Nobel por entender el sistema de "correo" celular

James E. Rothman, Randy W. Schekman y Thomas C. Südhof fueron galardonados por descifrar el exquisito sistema de transporte y comunicación que usan las células.

Ayer en Estocolmo fueron anunciados los ganadores del Premio Nobel de Medicina. / AFP.

Desde que Watson y Crick descifraron la estructura del ADN en 1962, la mayoría de premios Nobel de Medicina han recaído en investigadores que de una u otra manera han ayudado a entender la organización de la vida en su nivel más básico: el universo de los genes y las proteínas. Este año no ha sido la excepción.

Ayer el Comité Nobel del Instituto Karolinska de Estocolmo anunció que el apetecido galardón fue otorgado a los estadounidenses Randy Schekman y James Rothman, y al norteamericano nacido en Alemania Thomas Südhof por “descubrir los principios moleculares que gobiernan el sistema de transporte de las células”.

Puede ser que el descubrimiento de los tres galardonados no suene tan glamuroso o popular como el de Ian Fleming en 1945, quien descubrió la penicilina, pero su importancia ha sido fundamental para descifrar, por ejemplo, cómo se comunican las neuronas entre sí o cómo hacen ciertos grupos celulares para producir y enviar hormonas a través de la sangre para que actúen en lugares remotos del cuerpo.

Cualquiera que se haya visto en la obligación escolar de construir uno de esos modelos celulares con icopor o dibujarlo en una gran cartelera ha estado relacionado con el trabajo de Schekman, Rothman y Südhof. ¿Recuerda ese laberinto por el que circulaban pequeñas vesículas bautizado retículo endoplasmático? ¿O el Complejo de Golgi que todos los profesores piden colorear cerca de la membrana? Todas esas son estructuras que forman parte del sistema de transporte y correo de las células.

Fascinado por este tema, Randy Schekman comenzó a preguntarse en los años 70, cuando trabajaba en la Universidad de California en Berkeley, por los principios que gobernaban ese sistema de transporte. Para entenderlo manipuló genéticamente la levadura (hongos que se utilizan para fermentar la cerveza). Así descubrió que cuando ciertos genes se alteraban, toda la maquinaria celular se entorpecía, de la misma manera que un accidente puede congestionar toda una ciudad. Schekman identificó tres tipos de genes que controlan toda la operación.

Pero a finales de los años ochenta muchas preguntas sobre “las instrucciones” de esa maquinaria celular seguían sin respuesta. Por ejemplo, ¿cómo lograban las células producir ciertas moléculas y enviarlas con tanta precisión a otras células que las necesitaban?

James Rothman, en la U. de Yale, se interesó por ese problema. Al estudiar el transporte de vesículas dentro de las células de mamíferos descubrió que existían unos sistemas de proteínas que cumplían el papel de una llave frente a una cerradura. Cuando una vesícula tenía la llave adecuada abría la puerta adecuada en otra célula.

Por esa misma época el alemán Thomas Südhof, vinculado a la Universidad de Stanford, se preguntaba cómo se comunicaba una neurona con otra. Al estudiar los neurotrasmisores, moléculas que comunican una neurona con otra, comenzó a descubrir los mecanismos que permitían que estos mensajes se emitan en el momento preciso. A través de sus experimentos planteó el papel que cumplen los iones de calcio en la activación de toda esta maquinaria que abre y cierra las puertas para las vesículas que deben ir de un lugar a otro.

En un resumen del trabajo de estos tres científicos, Juleen R. Zierath y Urban Lendahl, del Instituto Karolinska, señalaron que sin estos mecanismos celulares “las células caerían en un absoluto caos”. Poco a poco va quedando claro que los desórdenes en ese sistema de transporte celular explican algunas enfermedades neurológicas, otras condiciones inmunológicas e incluso patologías tan conocidas y que afectan a millones de personas como la diabetes.

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