“Nunca decidimos sólo con la razón”

La autora del libro “Viaje a tu cerebro emocional: una inmersión al mundo de las emociones”, habló con El Espectador sobre la importancia de desarrollar nuestros sentimientos para tener una relación más sana con el entorno.

Rosa Casafont tiene un máster en Neurociencias de la Universidad de Barcelona. Ha publicado dos libros que buscan explicar cómo se comporta nuestro cerebro. /Josep Maria Sanz Anaya

La doctora española Rosa Casafont logró combinar dos disciplinas que parecerían distantes: la música y la medicina. De lo primero cursó estudios superiores en el Conservatorio de Música de Barcelona, España y, de lo segundo, es licenciada por la Universidad Autónoma de la misma ciudad. Al campo de las Neurociencias llegó cautivada por conocer el enigma de nuestra esencia, donde desarrolló el “Método Thabit”, orientado a la gestión emocional y de comportamiento.

Al cerebro, físicamente, ¿se le puede asignar una parte que se encarga de la razón y otra a las emociones?

Sí, existen sectores más emocionales y otros más racionales. Como ejemplos podemos citar estructuras primarias como la amígdala, situada en el subcórtex, puramente emocional y especializada en emociones como la rabia y el miedo. Pero estructuras más evolucionadas, como la corteza prefrontal (detrás de la frente), etiquetada como “nuestro director de orquesta”, contiene sectores relacionados con la empatía, como la corteza orbitofrontal y la ventromedial, y un sector más racional, como la corteza dorsolateral, relacionada con la memoria operativa y la planificación.

¿Hay un enfrentamiento entre la razón y la emoción para percibir el mundo?

¡Creo que se lo llevan bastante bien! No existe enfrentamiento, sino colaboración o reparto de responsabilidades. Nuestra esencia es tan increíblemente perfecta que cuando está en juego nuestra supervivencia, de forma inconsciente, resuelve efectivamente sin la participación de la razón, pero integra emoción más razón para la toma de decisiones conscientes. Nunca decidimos sólo con la razón pura.

En su libro habla del cuerpo como herramienta de control ante las emociones, ¿cómo podemos usar los recursos fisiológicos a nuestro favor?

Modificar el cuerpo es la forma más fácil y efectiva para iniciar un cambio mental. Existe una unidad cuerpo-mente con una coherencia de expresión y de influencia bidireccional. Por ejemplo, si pienso negativamente, mi cuerpo va a expresar un comportamiento coherente a ese pensamiento. Se activan sistemas que nos “duchan neurobiológicamente” con efectos hacia cuerpo y cerebro, permitiendo tensión muscular, aceleración del pulso y respiración, sudoración, sequedad de boca… Pero si poseo cierto autoconocimiento, soy consciente de ello y sé cómo hacerlo, podré dirigir un cambio en la respiración, en la posición, en la salivación… y crear una respuesta coherente en mi forma de pensar.

Usted también propone el juego simbólico de los niños como estrategia para reconocer las emociones...

Sí. El juego genera placer tanto en el niño como en el adulto, y esto facilita que adquiramos conocimiento, gracias a que nuestras capacidades de aprendizaje y memoria se dan en ese estado que compartimos a través del juego. Si al crecer hemos olvidado su importancia y hemos dejado de jugar, debemos recuperar su práctica. Comprobaremos sus beneficios.

¿Cuáles son los roles que tienen la risa, el ejercicio, la música y los masajes de los que también habla en el libro?

Son algunas de las herramientas descritas para construir la plenitud. No sólo vemos el papel que representan al incorporarlas en nuestra vida, hablamos también de los efectos neurobiológicos, estructurales, funcionales y de capacidad que facilitan, y cómo generan bienestar y fomentan una interacción social más saludable.

Y, ¿cómo se vincula esto en la construcción de la autoestima?

A mi entender, la autoestima se sostiene gracias a la solidez de sus dos grandes bases. La primera, es la coherencia entre los tres ámbitos de la vivencia —pensar, sentir y comportarnos— tratada en Viaje a tu cerebro (publicación que antecede a Viaje a tu cerebro emocional). La segunda es la coherencia de nuestro comportamiento proyectado desde los valores fundamentales.

¿Cómo desarrollar más nuestros sentidos?

Nuestros sentidos son muy limitados y, sin embargo, son la puerta de entrada que nos conecta al mundo. La información que a través de ellos recibimos, modifica nuestro cerebro y, en consecuencia, actuamos e influimos en nuestro entorno, que de nuevo nos afecta y así sucesivamente. Este ciclo continuo de percepción/acción en nuestra existencia es fundamental. Podemos deducir la importancia de tener nuestros sentidos activos.

¿Qué teorías científicamente comprobadas hay detrás de todo esto?

En Viaje a tu cerebro y Viaje a tu cerebro emocional, cito muchas referencias que soportan y fundamentan todo lo que estamos comentando. Como muestra, podemos apuntar algo en relación al sentido del tacto, que va más allá de su capacidad para transmitirnos información sobre el mundo. Este sentido posee millones de receptores diseminados por todo el organismo y que conforman nuestro mayor órgano sensorial. Estimular estos receptores a través de las caricias o el masaje, condiciona efectos en cuerpo y cerebro. Podemos recibir información sensitiva que es transmitida a la corteza. Esta experiencia subjetiva agradable se traduce en cambios objetivos en nuestras constantes fisiológicas, mejora en el sistema inmunitario, producción de neurotransmisores de la felicidad (endorfinas, dopamina, serotonina) y disminución de los neurotransmisores asociados al estrés.

¿Se puede aprender a desarrollar sentimientos como la pasión, la curiosidad y el interés?

Nacemos con la emoción de interés y curiosidad, son emociones innatas, pero nuestro entorno ha de ser estimulante para que tengamos un sano desarrollo, de lo contrario nos apagamos emocionalmente. Nuestra pasión o nuestras pasiones, debemos descubrirlas. Explorar y buscar lo que nos genera un interés especial. Nuestras pasiones nos impulsan a soñar y a adquirir conocimiento. Son el motor que nos mantiene en ser constantes para alcanzar nuestros retos.

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