Beijing 2008 – ¿Faltarán los cinco centavos?

Colombia es cabeza de león en el mapa de Suramérica, aunque es cola de ratón debajo de Norteamérica. Desde la dominación española y desde la llegada de los negros a los palenques, estuvimos sometidos. Tenemos sangre chibcha, páez, ibérica, andaluza, árabe y bantú en nuestras venas.  Somos herederos de las gestas de Colón, de la Gaitana, de Bolívar, de Girardot, de la Pola que fueron coronados por victorias en batallas.

El pueblo pudo celebrar con su Cacique y alzar la totuma con chicha de maíz y vestir su cuerpo en polvo de oro, como lo dice la leyenda, y después dejar en las ondas de la laguna el mito del Dorado. Crecieron las fábricas, viajaron sus gerentes, nacieron herrerías y cementeras y luego se convirtieron en siderúrgicas y consorcios extranjeros. Se instalaron sucursales gringas y los sindicatos consiguieron elevar su nivel de vida.

Vinieron Humboldt y Mutis y nos hicieron el inventario. Colombia era única, majestuosa en fauna, en flora, fuentes hídricas, en selvas vírgenes. Nacieron Universidades, el pueblo se educó en Colombia y volvió su frente a Europa y al Polo Norte. Sin saber cómo ni cuándo quedamos sin fábricas vernáculas, emigraron las foráneas y hasta quedamos sin Ministerio de Salud y de Trabajo. Todo sucedió en un instante. Nuestro orgullo nacional se bajó del pedestal que había forjado.

Hoy todo es inversión extranjera. Nos manda otra vez España en los bancos, la salud y en los periódicos y TV, la Drummond es dueña en Cerrejón, nos toca beber la Bavaria de manos de Inglaterra, Avianca tiene amo brasileño y la ropa ya no llevará etiqueta colombiana. Somos el bodegón enorme del extranjero. Las calles se han llenado de mercancía de Taiwán, Corea, Japón y China. Los que se reproducían como ratones, hicieron la gran hazaña de mostrar la furia comercial de tigre asiático soberano. Hasta las insignias de nuestras ciudades se producen en Corea y se venden en almacenes a un mero dolarazo. Nos quedamos produciendo artesanías, arepas y chaquiras y coreando en las cuñas la consigna cuasioficial: Colombia passion.

¿Qué se hizo nuestra frente alta, nuestra malicia indígena, nuestra hirviente sangre latina, lo que aprendimos en tantas universidades? ¿En dónde están los economistas, los planificadores, los ingenieros civiles, de minas, de vías, de petróleos, los administradores? ¿En dónde está nuestra fuerza de trabajo, herencia de nuestros padres? ¿Están en los ministerios, notarías, en el Dane y en las calles contando las casetas informales, las pequeñas tiendas, los desocupados y los que hacen piruetas en las esquinas?

A Beijing irán 24 mujeres a poner el pecho y 44 hombres a correr y apuntar muy alto. ¿De dónde les vendrá el impulso? ¿Les bastará cobijarse en la bandera y esperar con una oración aprendida en una cancha y una camiseta debajo de la colombiana y que la suerte y las medallas les lleguen por obra de un milagro? A eso estamos llegando. Todo es folclorismo y amuletos. La confianza y el orgullo patrio nos lo volvieron incienso y letanías.

Esperamos que el 25 de agosto cuando nuestros deportistas regresen de la China vengan con oro, plata y bronce sobre sus pechos y que los dirigentes y noticieros no vuelvan a repetir la triste célebre frase del comienzo. China ha dicho que aspira al Primer puesto, ¿Colombia a qué “meritorio esfuerzo” le “apuesta”? ¿De qué valdrán los 21 mil millones invertidos? ¿Estar “entre los 20 primeros puestos”?