Pandemia

Una anomalía por explicar: ¿Por qué China reporta tan pocos casos de coronavirus?

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¿Cómo explicar que China, donde irrumpió la epidemia y el virus se extendió en silencio por más de tres meses, apenas reporte 92.483 casos, una cuarta parte de los de Bogotá? Diversos estudios y reportajes periodísticos a lo largo de estos meses demuestran que las cifras iniciales son poco confiables.

China se ha autoperfilado como un país hipereficiente en el control de la pandemia. Construyeron hospitales enteros en pocas horas, dejando boquiabierto a medio mundo. Realizan millones de test para detectar al coronavirus donde sea que pretenda esconderse, mientras otros países pasan afugias poniendo a marchar un buen laboratorio. Han regalado material de protección médica a quienes lo necesitan. El desarrollo de una vacuna marcha al ritmo de los grandes laboratorios del mundo. En agosto circularon fotos de miles de personas apiñadas, hombro con hombro y sin mascarillas, disfrutando de un festival de música electrónica en el Parque Acuático Maya Beach, en Wuhan. China hoy es prácticamente una isla de 1.400 millones de habitantes en un mundo repleto de COVID-19.

En las bases de datos que registran el comportamiento de la pandemia, China aparece muy abajo en los listados, en el puesto 66, con apenas 92.483 casos confirmados y 4.742 muertes. Países pequeños como Panamá, Líbano y Portugal la superan, mientras naciones con índices de desarrollo humano muy alto, como Alemania, Dinamarca o Noruega, siguen sufriendo los embates del esquivo virus.

¿Es posible creer en sus números? Diversas investigaciones y reportajes periodísticos publicados a lo largo de este año le dan consistencia a una duda razonable sobre la confiabilidad de esos reportes y muchas otras preguntas emergen sin respuestas claras.

¿Cuándo apareció realmente el virus?

Oficialmente, el gobierno chino le informó a la Organización Mundial de la Salud sobre la aparición de un nuevo virus respiratorio el 31 de diciembre de 2019. El primer caso identificado oficialmente ocurrió el 8 de diciembre. Es normal que en cualquier epidemia exista un intervalo entre el verdadero momento en que un virus salta de un animal a los humanos y el momento en que es detectado. No es algo que se le pueda achacar a un gobierno.

En el caso del VIH, por ejemplo, los primeros casos se identificaron en 1980 en Estados Unidos. Por años se habló del paciente 0, refiriéndose a Gaëtan Dugas, un asistente de vuelo que habría esparcido el virus por Norteamérica luego de tener más de 2.500 parejas sexuales. Con el paso de los años se pudo demostrar que lo más probable es que el VIH saltara de los chimpancés a los humanos cerca del año 1908, en el sudeste de Camerún, y claramente Dugas no fue el paciente 0.

En el caso del coronavirus SARS-CoV-2, las herramientas genéticas llevaron a Jonathan Pekar, de la U. de California y a sus colaboradores, a estimar que en realidad pudo comenzar a circular entre mediados de octubre y mediados de noviembre de 2019 en la provincia de Hubei. Para hacer este cálculo combinaron datos epidemiológicos con datos de la tasa de mutación del virus.

El dato que aportan Pekar y su grupo es importante porque ofrece una mejor perspectiva de la ventana de tiempo que tuvo el virus para circular libremente desde Wuhan a otros rincones de China y el planeta entero: entre tres y cuatro meses. La restricciones al transporte en Wuhan solo impusieron desde el 23 de enero y el 10 de febrero la ciudad entró en una cuarentena total por 76 días.

Una discrepancia abismal

En abril, la revista Time puso el dedo sobre la llaga. En un reportaje firmado por Charlie Campbell, su corresponsal en Shanghái, y Amy Gunia, en Hong Kong, advertían dos problemas. Uno: los chinos habían cambiado por octava vez la definición de lo que constituye una infección por COVID-19 en las estadísticas oficiales. “Si la quinta versión de la definición de caso se hubiera aplicado durante todo el brote, estimamos que para el 20 de febrero habría 232.000 casos confirmados”, escribieron citando un estudio de investigadores de la U. de Hong Kong. En esa fecha el gobierno chino había reportado apenas 75.000 casos.

