La nueva normalidad

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Por: Julián A. Fernández Niño.* 

Todos hablan de ella, pero nadie sabe lo que es. La nueva normalidad parece una promesa o una amenaza, según el tono y quién la anuncie. La crisis dada por COVID-19 ha despertado el profeta que parece que algunos tienen dentro. Unos anuncian un nuevo orden basado en valores y principios de respeto a la naturaleza y sostenibilidad, otros menos optimistas, creen que la pandemia nos llevará a profundizar las desigualdades o a un mayor control de la información y las libertades por parte de los Estados. 

Unos y otros parecen de acuerdo que la vida será distinta, y es probable que tengan razón, lo que no podemos esperar es que se decida tan fácilmente que será así y de qué modo. La vida de la humanidad no se puede diseñar de arriba-abajo, mucho menos en semanas, mucho menos en medio de una crisis. 

Los que hablan de que tenemos que aprender a vivir de otra manera, lo hacen como si la Historia, la cultura y la impronta biológica no nos moviera a querer recuperar todas aquellas formas de vivir e interactuar que nos han hecho y nos hacen los humanos que somos hoy. El anhelo por la vida anterior es algo que no puede desaparecer, seguiremos deseando recuperar eso que somos, aún cuando nadie puede ocultar del mundo sus vergüenzas, la vida en sociedad, la mezcla física que la constituye es inmensamente rica para dejarla a un lado.  

Es también humano resistirse, por ejemplo, a perder el baile, el contacto físico de los carnavales, el frenesí del otro que, aunque algunos no experimentamos tan intensamente, podemos entender, el afecto animal, el contacto como modo cultural de acercarse a los demás. Desde que el primero ancestro le dio la mano al otro para darle confianza que no lo iba a matar. Desde que el beso dejo de ser un acicalamiento como en otros animales, y llego a tener tantos significados. Desde que las personas han bailado para celebrar la lluvia, los dioses, o sencillamente su propia felicidad. El propio amor, en todas sus formas, es intensamente físico

Ciertamente, no es una opción ahora, el virus nos lo impone. No dudo que tenemos que distanciarnos, pero es una renuncia temporal, quizás muy larga para muchos. Pero no pretendamos que la humanidad se pueda transformar de un día a otro, ni qué no van a luchar después por recuperar eso que hace que la vida sea valiosa y digna de ser vivida.  

Ninguna transformación cultural se puede decretar ni imponer. Son las personas, no los planes de sus líderes o sus expertos los que determinan el modo de vivir, y esa misma humanidad se ha resistido a ser extinguida en las guerras, las cárceles o los campos de concentración, y encontrará también esta vez, nuevas maneras de resistir y de existir. 

No son sólo vidas humanas las que tenemos que salvar, es la vida, como una forma de existencia, lo que deberíamos proteger. Paradójicamente, es en la incertidumbre, en ese no saber nadie que sucederá, donde descansa la esperanza de que dentro de tantas cosas que podrían ser peores, la vida encuentre su destino de emerger, y de reclamarse a sí misma, como lo ha hecho tantas veces. 

*Médico, Doctor en Epidemiología. Profesor, Divulgador científico, Departamento de Salud Pública, Universidad del Norte.@JFernandeznino

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