Jerónimo. Desde sus 15 años, cuando memorizó la expresión caída y el cuerpo engarrotado del hijo de la empleada de su casa, temió que alguno de sus hijos pudiera sufrir de algo así. Atenazada por el pánico, buscó a varios neuropediatras, pero todos le dijeron que Jerónimo estaba perfecto. Uno de ellos incluso sugirió que tenía depresión posparto. Su esposo, Diego Parra, en principio preocupado, terminó regañándola. Adriana no desfalleció. Siguió viendo médicos, pagando exámenes especializados, saltando de consultorio en consultorio. Se acostumbró a la vida de las salas de espera.

Hasta que por fin dio con el doctor Francisco Aldana, una eminencia de la neuropediatría en Colombia. Adriana llegó a la cita con un dossier de exámenes y resultados de Jerónimo, pero le dijo que no quería ver exámenes, que quería evaluar al niño. Jerónimo tenía cuatro meses.

Después de apretarle las manos —le contó Adriana a El Espectador—, en un ejercicio muy simple, el doctor Aldana le dijo sin anestesia: “Sí, hay algo en el lado izquierdo del niño”. “¿Qué es?”, preguntó despavorida. “Una alteración de la coordinación central en el cerebro”, contestó el médico. “¿Cómo va a quedar el niño?”, insistió ella. Aldana le respondió sin rodeos: “Llegaste a tiempo porque estos son los niños que terminan con parálisis cerebral”. El 4 de abril de 2016, poco antes de cumplir los cinco meses, Jerónimo ya estaba en tratamiento Vojta, una terapia especializada de origen checo para desarrollar equilibrio, enderezamiento y movilidad corporal.

Adriana renunció a su trabajo y se empecinó en una sola cruzada: rehabilitar a Jerónimo. Con la fuerza sobrenatural de una madre sorteó los escollos de las rutinas, los tiempos y la plata que no alcanza en Bogotá y llevó a su hijo a terapia a todos los días, tres veces al día. Empezó a leer sobre esa enfermedad, la disminución en el tono muscular que produce en los niños, las ventajas del tratamiento Vojta; conoció otros casos, los dramas de algunas familias, y entendió la fragilidad del alma humana. Se volvió estricta con los tiempos y los horarios, y con paciencia fue viendo progresos. Cuando Jerónimo gateó. Cuando caminó por primera vez. Cuando correteó con otros niños. “Por cuenta de su alteración, el niño se retrasó en su proceso de desarrollo motor, por lo demás está perfecto”, relató Adriana. Hoy Jerónimo tiene 29 meses y el fantasma de su alteración cerebral es cosa del pasado. Adriana cumplió su promesa. Aunque todavía falta.

La historia de Pilar

A sus 42 años, el 27 de septiembre de 2016, Pilar Schmitt dio a luz a su segundo hijo: Martín. Como Jerónimo, nació en la clínica El Country. Y como Jerónimo, también por cesárea. El bebé pesó 3.140 gramos y midió 50 centímetros. Pilar tuvo un embarazo sin complicaciones. En ese momento todo era sonrisas para la exreina del Meta de 1996, su hija mayor, Sara Sofía, y su pareja, el empresario Camilo Casas. Muy pronto, sin embargo, una zozobra silenciosa se fue apoderando de Pilar. Mientras todos celebraban la buena nueva del recién llegado, ella comenzó a observar que el niño sufría de reflujo en exceso, que volteaba involuntariamente el brazo izquierdo, que su cuerpo solía recostarse hacia ese lado y que los músculos de la cara eran muy rígidos. Además tenía un cachete medio caído. Su desazón fue aumentando con los días, pero no se atrevió a arruinar la fiesta hasta que algún médico le confirmara que algo estaba mal. Los pediatras no veían nada raro en Martín.

Capoteando esos azares estaba cuando se cruzó con Adriana en ese restaurante de Villa de Leyva el 3 de enero del año pasado. “Yo veía que ella me miraba. Pensé que era por la televisión y que me iba a decir algo así como: ‘Te ves más gorda en la pantalla’, pero ella me salió con esa historia tan dura sobre Jerónimo. Mientras me contaba todo eso yo cargaba a Martín. Su diagnóstico sobre mi hijo me derrumbó. Me dijo qué tenía el niño, anticipó lo que me iban a decir los pediatras cuando lo llevara a consulta una vez regresara a Bogotá y hasta me dio el contacto del doctor Francisco Aldana. ‘Allá vas a terminar llegando’, vaticinó. Y así fue. Apenas terminó de contarme su historia, le di toda la razón. Yo sabía que algo le pasaba a Martín. Así que tomé sus datos personales, regresé a mi mesa y me largué a llorar”, le narró Pilar Schmitt a este diario. Menos de una semana después, tres pediatras distintos ya habían examinado a Martín.

