Tenemos que hablar de Horacio

Según la Encuesta Nacional de Salud Mental 2015, 496.663 niños colombianos han presenciado o sido víctimas de violencia. En muchos de ellos su salud mental se alteró de forma quizás definitiva.

El 9,2 % de la población infantil en Colombia presenta algún riesgo de sufrir trastorno de estrés postraumático. / Istock.

El monstruo, su padre, apareció por primera vez cuando Horacio tenía tres meses de edad. Horacio no lo recuerda, pero su mamá sí. Fue en 2009, cuando la mamá de Horacio tenía trece años. En aquel entonces, ella vio cómo su pareja de 28 años le pegó en el rostro al bebé. Vivían en un pueblo en medio del Caquetá y la mamá de Horacio, todavía una niña, intentó ignorar lo sucedido. No deseaba regresar a la casa de sus padres, pues su madrastra la maltrataba. Prefería los golpes del papá de Horacio a los que recibía en su casa.

En 2011 nació el hermano menor de Horacio. Tras ello, el padre de los dos niños se volvió más violento. Golpeaba cada vez con mayor frecuencia a Horacio y a su mamá. Ella hizo un esfuerzo, pero finalmente no resistió más. Huyó y abandonó el pueblo con sus dos hijos. Un año más tarde, con catorce años, se instalaron en un pueblo en la cordillera Central. La mamá de Horacio quería un mejor futuro para sus hijos. Quería que crecieran lejos de las guerrillas que asolaban su lugar de origen, que estudiaran y que vivieran tranquilos. Quería que nunca sintieran el miedo que ella sentía.

El monstruo —el otro—, la nueva pareja de la mamá de Horacio, apareció poco tiempo después. Horacio lo recuerda. En una de las tantas golpizas que le propinó, el hombre le abrió la frente. Para evitar llevarlo al hospital, le limpió la sangre y lo cosió. Hoy, frente a un espejo, Horacio puede seguir la trayectoria de la aguja sobre sus cejas: una cicatriz en forma de Y de casi diez centímetros en la frente, como la marca de una garra. (Vea también El cementerio de las familias colombianas)

Su mamá recuerda ese episodio, pero hay otro que recuerda aún más. Una mañana en 2013, la niña se fue a trabajar y dejó a Horacio y a su hermano de dos años a solas con el hombre. Cuando regresó a casa, su pareja ya no estaba. Había matado a golpes al menor de sus hijos. Horacio la esperaba aterrado. Estaba confundido y asustado cuando su mamá llegó del trabajo. Ella lo abrazó y recogió el cuerpo sin vida de su hijo menor. Lo arropó. Esa noche los tres durmieron juntos.

Horacio lo hubiera matado si pudiera. La Policía capturó al hombre y lo llevó a la cárcel, pero eso no alivió a Horacio. Sentía rabia, dolor, angustia, odio. A finales de 2013, Horacio pasó a un hogar sustituto del Bienestar Familiar junto con su mamá, también una menor de edad. Allí empezaron a recibir ayuda para intentar seguir adelante. Horacio empezó a ir al jardín infantil, pero le fue imposible adaptarse. Era violento con sus compañeros y sus profesores. No obedecía a nadie. Se rasguñaba. Golpeaba su cabeza contra la pared. Les pegaba a los animales y a los demás niños. Un día rompió una botella y se hizo cortes en un brazo. Luego la utilizó para amenazar a sus padres sustitutos.

En un centro de salud cercano, los sicólogos que atendían a Horacio dos veces por semana dictaminaron que el niño era hiperactivo y que posiblemente tenía trastorno de déficit de atención. Preocupados, los padres sustitutos llevaron a Horacio y a su mamá a una consulta en Bogotá.

A principios de 2014, Javier Auli, un sicoanalista y siquiatra infantil, los atendió en su consultorio en la Unidad de Salud Mental del hospital San Ignacio. Tras leer la historia clínica, Auli examinó al niño de cuatro años. Horacio se distraía con facilidad y parecía tener problemas para seguir instrucciones. Rara vez completaba las tareas que Auli le asignaba. Ignoraba las órdenes y se quedaba callado en una esquina, ensimismado, soñando despierto con quién sabe qué. Todos los anteriores eran posibles síntomas de un trastorno de déficit de atención, pero Auli aún no estaba convencido con el diagnóstico. Había signos que contradecían esa conclusión. Horacio hablaba poco. El niño evitaba el contacto visual con los otros y se negaba a dibujar o a escribir con los colores que el siquiatra le prestaba. Rayaba el papel o lo rompía en pedazos, como si no quisiera o no pudiera comunicarse con otra persona.

Alarmado, Auli habló con la mamá y los padres adoptivos de Horacio. Tras enterarse de la historia de la familia, el siquiatra de inmediato desechó la idea de que el niño tuviera déficit de atención. Horacio no era hiperactivo. Sus síntomas, más bien, se ajustaban a una serie de problemas de salud mental asociados a haber vivido eventos traumáticos. La violencia vivida explicaba sus problemas de desarrollo. De hecho, era probable que su virtual ausencia de lenguaje estuviera relacionada con aquello que había presenciado. Contrario a la mayoría de niños, quienes desarrollan el lenguaje hacia el primer año de vida, Horacio había empezado a hablar hacia los tres.

