Cambios en etiquetas sería un grave error, dice la industria

Más de 5.000 productos de paquete, con exceso de azúcar, grasa o sal

Tras analizar la información nutricional de 6.708 de estos artículos en Colombia, un equipo de investigadores de las universidades Javeriana, Nacional y Carolina del Norte (EE. UU.), llegó a la conclusión de que más del 80 % tiene gran cantidad de nutrientes críticos. Sugieren cambiar el etiquetado.

El exceso de azúcar, la sal o grasa saturada está asociado con el incremento de enfermedades cardiovasculares. / Gettyimages

En uno de sus libros más populares, el periodista estadounidense Michael Pollan intentó explicar en un párrafo el motivo por el que los humanos siempre estamos cuestionándonos sobre nuestros alimentos. “La pregunta de qué comer nos acecha a todos los omnívoros”, apuntaba. “Cuando puedes comer prácticamente cualquier cosa que la naturaleza pone a tu disposición, es inevitable que la decisión acerca de qué es lo que deberías comer te provoque ansiedad”. Ese, decía, es “el dilema del omnívoro”, una frase que tomó prestada para titular las más de 500 páginas que el New York Times clasificó como una de las mejores publicaciones del 2006. (Leer Lactancia, un "negocio" que les quieren robar a las madres)

Pollan advertía algo obvio: con los años la industria de alimentos había identificado en ese dilema una gran oportunidad aprovechada con estrategias de marketing y múltiples sabores. “Nuestro desconcierto en el supermercado no es de ningún modo accidental”, escribía. A sus ojos, esa abundancia era —es— un desconcertante paisaje que nos ha obligado a “preocuparnos por el hecho de que alguno de esos apetitosos bocados pueda matarnos”. (Lea Presiones farmacéuticas, afán y mala suerte: así se cayó un artículo de medicamentos del PND)

A lo que se refería el escritor norteamericano era a la gran cantidad de ingredientes que componen los llamados alimentos ultraprocesados, un grupo que desde hace décadas inquieta a los nutricionistas y epidemiólogos. Exceso de azúcar, de sal (sodio), de grasas, de conservantes y edulcorantes hacen parte de la lista con la que los ingenieros hoy preparan víveres como sopas instantáneas, galletas, helados y salchichas.  (Lea “Somos similares a la industria farmacéutica”: empresa de cannabis medicinal)

Esa abundancia de productos y de ingredientes ha obligado al mundo médico a plantearse una pregunta que se repite con cada vez más frecuencia en Colombia: ¿los compradores pueden identificar el riesgo de esos componentes para su salud? ¿Pueden tomar decisiones con base en la información nutricional que tiene cada frasco o paquete? En palabras de Pollan, ¿sabemos qué estamos comiendo cuando vamos al supermercado?

Responder esos interrogantes es muy difícil, pero investigadores de las universidades Javeriana, Nacional, Carolina del Norte (EE. UU.) y de Washington (EE. UU.) acaban de presentar una investigación que ayuda a contestarlos y a resolver el complejo rompecabezas de la alimentación en Colombia. Publicado en la revista Nutrients, el estudio analizó la información nutricional de 6.708 artículos empaquetados vendidos en los principales almacenes de cadena de Bogotá.

Lo que hicieron Mercedes Mora, Luis Fernando Gómez, Donna Miles, Diana Parra y Lindsey Smith Taillie fue, con la ayuda de un equipo, tomar fotografías de los productos que tenían información nutricional en su empaque. Luego, digitalizaron esos datos para hacer un cálculo poco frecuente: determinaron si esos artículos tenían altos contenidos de “nutrientes críticos” como azúcares, grasas o sodio.

Para hacerlo compararon la información con dos populares modelos de etiquetado. Uno, creado por la Organización Panamericana de la Salud (OPS) y otro impuesto por el gobierno de Chile a sus productos. En términos muy simples, ambos calculan con diferentes métodos si algún producto tiene un alto contenido de esos nutrientes críticos.

