No hay ningún dilema: hay que seguir usando tapabocas

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No importa si ha tenido infección previa o ha sido vacunado contra SARS-CoV-2; para despertar e inducir esta defensa de memoria es necesario que el virus entre al cuerpo y se replique nuevamente aunque por un tiempo más reducido.

El uso de la mascarilla o tapabocas para procedimientos médicos se atribuyó al cirujano rumano Johann Von Mikulicz a finales del siglo XIX y hoy es una de las medidas más importantes para el control de la transmisión del virus SARS-CoV-2 y la enfermedad COVID-19. ¿Por qué?

Para sobrevivir un virus necesita una célula. En el caso del coronavirus estos se unen, invaden a las células de la vía respiratoria (nasofaringe). Allí se replica para producir más partículas virales, lo que permitirá continuar con su ciclo vital. La invasión del tejido respiratorio induce que haya una mayor secreción de moco, presencia de estornudo y tos, y, de esta manera, el microorganismo asegura su propagación pasando de persona a persona. Los coronavirus son de un tamaño microscópico, en promedio de 100 nanómetros, es decir, 10,000 veces más pequeño que la punta de alfiler. Al estornudar o toser las partículas virales salen en gotas de diferentes tamaños, unas 1.000 veces más grandes que el virus. Las secreciones que contienen el virus pueden entrar entonces en contacto de forma directa con la vía aérea de otras personas o contaminan objetos, los cuales podríamos tocar con las manos. La contaminación entonces se evita con el uso adecuado de la mascarilla facial, acompañado del distanciamiento y el lavado de manos.

El virus, al replicarse en las células, despierta los mecanismos de defensa o inmunidad. El primero es la inmunidad natural, la cual no necesita conocimiento previo del microorganismo para atacarlo. Esta inmunidad natural se “despierta” rápido, tanto como que son pocas horas posteriores a la infección y se compone principalmente de procesos inflamatorios y células que tienen la capacidad de ingerir microorganismos o partículas. Este evento inicial alerta que un agente invasor ha entrado al cuerpo. Como resultado se producen mediadores solubles que disparan la actividad de la inmunidad específica, la cual posteriormente reconocerá de forma directa el agente infeccioso e intentará eliminarlo.

En la inmunidad específica participan los anticuerpos y los linfocitos y se necesita al menos dos o tres días posteriores a la infección para empezar a ejercer su función. Si estamos en contacto con SARS-CoV-2 se generarán entonces anticuerpos y linfocitos que reconocerán de forma específica componentes del virus, generando así la denominada memoria inmune: se recordarán cada encuentro con este mismo virus. Sí, varios encuentros porque no será solamente una vez que lo veamos. Esta inmunidad de memoria no solo puede adquirirse con una infección natural, también a través de la vacunación. Si usted es vacunado contra SARS-CoV-2 y nunca ha sido infectado por el virus, entonces se inducirá esta respuesta específica; y si ha tenido previa exposición al virus se despertará esta memoria que actuará de forma más rápida y certera.

No importa si ha tenido infección previa o ha sido vacunado contra SARS-CoV-2; para despertar e inducir esta defensa de memoria es necesario que el virus entre al cuerpo y se replique nuevamente aunque por un tiempo más reducido. Y es probable que durante este periodo de incubación usted pueda transmitir el virus a otras personas o diseminarlo en una comunidad. Esta es la razón por la cual se debe seguir usando la mascarilla facial como medida de protección, lo cual ayudará a frenar la transmisión del virus hasta tanto tengamos un alto porcentaje de la población vacunada. Si se ha demostrado por siglos su utilidad en los procedimientos médicos no se debe cuestionar el uso de la mascarilla durante este periodo de pandemia. No hay dilema: mascarilla o mascarilla.

*Profesor Titular Facultad de Medicina – Universidad de los Andes

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