Las primeras valoraciones refirieron que tenía debilidad en los músculos. Pilar y Camilo entraron en un carrusel de angustias hasta que el doctor Aldana los sacó del purgatorio cuando les dijo que habían llegado a tiempo. Empezaron la terapia Vojta. A nadie le contaron su viacrucis personal. Se aferraron a ellos mismos y a unos cuantos amigos para sortear la borrasca. Aldana les recomendó una terapeuta especializada, Estela Parra (sólo hay 20 en Colombia que están certificados en Vojta). Después de ver a Martín en su consultorio, Parra les dijo: “El bebé está en el momento perfecto para corregir esa alteración”. A Pilar le volvió el alma a cuerpo. Como Adriana con Jerónimo, Pilar y su esposo se dedicaron religiosamente a recuperar a Martín. Al mes comenzaron a notar avances. Pero la intranquilidad por la suerte de su hijo —¿lograría superar sus problemas de desarrollo?— no les dejaba pegar el ojo en la noche. Vigilias muy largas tuvieron en casa.

En febrero de 2017, ya con Martín diagnosticado y en terapia, Pilar llamó a Adriana para agradecerle ese encuentro a quemarropa en Villa de Leyva que le salvó la vida a Martín. Lo hizo como sólo puede hacerlo una madre eternamente en deuda con una desconocida que, a partir de ese día, se volvió como una hermana. Desde entonces se chatean todo el tiempo, alegrándose en cada orilla por los avances de Jerónimo y Martín, o dándose fuerza cuando tocaba porque había algún retroceso. A pesar de esa hermandad florecida, Adriana y Pilar sólo volvieron a verse hace un par de semanas, durante la entrevista con El Espectador. El encuentro se dio en la casa de Pilar Schmitt. Allí recordaron al tiempo, mientras apuraban un café, sus periplos angustiosos, los exámenes que iban y venían, los nombres de los pediatras que jamás notaron que algo andaba mal con sus hijos y, por supuesto, la alegría que les produjo el tratamiento planteado por el neuropediatra Francisco Aldana.

Mientras las vidas de ellas volvían a cruzarse, Martín y Jerónimo jugaban de un lado a otro de la casa. Camilo, el esposo de Pilar, los vigilaba a prudente distancia. “La evolución de Martín ha sido fenomenal. El doctor Aldana nos dijo en enero pasado que el niño estaba prácticamente nivelado en su desarrollo motor y que neurológicamente estaba fuera de cualquier peligro. En el tema físico le falta todavía más fuerza en la pelvis para mantener el equilibrio y caminar, pero el mes pasado dio sus primeros pasos”, manifestó Camilo Casas. Martín tiene 18 meses y una sonrisa contagiosa. Jerónimo, 29 y una energía inagotable. La terapia constante y la devoción sin tregua de sus padres los sacaron del pantano y, muy posiblemente, de una parálisis cerebral si no hubieran sido diagnosticados a tiempo. Durante el último año, Pilar Schmitt sonrió en múltiples entrevistas de trabajo, frente a las cámaras de Noticias Caracol. Pero muy pocos sabían de su drama.

Fue tan sólo cuando Martín gateó, hace pocos meses, que su corazón empezó a reconciliarse con la vida. “La procesión va por dentro, como el payaso que debe hacer reír, pero que nadie sabe cómo está. Mi esposo fue clave en todo este proceso. Mientras yo iba al canal a poner mi mejor cara, él se iba a hacerle todos los días la terapia a Martín. Todavía lo hace”, contó Pilar en tono dulce. Adriana la escuchó con atención del otro lado de la sala y añadió: “Escribí mi historia en Wikimujeres —un grupo cerrado de Facebook donde las mujeres comparten sus problemas y experiencias— y me di cuenta de que muchas sufrieron lo mismo que yo porque sus médicos no tuvieron la suficiente atención para percatarse de que algo andaba mal con sus hijos. Cuando estoy en un parque miro fijamente a los niños y me he dado cuenta de que muchos tienen problemas. He ayudado a muchas mamás. Y he aprendido, sobre todo, a celebrar cada pequeño avance en la evolución de Jerónimo”.

Este tipo de lesiones en los bebés, muchas veces provocadas por falta de oxígeno en el neonato, son más comunes de lo que se cree y, si se tratan a tiempo, según expertos consultados, los resultados son bastante buenos para el desarrollo de los niños. Pilar y Adriana se animaron a contar su historia porque están convencidas de que otras mamás, ahora mismo, aquí o en Cafarnaún, están siendo desoídas por sus parejas o sus médicos, quienes muy seguramente, como les pasó a ellas mismas, les habrán dicho ya —o estarán a punto de hacerlo— que sus pálpitos angustiosos respecto de sus bebés no son más que alharaca sin fundamento. Que no quede duda alguna: el instinto de una madre nos ha salvado —y nos salvará— una y mil veces. A ver si les hacemos caso de una buena vez. Entretanto, Jerónimo y Martín quedaron de jugar la próxima semana en el parque.

¿Qué es la terapia Vojta?

Se debe a la investigación del neuropediatra Václav Vojta, nacido en República Checa en 1917 y  fallecido en el  2000. Es un método de fisioterapia y estimulación que activa los reflejos en el sistema nervioso central. En diálogo con El Espectador, Ana Milena Jiménez, directora del centro de Rehabilitación Integral Infantil Especializado (RIIE), en Bogotá, señaló que estas alteraciones de la coordinación central de los niños son  comunes. “El 70% de los que tenemos en rehabilitación presentan este tipo de condición, que está asociada a la hipoxia neonatal (falta de oxígeno del recién nacido). Cuando eso ocurre puede afectar el desarrollo motor, cognitivo y de lenguaje, pero cada caso es particular”.

 

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