Medio siglo después

Sobrevivir al pan envenenado de Chiquinquirá

El ícono de la tragedia fue un niño tendido en un sofá. Era Carlos Alfonso Romero, un hombre que ha intentado olvidar que ese sábado murieron una de sus hermanas y cerca de 300 personas más por un peligroso insecticida que accidentalmente se mezcló entre bultos de harina.

Hace 50 años, Carlos Alfonso Romero estuvo a punto de morir intoxicado en Chiquinquirá. / Foto de la izquierda: Nelson Ríos, derecha: fotografía de Carlos Caicedo, reportero de El Tiempo.

Antes de tomarle la fotografía, a Carlos Alfonso Romero lo dieron por muerto. Lo sentaron en un sofá del hospital San Salvador de Chiquinquirá, Boyacá. Le aplicaron medicamentos para revivirlo, al igual que a sus seis hermanos y a sus papás. Todos habían desayunado pan con chocolate el 25 de noviembre de 1967. Y todos se habían envenenado porque a la harina del pan le había caído pesticida de camino al pueblo.

Así fue como el país lo conoció y de paso se enteró de la noticia. Porque los intoxicados no eran sólo los Romero: otras 500 personas presentaban los mismos síntomas, según los periódicos. Los habitantes de ese municipio, a dos horas y media de Bogotá, se habían ido desmayando en las calles en el transcurso de la mañana y algunos niños se durmieron para siempre dentro de las casas después de desayunar.

“En principio creían que era el agua”, cuenta Carlos Alfonso, 50 años después de la tragedia. Que al río Suárez, que los abastece de agua potable, le habían arrojado arsénico. Entonces mandaron a cerrar la bocatoma y los grifos por el resto del día. Eso decían en la radio del pueblo cuando su hermanita menor, de nueve meses, se puso mal. A ella le habían dado a probar pan remojado y había llegado muerta al hospital.

Pero los médicos no advirtieron ese detalle cuando atendieron a Joaquín Merchán, el empleado de la panadería Nutivara, un muchacho bajito de 22 años que había amasado la harina esa mañana y que se había quejado del olor a ajo. Tanto que le dijo a su jefe “que lo tenía mareado”. Murió con el cuerpo reventado, le salía sangre de la nariz, de las orejas, de la boca, que era el efecto inmediato del veneno.

Pero Carlos Alfonso, de once años, no sentía nada. Estaba solo en la casa, pues todos andaban en el hospital. “Me había acostado en la cama de mi papá porque me sentía débil, pero nada más”, dijo. Tenía la radio encendida cuando llegó un familiar, no recuerda quién, que lo vio tan pálido que lo arrastró hasta urgencias.

Eran cinco cuadras de distancia al centro de salud y a mitad de camino estaba la panadería. Recordó ese viaje tétrico del que sólo guarda algunos sonidos. Como la voz de la vecina Irene, una viejita que vivía sola y decía: “Mi dios me los bendiga”. Se escuchaban los padrenuestros y los ave marías. La gente que gritaba: “¿Algo está mal? ¿Qué nos está sucediendo?”. Y al llegar al San Salvador, las arcadas de los enfermos y el llanto de los campesinos.

También a él lo hicieron vomitar. Le metieron a la boca ceniza de carbón vegetal y, en vez de los dedos, los tallos largos de una cebolla. Eso explica el parche de su camisa cuando Carlos Caicedo, reportero de El Tiempo, le tomó la fotografía a la entrada del hospital de Chiquinquirá. Fue portada para ese periódico y luego le dio la vuelta al mundo en la revista estadounidense Life.

Romero no recuerda nada más sobre ese día. El hospital, que era una casona antigua de paredes beige, “se convirtió en un verdadero manicomio”, escribió Guillermo García, enviado especial de El Espectador. Había enfermos en el piso, en los jardines, en las escaleras, en los patios y en los corredores del lugar. Ya no había espacio para nadie, ni para los muertos, que al mediodía ascendían a 58. El 90 % de ellos eran niños.

A esa hora apareció la ayuda. En dos helicópteros llegó el ministro de Salud de la época, Antonio Ordóñez Plaja, respaldado por expertos, el director de Toxicología de Medicina Legal, Fernando Velasco, y un equipo de médicos y enfermeros. Se construyó un laboratorio improvisado para analizar los químicos del agua y unas muestras de pan, que era en lo que coincidían los enfermos. Utilizaron la cromatografía de capa fina, una técnica para separar moléculas que delató, por pura reacción química, al culpable.

“Al parecer, en el camión en el que venía la harina para la panadería Nutivara se transportaban otros artículos, entre ellos una caja de insecticida folidol. Llamado químicamente metil paratión. Es posible que un frasco se rompiera e impregnara la harina”, le explicó Velasco a la prensa en ese entonces.

Esa tarde, después de encontrar a los culpables, Chiquinquirá quemó toda la harina y los panes que tenía en sus tiendas. Levantó el veto de agua y anocheció con otros 120 intoxicados y tres muertos más. Eran tantos que el gobernador de Boyacá, Antonio Bayona, pagó en las funerarias los ataúdes que algunas familias no podían comprar.

Al otro día los velaron en tres tandas bajo un cielo nublado. A los adultos los dispusieron en féretros oscuros y a los niños en cajas blancas en mitad de la plaza del pueblo. Ahí estuvo la familia Romero, en plena convalecencia. Ese año había sido fatal para ellos y para los 25.000 habitantes del municipio. Cuatro meses antes un terremoto les había destruido más de 500 casas. “No tuvimos nada que celebrar ese diciembre”, me dijo Carlos Alfonso cuando le pregunté por la Navidad del 67.

Cinco años después huyeron a Cali por el frío de Chiquinquirá. Y por el recuerdo de la mayor intoxicación por plaguicidas que ha vivido el país, según el Instituto Nacional de Salud. Las otras dos fueron en Puerto López, Meta, con una cifra de siete muertos, y en Pasto, donde 15 personas perdieron la vida. Ambas ocurrieron en la década de los setenta.

Pero Carlos Alfonso, por más que quiso, nunca lo pudo olvidar. Tampoco Colombia. Veinte años después de la tragedia, el Instituto Colombiano Agropecuario (ICA) restringió el uso del metil paratión a plagas en cultivos de algodón y de arroz tecnificado. Por ser un químico “extremadamente peligroso” para la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Aunque él no tuvo secuelas por el envenenamiento, sus hermanos dicen que ellos sí, que les quedó un zumbido en la cabeza y mareos y problemas estomacales. Sus papás, por ejemplo, empezaron a sufrir de asma y décadas después murieron de un ataque al corazón. En ese entonces, Carlos Alfonso trabajaba en El Caleño, un periódico amarillista de la ciudad. “Veía muchas tragedias al día y eso me hacía recordar a Chiquinquirá y olvidarla al mismo tiempo, porque era el pan de cada día. Todas las noticias eran muertos”.

Hace un mes apenas, Romero les contó esta historia a sus hijos, que ya son mayores y ya tienen hijos. Nunca les había dicho que las fotos en el descansador de pantalla de su computador eran de ese día. Que para las cuentas del pueblo los muertos fueron casi 300. Que un costal de harina estremeció al país y al mundo en plena guerra de Vietnam. Que la señorita Colombia viajó hasta Chiquinquirá para solidarizarse con las víctimas. Y que en ese año no hicieron pesebre y no comieron más pan.