Vacuna contra el papiloma: medicina, sexo y religión

¿Cuáles son las consecuencias de dejarse llevar por el fanatismo y la desinformación? ¿Qué puede suceder cuando alguno de estos factores se opone a la evidencia científica y la razón?

Desmayos y dolores de extremidades fueron algunos de los síntomas reportados en El Carmen de Bolívar. / AFP

No había transcurrido una semana después de desatarse el misterioso mal que afectaba a varias niñas de El Carmen de Bolívar cuando el inefable custodio de la moral de los colombianos ya se encontraba en el lugar impartiendo sus consabidas lecciones de educación sexual. Por esos mismos días, Jesús Magaña, director de la plataforma provida, fungía de epidemiólogo improvisado: “La vacuna del papiloma humano (VPH) no protege, sino que daña a las menores y promueve la promiscuidad”, declaró para el portal Voto Católico Colombia.

Por fortuna, la valiente campaña de vacunación iniciada por el Ministerio de Salud ha continuado pese a quienes, aprovechando el río revuelto, se valen de sofismas para incitar a las buenas familias católicas a rechazar “la vacuna del pecado”, exponiendo así a miles de mujeres a padecer la aterradora tragedia del cáncer. Años atrás, en plena pandemia del sida, aquel purpurado virginal, aunque ducho en condones, Alfonso López Trujillo, ponía en riesgo la salud de millones de jóvenes después de recomendar ante los micrófonos de la BBC no utilizar jamás el preservativo por haberse probado ineficaz como protección contra el VIH: ¡una mentira criminal!

Al estallar la crisis de las menores se habló de vacunas contaminadas con plomo, pero después de analizar lotes enteros de Gardasil mediante tecnología capaz de discernir trazas de ese metal neurotóxico hasta de millonésimas de gramo, se descartó cualquier sospecha de contaminación. Sin embargo, la presencia de adyuvantes de aluminio para aumentar el poder inmunizador de la vacuna ha sido asociada con una condición denominada miofascitis macrofágica, la cual se traduciría en posibles efectos desmielinizantes. Según se afirma, nanopartículas del metal podrían adherirse al ADN de macrófagos capaces de cruzar la barrera hematoencefálica y llegar así al cerebro (1). La toxicidad del aluminio presente en las vacunas es hoy motivo de discusión. No obstante, la conclusión del Comité Consultivo Mundial sobre Seguridad de las Vacunas de la OMS es tajante al afirmar: “No existe evidencia para concluir que la administración de vacunas preparadas con aluminio suponga riesgo alguno para la salud” (2).

En relación con la situación en El Carmen de Bolívar, la presencia de síntomas tan graves (parálisis y hasta deformaciones, según se dice) en algunas menores sería un hecho sin precedentes en ocho años desde la aprobación del Gardasil, en junio de 2006, y después de más de 120 millones de dosis distribuidas en el mundo entero. En opinión de expertos, se trataría de noticias de prensa poco rigurosas o de cuadros clínicos sin relación directa con la vacuna. La situación, en mi opinión, exige una investigación exhaustiva del Ministerio de Salud, como se ordenó en su momento en Japón y Francia, donde llegaron a documentarse graves trastornos de las funciones cognitivas y hasta enfermedades de origen autoinmune (las autoridades sanitarias japonesas no recomiendan hoy la vacuna contra el VPH, aunque la ofrecen de manera gratuita a quien la solicite).

Pero bien podría tratarse de un fenómeno de “ansiedad colectiva”, al menos en la mayoría de los cientos de casos reportados en El Carmen de Bolívar. Por razones desconocidas, esos extraños fenómenos de histeria colectiva suelen presentarse en lugares donde mujeres jóvenes conviven en un mismo entorno. A comienzos de la década de 1960 se reportó una curiosa epidemia de risa histérica en una escuela de misioneros en Tanzania. Los episodios duraban entre varios minutos hasta horas enteras y llegaron a repetirse varias veces por día. El contagio duró dos semanas e inicialmente se atribuyó a una encefalitis debida a aguas contaminadas. La hipótesis se descartó más tarde, pues los ataques no se presentaron en ninguno de los varones del internado. Y se sabe de un convento donde grupos de jóvenes monjitas pasaron días enteros maullando en coro, pretendiendo ser gatos. Algunas, según se cuenta, llegaron incluso a arañarse.

Durante cuatro años, entre 2006 y 2010, se siguió de cerca a más de 900.000 niñas entre los 10 y 17 años de edad, de las cuales una tercera parte había recibido en promedio dos dosis de la vacuna del VPH. El estudio, realizado en Suecia y Dinamarca, no encontró evidencia estadística significativa como para sospechar algún vínculo entre la exposición a la vacuna y cualquier clase de reacción adversa autoinmune, neurológica o eventos tromboembólicos venosos graves (3). Las conclusiones corroboran el dictamen de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y coinciden con los resultados de otras investigaciones independientes.

De 120 millones de dosis distribuidas en el mundo entero, sólo se han reportado unos 25.000 casos de efectos adversos, de los cuales una inmensa mayoría no van más allá del simple enrojecimiento en la zona de la inyección, dolores de cabeza, episodios de fiebre pasajera, leves mialgias y, ocasionalmente, desmayos. La eficacia de la vacuna se estima entre el 90% y el 100% en la prevención del temible cáncer de cuello uterino causado por varios tipos del VPH.

En una cita atribuida al papa León XII, dos siglos atrás, se lee esta admonición: “La viruela es una sentencia de Dios: así, la vacunación es una afrenta al cielo”. Y en pleno siglo XXI, los líderes religiosos talibanes prohíben, bajo amenaza de muerte, las campañas de vacunación.

Son los mismos fanáticos de siempre, los mismos sectarios, los que apoyándose en las prohibiciones de un déspota imaginario o en libros escritos por pastores de la Edad de Bronce hoy nos exigen que dejemos morir a una niña de diez años violada por su padrastro, antes de permitirle interrumpir su embarazo. Son los mismos cavernarios capaces de citar algún pasaje bíblico para negarle a su propio hijo una transfusión de sangre. Quienes en su momento se opusieron al uso del condón y a la lucha contra el sida, castigo divino por el pecado nefando de la homosexualidad, hoy se oponen a la vacunación contra el VPH, al control natal, a los derechos de las mujeres y de las parejas gays, incluso al derecho a recibir una educación sexual afirmada en la evidencia científica, la razón y el conocimiento.

Algún día, tal vez, la ciencia médica logre derrotar las grandes pandemias que nos acechan, así como pudo erradicar la polio, la peste negra, la viruela, la difteria, la tuberculosis... y hasta podrá protegernos de la espada de Damocles del cáncer. Sin embargo, nadie vislumbra una cura contra lo que el biólogo británico Richard Dawkins ha llamado el peor agente infeccioso en la historia humana: el virus del fanatismo religioso.

 

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(1) http://es.myofasciitis.com/Contenu/Divers/SintesisEstadoConocimientoCientifico.pdf
(2) http://www.who.int/vaccine_safety/committee/topics/aluminium/questions/es/
(3) http://www.bmj.com/content/347/bmj.f5906

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