Por ejemplo, para la OPS un chocolate o unas galletas tienen exceso de azúcares o de grasa saturada cuando cada una de estas equivalen al 10 % o más del total de calorías que aporta el producto. Si eso sucede, advierte esa organización, es un motivo para que esos artículos tengan en su etiqueta una advertencia clara que asegure al comprador que hay una “cantidad excesiva de grasas” o una “cantidad excesiva de azúcares”.

Como cuenta Mercedes Mora, nutricionista dietista y profesora de las universidades Javeriana y Nacional, lo que encontraron tras examinar los estantes de los almacenes los sorprendió: el 80,2 % de los productos empaquetados que se ofrecen en Bogotá tienen exceso de uno o más nutrientes críticos si se comparan con el modelo de la OPS. Si lo hacen con el chileno, ese porcentaje es del 66,4 %. En palabras de Mora, eso muestra que “la oferta de este tipo de comida tiene nutrientes adicionados en cantidades muy altas. Eso es grave porque la evidencia indica que hay una relación muy estrecha entre su consumo habitual y el desarrollo de enfermedades cardiovasculares”.

Hay algunos grupos de alimentos que, a los ojos de estos investigadores, resultaron más inquietantes que otros. En los tres primeros lugares están las carnes procesadas, los dulces y los snacks; es decir, paquetes como las papas fritas. Si se compararan con el modelo de la OPS, el 97 %, el 95 % y el 92 % de estos artículos, respectivamente, tienen nutrientes críticos.

“Los hallazgos demuestran que la mayoría de los productos analizados contienen exceso de nutrientes críticos y serían elegibles para presentar un etiquetado frontal de advertencia que informe al consumidor la calidad nutricional de estos productos”, apuntan los autores.

Se trata de una propuesta que no es nueva y ha generado intensos debates. Hace cerca de un mes, por ejemplo, en el Congreso fueron escuchadas las posturas a favor y en contra de esta iniciativa. A los ojos de la Cámara de la industria de alimentos de la Asociación Nacional de Empresarios de Colombia (ANDI), el tipo de etiquetado que sugiere la OPS no permite comparar los nutrientes que ofrece cada porción de alimento. Tampoco, respondieron a El Espectador, “permite comparar diferentes productos dentro de una misma categoría. Lo anterior, combinado con el hecho de tener límites muy estrictos establecidos por la OPS, termina produciendo lo que vemos en los puntos de venta en Chile: ¡todo tiene sello! Esto genera confusión o, en el mejor de los casos, no informa y no tiene efecto en la toma de decisiones de los consumidores”.

La ANDI también cree que en caso de que Colombia adoptara estas reglas del juego, incumpliría obligaciones internacionales y expondría al país a demandas por “establecer obstáculos técnicos al comercio”. ¿La razón? El etiquetado, explican, no está homogeneizado con el de las naciones con las que se han firmado tratados de libre comercio.

Se trata de argumentos que para la profesora Mora y para Carolina Piñeros, directora de Redpapaz, no tienen sustento. Por un lado, asegura Mora, hay fuerte evidencia de que en Chile un alto porcentaje de la población ha cambiado sus hábitos de consumo por la presencia de los sellos en los productos. Por otro, dice Piñeros, un Estado tiene la obligación de proteger los derechos de los menores y eso prima sobre los acuerdos comerciales.

La pregunta, entonces, es cómo puede el etiquetado ayudar a resolver el dilema del omnívoro que inquietaba a Michael Pollan. La ANDI cree que etiquetas como las actuales, que siguen un sistema llamado GDA (Guías Diarias de Alimentación), representan una manera clara y educativa. ¿Lo es? Un par de estudios lo contradicen. A principios de mayo, Redpapaz presentó los resultados de una encuesta que mostraba que advertencias en los paquetes, como las que sugería la OPS, eran más útiles para saber si un producto era o no saludable. El Instituto Nacional de Salud, en febrero, hizo un ejercicio similar. De las personas que entrevistó, el 28 % aseguró que siempre miraba la información nutricional. ¿Las entendieron? La mayoría dijo que no.

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2019-06-03T21:00:00-05:00

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2019-06-04T10:54:36-05:00

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Sergio Silva Numa / @SergioSilva03

Salud

Más de 5.000 productos de paquete, con exceso de azúcar, grasa o sal

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