Dos: datos no oficiales de siete funerarias en Wuhan apuntaban a que habían entregando 500 urnas funerarias con los restos de pacientes sospechosos de COVID-19 diariamente durante doce días, desde el 23 de marzo hasta el 5 de abril, lo que indicaría hasta 42.000 urnas en total. Ninguna de las funerarias en Wuhan contactadas por Time quiso comentar sobre la situación y la veracidad de la información quedó en un limbo.

Pero Mai He, de la Escuela de Medicina en la U. de Washington, junto a otros científicos, combinaron fuentes de datos oficiales y no oficiales de China, incluyendo reportes de crematorios, para estimar que hacia el 7 de febrero de 2020 en Wuhan podrían haberse dado entre “305.000 a 1’272.000 infecciones y de 6.811 a 7.223 muertes por COVID-19”. Es decir, al menos diez veces las cifras oficiales de ese momento.

“La magnitud de la discrepancia entre nuestras estimaciones y las cifras oficiales chinas a principios de febrero sugiere la necesidad de revaluar las estadísticas oficiales de China y considerar todas las fuentes de datos disponibles y razonables para una mejor comprensión de la pandemia de COVID-19”, anotaron en el trabajo publicado el 16 de junio.

El 17 de junio los reporteros de Al Jazeera compartieron los resultados de un experimento indirecto en el que sometieron a prueba la veracidad de las cifras de coronavirus en el mundo. “Las cifras de infección de la OMS se basan en los informes de sus Estados miembros. La OMS no puede verificar estos números”, explicaba Michael Meyer-Resende, director ejecutivo de Democracy Reporting International. Así que para probar la teoría de Meyer-Resende, de que menos transparencia gubernamental equivale a datos de casos de COVID-19 menos transparentes, utilizaron el Índice de Percepción de la Corrupción, de Transparencia Internacional, y el Índice de Democracia, de la Unidad de Inteligencia de The Economist.

Dinamarca, con una población de aproximadamente seis millones, está clasificada entre los diez países más transparentes y democráticos. El país informó el 1° de mayo que tenía 9.158 casos confirmados de COVID-19, una proporción de 1.581 casos confirmados por millón. Eso fue más del triple del promedio mundial para ese día: 412 casos por millón de personas, según los datos disponibles. Mientras tanto, Turkmenistán, un habitual en el sótano de los índices de gobernanza y corrupción, sostiene que ninguno de sus aproximadamente seis millones de ciudadanos ha sido infectado con COVID-19, a pesar de que limita y tiene un comercio extenso con Irán, un epicentro regional de la pandemia.

Meyer-Resende destacó el caso de China. “El gobierno chino dijo durante un tiempo que no tenía casos nuevos. Esa es una declaración muy poderosa. Hemos resuelto el problema, dicen. Excepto que no fue así. Habían cambiado la forma de contar los casos”.

Triangulando pruebas

Uno de los trabajos más interesantes para entender el grado de correspondencia entre los datos reportados por autoridades sanitarias y el verdadero avance de la pandemia lo aportó Zhanwei Du, de la U. de Texas, y un grupo de colaboradores quienes, como buenos detectives, decidieron recuperar muestras tomadas a pacientes con síntomas de influenza en Wuhan (China) y Seattle (Estados Unidos). ¿La razón? Los primeros casos de coronavirus debieron ser confundidos con otras enfermedades por los médicos, principalmente, con neumonías por virus de influenza.

Las muestras en el caso de Wuhan fueron tomadas de dos de los 400 hospitales que operan en la ciudad, el Children’s Hospital of Wuhan (el centro de atención médica pediátrica más grande de Wuhan) y el hospital número uno de Wuhan, con más de 3.000 camas y dos millones de visitas ambulatorias anuales.

La principal conclusión de su trabajo fue que “la propagación de COVID-19 en Wuhan y Seattle fue mucho más extensa de lo que se informó inicialmente. Es probable que el virus se haya propagado durante meses en Wuhan antes del cierre”. En vez de los 422 casos oficiales reportados para el 23 de enero, el estudio estimó que la verdadera cifra podía rondar los 12.939 o 22.939 adultos mayores de treinta años con infección sintomática.

¿A dónde viajó el virus?

El 23 de enero de 2020, China suspendió los viajes desde y hacia Wuhan. El 30 de enero amplió el radio para incluir 16 ciudades, con una población de 45 millones de personas. Sin embargo, en ese momento China ya llevaba dos semanas celebrando el Festival de Primavera, que se extiende por cuarenta días. Es una celebración que cambia por completo la dinámica de movilidad: Se calcula que al menos 4,3 millones de personas viajaron fuera de la ciudad entre el 11 de enero y la implementación de la prohibición el 23 de enero.

