Bitácora por el Atrato II

<p>Fuimos advertidos el día anterior que si entrábamos por primera vez al Atrato, considerado el más caudaloso del mundo con una profundidad promedio de once metros, 720 kilómetros de longitud y 282 metros de ancho, debíamos mojarnos la cabeza con sus aguas.... como quien pide permiso para que todo salga bien.</p>

Lastimosamente no hubo tiempo para el rito porque los organizadores de Cocomacia llamaron con rigurosidad a cada uno de los fluvionautas para que sin vacilar se ubicaran de una vez por todas en su respectivo lugar. Pakoré, Antadó y Tarabira acogieron a los cuarenta y cinco ocupantes.

El Atrato nace en nace en los Altos de la Concordia y los Farallones de Citará a una altura de 3.900 metros sobre el nivel del mar, en el cerro de Caramanta.

Corre libre y a su antojo por las profundas selvas chocoanas que se tejen en un intrincado y complejo sistema. Ese paisaje verde no se ausentó un segundo a lado y lado del río, las aguas mansas se extendían como un espejo enorme... nadie hablaba, tan solo escuchábamos, veíamos, respirábamos. A su lado entendimos lo pequeños que somos los humanos.

Diversos estudios estiman que en promedio unas 65.000 hectáreas de áreas inundadas son productivas para la pesca en la zona durante la mitad del año. Estos sistemas de aguas son las ciénagas, que en buena parte del curso del Atrato son muy importantes para la población por su gran riqueza pesquera, así como por ser el eje de un complejo mundo de relaciones entre sus pobladores.

Por ser la madre tierra que como una infinita despensa provee lo necesario, poblaciones y comunidades se levantan a sus orillas, sin embargo no son tantas, la cuenca del Atrato es muy poco poblada. Después de Beté y varias comarcas menores, la ruta del Atrato nos mantuvo inmersos es la espesa selva que se abrió un poco para mostrarnos a Buchadó, a sus orillas, una población mágica por la calidez de sus habitantes; sus mujeres encargadas de prepararnos el majar del mediodía y los hombres de distribuirlo a cada uno de los integrantes de la navegación nos hicieron saber la importancia del trabajo comunitario, en equipo, de la fortaleza de la comunidad. Como sobremesa esas mujeres se convirtieron en avezadas cantantes, en profundas tenores, en indiscutibles juglares que elevaron sus cantos a la altura de la creación. Al unísono con el río y los sonidos misteriosos de la selva pasaron los minutos. El capitán llamó a la tripulación, ¡A Bordo todos y todas!

"Es absurdo que pretendan privatizar un río, eso no cabe en la cabeza de nadie excepto de los mercaderes, están muy equivocados si creen que lo vamos a permitir", dijo uno de los nativos.

Luego de un doncello con patacón, luego de una lluvia pertinaz que lastimaba el rostro como miles de pequeñas agujas, llegamos a Vigía del Fuerte. Aquí pasaremos la noche, arrullados por el Atrato.