Entre otras cosas, Horacio mostraba indicios de tener trastorno de estrés postraumático (TEPT), una alteración de los procesos cognitivos y del desarrollo en la que se reviven hechos de muerte o violencia de forma recurrente. Casi la mitad de los niños expuestos a situaciones traumáticas en conflictos armados presentan este trastorno mental. Horacio tenía altas probabilidades de desarrollar problemas sicopáticos, como la esquizofrenia, o de ser un sicópata ya adulto. Si las cosas seguían igual, en un futuro no muy lejano, el niño estaría emulando los patrones de violencia que desde la infancia parecían perseguirlo.

Luego de la consulta con Auli, Horacio y su mamá regresaron al hogar sustituto. Allí, Horacio, siguiendo las instrucciones del siquiatra, empezó terapia de lenguaje y sesiones de ejercicios de coordinación. La persona se construye a partir de lo físico, dice Auli, a partir de la interacción del bebé con su ambiente, así que el niño debía empezar de cero para tratar de cambiar lo que la violencia había trastocado. Para los doctores de Bogotá, Horacio debía desarrollar nuevamente la conciencia de sí mismo. Debía formar un nuevo yo, uno que estuviera libre de los monstruos del pasado, y la única manera de hacerlo era reviviendo las primeras experiencias de un niño en el mundo.

Horacio necesitaba ejercicios de coordinación de manos y ojos para volver a comprender los alcances del organismo. Necesitaba terapias de frío y calor en su piel para entender hasta dónde y cómo sentía su cuerpo. Necesitaba volver a aprender a hablar. Y necesitaba, sobre todo, las horas y horas de abrazos y caricias que su mamá podía darle todos los días.

Tiempo después de la partida de Horacio, el doctor Javier Auli se reunió con un grupo de siquiatras para analizar su caso. Horacio no era único. Casi medio millón de niños en Colombia sufren las secuelas mentales de haber vivido eventos traumáticos similares, según la más reciente Encuesta Nacional de Salud Mental. Es como si todos los niños de entre 7 y 11 años de Medellín, Cali y Cartagena hubieran presenciado o vivido abusos, golpes y muertes violentas de seres queridos. Como Horacio, casi la mitad de esos niños tiene síntomas secundarios: pesadillas, ataques de rabia, problemas de aprendizaje, dolores de cabeza, nervios repentinos. Las terapias pueden ayudarlos, pero no hay garantías de éxito, ni mucho menos.

Los siquiatras que analizaron el caso de Horacio estaban divididos. La mitad de ellos pensaban que, dado un acompañamiento sicológico adecuado, Horacio crecería como un niño normal. Por medio de terapias cognitivas, juegos y otras técnicas, el niño se recuperaría y estudiaría para salir adelante, tal y como su mamá lo deseó desde el momento en que dejó atrás las selvas del Caquetá. Su cerebro se adaptaría de tal manera que Horacio superaría los recuerdos traumáticos que hoy lo afligen. Sería un adulto común y corriente, capaz de sentir empatía por otras personas.

La otra mitad de los siquiatras no estaban de acuerdo. Horacio estaba condenado a repetir las conductas de violencia que había sufrido. Las heridas mentales del niño eran inescapables. Por más terapias que llevaran a cabo, los recuerdos, las conexiones neuronales, se mantendrían fijas, listas a dispararse cada tanto tiempo. Lo sucedido había determinado la estructura cerebral de Horacio de tal manera que nada podría revertir el curso de su vida. El niño, al igual que su padre, probablemente crecería para ser el adulto que golpea a su mujer y sus hijos.

Desde hace casi año y medio, Horacio asiste a terapias en su pueblo y en un municipio cercano en la cordillera Central. Avanza poco a poco con la ayuda del Bienestar Familiar y de la asistencia sicológica que a menudo no llega para millares de otros niños. En el resto del país, 496.663 niños de entre 7 y 11 años intentan hacer lo propio. Entre tanto, el monstruo, ese que todos conocemos, los observa atentos. (Vea también Colombianos, ¿programados para ser indolentes?)

Cifras:
13,7% de la población infantil ha sido víctima alguna vez en su vida de desplazamiento forzado por violencia de cualquier tipo.

50% de los niños expuestos a violencia convive con pesadillas, ataques de rabia, problemas de aprendizaje, dolores de cabeza, nervios repentinos.

496.663 niños de entre 7 y 11 años están bajo asistencia sicológica por trastorno de estrés postraumático (TEPT).

68.230 peritaciones por violencia intrafamiliar realizó el Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses durante 2013.

14,2% de los peritajes realizados durante 2013 correspondía a maltrato contra niños, niñas y adolescentes.
 

* Periodista bogotano. Escribe
para varios medios nacionales e internacionales. En 2015 fue
finalista del Premio Gabriel García
Márquez y del premio de
crónicas Nuevas Plumas.