El mismo grupo de Zhanwei Du, de la U. de Texas, hizo las siguientes cuentas: para el día 23 de enero, cuando se cerraron las fronteras de Wuhan, un 8,95 % de los infectados podrían haber tenido síntomas de COVID-19 y el resto serían casos silenciosos.

Según sus cuentas: 130 ciudades en China tenían una probabilidad mayor al 50% de tener un caso de COVID-19 importado de Wuhan en las 3 semanas anteriores a la cuarentena. Para el 26 de enero, un total de 107 de estas 130 ciudades de alto riesgo habían reportado casos. Sin embargo, 23 no lo habían hecho, incluidas 5 ciudades con probabilidades de importación mayor al 99% y poblaciones mayor a  2 millones: Bazhong, Fushun, Laibin, Ziyang y Chuxiong. Otras 190 ciudades se encontraba por debajo del umbral del 50% para la importación, lo cual no significa que no los hubieran recibido.

Ruiyun Li, del Imperial College, junto a colegas de la U. de Columbia, U. California y la U. de Hong Kong, publicaron en mayo otro análisis similar en el que simulaban la dinámica de infecciones entre 375 ciudades chinas a partir de datos epidemiológicos combinados con datos de movilidad durante el festival de Chunyun. Estimaron en 13,118 las nuevas infecciones por COVID-19 (documentadas e indocumentadas) durante el periodo del 10 al 23 de enero en la ciudad de Wuhan.

“En general, nuestros hallazgos indican que una gran proporción de las infecciones por COVID-19 estaban indocumentadas (86%) antes de la implementación de las restricciones de viaje y otras medidas de control intensificadas en China el 23 de enero y que una gran proporción de la fuerza total de infección fue mediada por estas infecciones indocumentadas”. Esos casos indocumentados eran un 55% tan contagiosas como las documentadas.

“Esta alta proporción de infecciones indocumentadas, muchas de las cuales probablemente no fueron muy sintomáticas, parece haber facilitado la rápida propagación del virus por toda China”.

Ese mismo primero de mayo, el investigador Moritz U. G. Kraemer de la U. de Oxford, con la participación de expertos en Estados Unidos, Francia y China, publicaron en Science un artículo titulado: “El efecto de la movilidad humana y las medidas de control sobre la epidemia de COVID-19 en China”.  A partir de datos de movilidad en tiempo real, historiales de viajes informado y datos epidemiológicos, calcularon la contribución de la epidemia en Wuhan a la siembra de epidemias en otras partes de China. “Los casos exportados desde Wuhan antes del cordón sanitario parecen haber contribuido a iniciar cadenas locales de transmisión, tanto en provincias vecinas (por ejemplo, Henan) como en provincias más distantes (por ejemplo, Guangdong y Zhejiang)”.

Para responder a esta contingencia, el gobierno chino ordenó a todas las ciudades implementar el cierre de escuelas, el aislamiento de pacientes sospechosos y confirmados, además de la divulgación de información. Se prohibieron las reuniones públicas y se cerraron los lugares de entretenimiento en 220 ciudades (64,3%). El transporte público intramunicipal se suspendió en 136 ciudades (39,7%) y los viajes interurbanos fueron prohibidos en 219 ciudades (64,0%). Las tres medidas se aplicaron en 136 ciudades.

En concordancia con esa dispersión del virus a territorios lejanos de Wuhan está el testimonio de el investigador Yuen Kwok-yung, de la Universidad de Hong Kong, quien aseguró ante la BBC haber alertado al gobierno el 12 de enero de la sospecha de la transmisión humana del SARS-CoV-2, a mas 1.100 kilómetros de Wuhan. Yuen, famoso por haber ayudado a identificar un brote de síndrome respiratorio agudo grave,SARS, en 2002, diagnosticó a una familia de siete integrantes que tenía el nuevo coronavirus en Shenzhen.

Otro manto de duda: la censura en redes sociales

Otra pista interesante sobre la verdadera relación del gobierno Chino con los datos la aportaron grupos de periodistas y analistas de redes sociales. En mayo, la revista Wired publicó un interesante reportaje firmado por el periodista Shawn Yuan que reconstruye varios ejemplos de censura sobre noticias de lo que estaba pasando y la dimensión del problema en Wuhan y en China. Comienza con el relato de Yue, quien antes de dormir vio en su cuenta de WeChat Moments, el equivalente a las noticias de Facebook: “Nunca pensé en mi vida ver cadáveres tirados sin ser recogidos y pacientes que buscan ayuda médica pero no tienen un lugar para recibir tratamiento “. El mensaje había sido escrito por Xiao Hui, una periodista amiga suya que informaba desde Wuhan para Caixin, un destacado medio de comunicación chino.

