El 78 % de las víctimas guardan silencio

Lo que aprendimos escuchando a las víctimas de abuso sexual

Como parte de la campaña #HablemosDeLasNiñas, durante tres meses conversamos con todo tipo de mujeres que sufrieron abusos durante su infancia. Como cierre del ejercicio, este texto contiene pistas esenciales para comprender la problemática.

7.291 niñas fueron abusadas por familiares (en el 48 % de los casos). Ilustración de Paulina Escobar

Llevaba días dándole vueltas a cómo escribir este relato, pero cuando escuché la historia de Pilar, supe que el silencio no podía ser una opción.

Cuando tenía siete años mi abuelo abusó de mí. Tal como Pilar, nací y crecí en Medellín. Y, también como ella, durante un tiempo, me negué a reconocer mis propias heridas. “Él nunca me penetró”, me decía a mi misma como lo hacía ella. Ambas nos alejábamos de esa realidad como también lo hacían nuestras familias.

En mi caso, no mi mamá, con quien conté desde el principio, ni mi papá, a quien la decepción lo derrumbó; pero sí mis tías, tíos, primas y primos, a quienes amo y al tiempo reprocho por su silencio y complicidad, y a quienes ahora también puedo entender.

De ese episodio, recuerdo que yo misma calmé el desconsuelo de mi madre diciéndole: “Mamá, mi abuelito no me hizo nada”, aunque sus manos en mi cuerpo no fueron precisamente una caricia deseada. Es por ese recuerdo –y después de escuchar durante los últimos tres meses decenas de testimonios de mujeres que como yo fueron abusadas cuando niñas– que comprendí que es preciso reflexionar y exponer el problema, incluso mi propia fragilidad.

A cuestas, las mujeres llevamos una carga histórica que nos ha impedido detener los abusos a los que desde niñas hemos sido sometidas. No se trata de culparnos, sino de cuestionar a la sociedad de la condescendencia, la misma que nos violenta a diario.

Por eso llegué a Mutante. Una idea de un par de hombres que, cuestionando su masculinidad, se propusieron activar una conversación social en torno a la violencia sexual contra las niñas en Colombia por medio de las nuevas narrativas digitales, el activismo y la investigación periodística. Ellos, naturalmente, poco entendían de las heridas que una mujer carga desde su infancia, pero quizá sí de las violencias que los hombres ejercen contra nosotras. Así que nos unimos para darle forma a esta intuición conjunta que hoy entendemos como una urgencia colectiva.

Soy periodista, y desde este oficio me he dedicado a contar historias de nuestro conflicto armado. Pero esta vez me enfrento a la historia más difícil de contar: la mía, entrelazada con la de tantas mujeres cuyos miedos, culpas, vergüenzas, iras y rencores atraviesan mi propio cuerpo.

Desde hace meses, junto a María Claudia, mi compañera, escuchamos los relatos de decenas de mujeres que fueron abusadas en su infancia. Ella hizo el trabajo más duro: escuchó a la mayoría. Tras el lanzamiento oficial de nuestra conversación #HablemosDeLasNiñas, el pasado 8 de octubre, son incontables las víctimas y sobrevivientes que nos contactan agradeciendo poder compartir sus historias.

Estamos seguras de que este experimento tocó un nervio sensible y soterrado. Y que así como hay cientos de niñas siendo abusadas en estos momentos en Colombia, hay otras miles de mujeres que aún necesitamos procesar lo que vivimos.

–Elizabeth Otálvaro–

Somos educadas para normalizar el daño

Cuando arrancamos este ejercicio, empezamos a coquetear con lo que en las aulas nos impidieron: un periodismo activista. Nos acercamos al feminismo teniendo los relatos de estas mujeres prendidos en la piel. Y como buenas primerizas, nos encontramos los textos de Chimamanda Ngozi.

Al leer Querida Ijeawele: Cómo educar en el feminismo, comprendí mi propia vergüenza. Asumo que si la escritora nigeriana, al pretender aconsejar a su amiga, escribió una carta que para mí fue una cachetada y al tiempo un abrazo, es porque hay algo de universal en la culpa que cargo.

“Enseñamos a las niñas a gustar, a ser buenas, a ser falsas. Y no enseñamos lo mismo a los niños. Es peligroso. Muchos depredadores sexuales se han aprovechado de este hecho. Muchas niñas callan cuando abusan de ellas porque quieren agradar. [...] Muchas niñas piensan en los sentimientos de quienes las agreden. Es la consecuencia catastrófica de la obligación de gustar”, escribe Chimamanda.

No quiero decir que las mujeres que hemos sufrido algún abuso seamos culpables, pero sí que vivimos en una sociedad que ha diseñado los mecanismos perfectos para perpetrar las violencias de las que somos víctimas.

Ilustración de Paulina Escobar

El abusador sabe cómo juega sus cartas

Escuchando a las víctimas, empezamos a detectar patrones repetitivos en las historias. Por ejemplo, aprendimos que un abuso se parece bastante a un juego de seducción. Casi siempre, el abusador planea y ejecuta un plan minucioso para ganar ventaja y para eso se vale de la confianza y el cariño.

Hace seis meses, Pilar recordó que su tío abusó de ella cuando tenía cuatro años. El recuerdo llegó cuando un hombre se masturbó a su lado en el metro de Medellín.

De niña, su tío la involucró en juegos sexuales que eclipsaron casi el resto de sus recuerdos de infancia. De lo poco que le dejó la memoria, afirma que nada ocurrió a la fuerza. “Cuando intentó penetrarme, yo recuerdo muy bien que le dije: ‘No, me da miedo’. El resto, lo había conseguido con mi consentimiento”, nos contó.

Cuando se trata de niñas, el abusador tiene a su favor la inocencia de su víctima e incluso su complicidad. A veces, y aunque nos genere escozor, también su admiración. “Yo no sabía lo que estaba pasando”, “él me dijo que era nuestro secreto”, “yo he hecho muchas cosas por ti, es momento de que tú las hagas por mí”, fueron algunas de las frases que se repitieron en los relatos.

El miedo es un aliado del abuso

Si la historia de Pilar me produjo náuseas, la de Sara me caló en lo más profundo. Su papá abusó de ella desde los nueve hasta los quince años. La violó casi a diario.

Durante esos años, Sara escuchó a su mamá varias veces exclamar que mataría al hombre que violara a sus hijas. Lo hacía, por lo general, cuando veía una noticia de abuso sexual en la televisión. Ella siempre pensó que lo decía en serio y por eso nunca le contó.

Cada niña tiene una razón distinta por la cual temer. La imaginación natural con la que viene la infancia, fácilmente, se puede volver contra uno.

Tu familia puede hacer la diferencia.

La primera semana que hicimos entrevistas escuchamos la historia de Juliana, una chica que fue drogada y violada por un compañero de clase en la excursión del colegio, presionado por sus amigos para que perdiera su virginidad. Duró tres meses sin poder enunciar lo qué pasó. Cuando lo hizo, su mamá le dijo: “Eso le pasa por borracha, de esto no se vuelve hablar”.

A mí, mis papás me creyeron y hasta hoy, al momento de leerles este texto, me abrazan para saber que puedo contar con ellos. Sin embargo, en su momento, del tema poco se habló en casa. Parecía que mi personalidad no se había alterado y eso hizo que al resto de mi familia no le interesara mucho cómo me sentía o qué tenía para decir sobre mi abuelo.

Ilustración de Paulina Escobar

No es fácil apoyar a una niña o a una mujer que denuncia

Hay un dispositivo extraño en muchas personas que las lleva a reaccionar negativamente al contacto con la denuncia de una víctima. Hay rabia, sospecha, vergüenza. En muchos casos, esta reacción es colectiva y eso empeora la carga.

La mente sabe cómo protegerse

Muchas olvidamos como mecanismo de protección. Ese olvido selectivo hace más fácil vivir, y hace más difícil hablar. Pero se atasca como agua en un caño que luego enferma a toda una ciudad.

La sororidad puede levantarte

Como parte del ejercicio de cuestionar la violencia con la que el periodismo se acerca a las víctimas, y con el fin de crear un ambiente seguro para las mujeres, ofrecimos un taller de sanación y testimonio con las primeras que nos contactaron.

Su objetivo, a manera de metáfora, fue liberar a nuestra niña interior de las culpas y vergüenzas que nos impedían soltar la tristeza o frustración. Escuchar los relatos y dolores de doce mujeres distintas nos permitió entender que no estábamos solas, que en el reconocimiento de la otra habitaba la posibilidad de sanarnos.

Sara nos lo dijo de una manera fulminante: “Fue una oportunidad para la empatía”.

No estamos tomándonos con suficiente seriedad la reparación del daño

Numerosas mujeres nos contaron que nunca han ido a terapia; yo misma he subestimado esta posibilidad. Otras lo han hecho y nunca le han confesado a su terapeuta lo que les ocurrió. Muchas sufren de depresión, otras de ansiedad, algunas han intentado suicidarse.

Se habla para sanar

Nunca sentí lástima sino, al contrario, admiración por cada una de las mujeres que escuché. Pocas lloraron y, casi todas, comenzaron o terminaron su relato con el agradecimiento por sentirse escuchadas y respaldadas. Sentí sus testimonios sinceros y, sobre todo, desprovistos de deseos de culpar o de vengar. Motivados, más bien, por la urgencia de hablar de esto que parece que no queremos escuchar.

Las niñas nos necesitan

Este ejercicio fue una conversación entre mujeres adultas, pero lo hicimos en nombre de las niñas que fuimos y las que hoy se silencian en sus casas, barrios y escuelas. A ellas les dedicamos nuestra posibilidad de hablar y reconocernos libres de culpas. Aprendamos a escucharlas. A leer sus silencios, sus gestos. Enseñémosles a ser dueñas de su cuerpo, de sus límites y, sobre todo, a rechazar la obligación de callar lo que las incomoda.

¿Y los hombres?

Algunos feminismos dirán que el único lugar de los hombres en esta conversación es escuchar. Si bien es cierto que por mucho tiempo han tenido la palabra, seguimos preguntándonos quiénes son nuestros abusadores: abuelos, padres, tíos, amigos, hermanos. No hay un monstruo debajo de la cama. Hay un hombre construido bajo las mismas reglas que a nosotras nos impidieron hablar. Es el momento de nosotras. Por lo pronto, que continúe la conversación.

*Liderada por @MutanteOrg, #HablemosDeLasNiñas es la primera conversación social en torno al problema de la violencia sexual contra las niñas en Colombia. ¡Levanta la mano y participa!

Lea las otras tres entregas y #HablemosDeLasNiñas

- El costo de denunciar un agresor sexual

- En Colombia, la violencia sexual comienza por casa

-¿Voluntaria o forzada? La maternidad de las niñas colombianas

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Elizabeth Otálvaro y María Claudia Dávila

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Lo que aprendimos escuchando a las víctimas de abuso sexual

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