El mensaje terminaba diciendo: “El 22 de enero, en mi segundo día informando en Wuhan, supe que esto era el Chernóbil de China. En estos días, rara vez contesto llamadas telefónicas desde fuera de Wuhan o hablo con amigos y familiares, porque nada puede expresar lo que he visto aquí”.

Yue tomó una captura de pantalla de la publicación y la publicó en sus WeChat Moments: “¡Mira lo que está pasando en Wuhan!”, escribió. Para su sorpresa, al día siguiente su cuenta había sido suspendida por haber “difundido rumores maliciosos”.

El periodista se dio a la tarea, durante dos meses y medio, de realizar capturas de pantalla de artículos relevantes sobre el coronavirus en portales, blogs y redes sociales de China. En total, recopiló casi cien publicaciones en línea censuradas: cuarenta publicadas por las principales organizaciones de noticias y cerca de sesenta por usuarios comunes de redes sociales.

Dos tipos principales de contenido fueron eliminados por los censores: investigaciones periodísticas sobre cómo comenzó la epidemia, que se mantuvo en secreto a fines de 2019, y relatos del caos y el sufrimiento en Wuhan en los primeros días. “China se ha posicionado como líder mundial en la lucha contra la pandemia del coronavirus. Ha promovido enérgicamente la narrativa de que sus medidas de cuarentena sin precedentes le dieron tiempo al mundo, y que gran parte del mundo luego echó a perder y desperdició esa ventaja. Ahora, cuenta la historia, China ha vuelto al rescate al compartir sus conocimientos, experiencia y equipo”, reflexionaba Yuan.

Uno de esos artículos publicado el 4 de febrero por China Business Journal, se tituló “Tenías que hacer cola para entrar en las funerarias” e informaba que los crematorios de Wuhan estaban tan sobrecargados que los cadáveres se dejaban en las morgues de los hospitales, a veces durante días. Este artículo fue eliminado.

Otro del 20 de febrero, titulado “¿Quién miente? publicado en un periódico local recopilaba el testimonio de un médico que aseguraba que cerca de 300 trabajadores médicos se habían infectado en su hospital, pero la gerencia había prohibido al personal decir o publicar algo “sensible”.

Otros artículos que fueron desaparecidos tenían los siguientes titulares: “Sin camas de hospital, familia de cinco infectados”; “Voces de los médicos de primera línea”; “Más de 160 hospitales recurren al público en busca de ayuda, ¿por qué las reservas de suministros médicos son insuficientes?” Titulares mucho más parecidos a los que leímos todos en el resto del mundo.

El reportaje también reseña que tras la muerte por Covid-19 del médico de Wuhan Li Wenliang, quien se atrevió a denunciar lo que ocurría a pesar de la censura se desató una oleada de dolor colectivo en las redes sociales chinas que, sin embargo, “fue rápidamente apagada, publicación por publicación, minuto a minuto”. En el lapso de un cuarto de hora desde las 23:16 hasta alrededor de las 23:30, figuraban más de 20 millones de búsquedas de información sobre la muerte de Li Wenliang pero se redujeron a menos de 2 millones, según un medio con sede en Hong Kong The Initium. El tema #DrLiWenLiangDied se arrastró desde el número 3 en la lista de temas de tendencia al número 7 en aproximadamente el mismo período de tiempo.

Darren Long, director creativo del South China Morning Post, un periódico en inglés con sede en Hong Kong, se refirió a los datos del gobierno chino con escepticismo en una publicación del Comité para Protección de Periodistas:  Dijo que los datos oficiales han sido “engañosos”. Por ejemplo, su equipo sabía que el gobierno no incluyó casos asintomáticos en el recuento total de casos hasta el 1 de abril, pero no sabía si el gobierno contaba a las víctimas con afecciones subyacentes como muertes por COVID-19.

Citizen Lab, iniciativa de la U. de Toronto, ahondó en este problema de censura. “Mientras los médicos intentaban dar la alarma sobre la rápida propagación de la enfermedad, la información sobre la epidemia estaba siendo censurada en las redes sociales chinas”, escribieron los autores del reporte.

A partir del 31 de diciembre de 2019, cuando la Comisión de Salud Municipal de Wuhan emitió su primer aviso público sobre la enfermedad, los tres investigadores encontraron que las palabras clave como “neumonía de Wuhan desconocida” y “mercado de mariscos de Wuhan” comenzaron a aparecer censuradas en YY, plataforma china de comunicación.

También demostraron que entre enero y febrero de 2020, a medida que se extendía el brote, se censuró una amplia variedad de contenido relacionado con COVID-19 en WeChat (la aplicación de chat más popular de China, con más de mil millones de usuarios activos mensuales).

Una de las técnicas que usaron para descubrir combinaciones de palabras clave censuradas en WeChat, consistió en escribir mensajes en grupos de WeChat usando tres cuentas de prueba: una registrada en un número de teléfono de China continental y dos registradas en números de teléfono canadienses (ninguna de estas las cuentas estaban vinculadas a usuarios reales). A través de repetidas pruebas iban identificando las palabras censuradas que no aparecían en el chat del número registrado en China.

En total, en la red YY identificaron 45 palabras claves censuradas relacionadas con el brote de COVID-19. “Nuestros resultados muestran que al menos una plataforma de redes sociales china comenzó a bloquear el contenido de COVID-19 tres semanas antes del anuncio oficial sobre el brote, lo que sugiere fuertemente que las empresas de redes sociales fueron presionadas por el gobierno para censurar información en las primeras etapas del brote”.

En cuanto a WeChat, del 1° de enero al 15 de febrero de 2020, el grupo Citizen Lab configuró una lista de 516 combinaciones de palabras claves relacionadas con COVID-19 que fueron censuradas.

“Nuestros hallazgos muestran que la información sobre COVID-19 está siendo estrictamente controlada en las redes sociales chinas. La censura del contenido de COVID-19 comenzó en las primeras etapas del brote y continuó expandiéndose, bloqueando una amplia gama de discursos, desde críticas al gobierno hasta hechos e información oficialmente sancionados”, concluyeron.

Hacia esa misma fecha en un artículo titulado “Cuando los números no cuadran en China”, la revista Foreign Policy compartió un análisis de Arunabh Ghosh, quien examinó la historia de las estadísticas en China en un trabajo titulado Making It Count, publicado por Princeton University Press.

Aunabh tiene un punto de vista interesante: “El Estado autoritario se ve a sí mismo como basado en hechos. En comparación con otras sociedades cerradas, lo es: Beijing no niega el cambio climático y trabaja activamente para combatirlo, por ejemplo, y los funcionarios aparentemente dependen de los datos para formular políticas. En la práctica, la censura y la propaganda enturbian lo que saben, con todo, desde cifras oficiales del producto interno bruto hasta la población sospechosa del país... China lidia con la tensión adicional entre los líderes, que quieren acceder a la mayor cantidad de información posible mientras mantienen esa información fuera del alcance del público en general, y los funcionarios subordinados, que están decididos a modificar las cifras para su ventaja”.

¿Hasta qué punto la información proveniente de China continúa siendo manipulada después de esos meses iniciales? ¿Hasta qué punto la distorsión de esa información inicial llevó a otros países a tomar decisiones equivocadas? Es difícil saberlo por ahora.

Macarena Vidal, corresponsal en China del diario El País, de España, dice que la vida ha vuelto a la normalidad: “Si hubiera brotes grandes o mayor número de enfermos de lo usual, sería muy difícil que no se supiera. A pesar de cierto grado de censura, la gente encuentra siempre la forma de hacer circular información en redes sociales. Además, con todos los corresponsales de medios de todo el mundo, aquí se habría notado de alguna manera”.

Hace apenas unas semanas, el 8 de octubre, en un artículo en la revista The Lancet, Talha Burki intentó enumerar los factores que explicarían el éxito de China donde todos los demás fracasaron. Según Burki, es una población que sabía actuar por casos previos de epidemias, con tan solo 3 % de ancianos en ancianatos, un sistema centralizado de respuesta a epidemias, la velocidad de su respuesta, el estricto bloqueo sobre Wuhan, una alta capacidad de producción de batas clínicas y máscaras quirúrgicas, una red de hospitales de Fangcang que tenía 13.000 camas.

* Colaboraron con la búsqueda de información: Andrés Vecino y Camilo Solano.

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