Besatón por la educación superior

Los estudiantes piden al Estado asumir las obligaciones financieras con las universidades, aumentar la cobertura y la calidad, garantizar el bienestar universitario para disminuir la tasa de deserción y defiender la autonomía universitaria.

Ni siquiera nubes densas y oscuras surcando el cielo capitalino con la promesa de un aguacero desanimaron ayer a no los no menos de ocho mil estudiantes que participaron en la “Besatón” un evento organizado en medio de la serie de protestas estudiantiles contra el proyecto de reforma de la Ley 30.

La “besotón”:

En un principio los participantes se reunieron en la plaza Che, y a las 4:06 de la tarde parecía que infortunadamente la concentración estaba muy lejos de las ocho mil novecientas personas que habían aceptado la convocatoria en Facebook; retumbaban entre la muchedumbre los murmullos de los amargados y pesimistas, proclamando que la manifestación resultaría en fraude, que fracasaría la tentativa por no ser los estudiantes colombianos “culturalmente maduros”, y que lo mejor era hacer las maletas, no perder el tiempo en cursilerías y guardas energías para actividades “útiles”.

El cielo gris ciertamente no era un buen presagio. Tampoco lo era que inicialmente la concentración no fuera tan nutrida como se desaseaba. Sin embargo, para fortuna de los organizadores y de las contadas parejas que se consentían con el ánimo de prender la chispa a la multitud, la gente empezó a llegar. En cuestión de minutos la Che estaba atestada de gente, de carteles coloridos y de música, y el ambiente ahora mutado por una algarabía risueña, infundió moral a los manifestantes que se lanzaron a la 30 coreando cantos representativos de la protesta estudiantil.

Una vez allí los organizadores dispusieron que los besadores poblaran los dos costados de la carrera y sus separadores. Entonces fue ahí cuando sucedió todo, sin que nadie lo presintiera, o que mediaría la orden de un altavoz, la muchedumbre de manera espontanea, se envolvió en un torbellino de júbilo, que intermitentemente irrumpía en la carretera, apropiándose de ella por medio de besos, cantos y abrazos. Besos de legua, breves, apasionados, directos, tímidos, en la mejilla, de todos los colores y sabores…. una pareja desafiando las convenciones y el frio se descamisó y entregó a un besuqueo ardoroso que inquietó a todos los participantes.

En cuanto a los conductores, no se limitaron ser simples espectadores, o bueno los manifestantes no se lo permitieron: condicionado el avance de sus vehículos a que se hicieran participes de los juegos de los estudiantes. Habría que cumplir con sus caprichos si querían avanzar; si eran hombre y mujer era indispensable un beso al menos en la mejilla, para dos viajeros del mismo sexo era suficiente un abrazo aunque un beso era celebrado estruendosamente.

Tradicionalmente, los conductores de automotores que tienen la desdicha de encontrarse con un bloque estudiantil, reaccionan hoscos: los más nobles, resignándose a su destino se limitan a maldecir en silencio a los manifestantes que les confinan en el trancón o a atenuar su aburrimiento con la radio, hay otros, los guaches, que un arrebato se estupidez prenden el acelerador con la esperanza ahuyentar los estudiantes.

Esta vez, sin embargo, la actitud conductores fue distinta. Sus carcajadas y pitos, dieron a entender que no es imposible concienciar a la gente “común y corriente”, para hacerlo eso sí es básico valerse de la herramientas necesarias. Es esto una lección fundamental para los impulsores de las manifestaciones sociales, para protestar no basta un discurso, a veces incluso los motivos son insuficientes, el mensaje tiene que estar cargado de símbolos familiares y lenguaje atractivo capaz de conmover al remitente. Si no existe emoción en las propuestas críticas, estas están condenadas a la penumbra de la indiferencia, y de este modo la sociedad sin proponérselo es reticente a cuestionar los intereses y estructuras que condicionan su bienestar, por los cual no es posible aplicar las transformaciones que necesita.

El proyecto de reforma de la Ley 30: el origen del problema.

Como en Chile, en donde también se llevo a cabo con éxito la besatón, la manifestación no se restringió a la capital, en distintos centros urbanos del país también se congregaron grandes cantidades de estudiantes para por medio de algo tan elemental como un beso expresar su inconformidad con la propuesta del gobierno: en Pereira la plaza de Bolívar, en Cartagena la plaza de los Coches y en Medallo el lugar escogido fue la plaza de los Deseos.

Desde 1992 (año desde el que se implementa la ley 30), el incremento del presupuesto de universidades públicas ha estado restringido al vaivén del índice de precios al consumidor (IPC). Y simultáneamente, se le han impuesto a estas instituciones nuevas obligaciones: aumento de cobertura, cualificación de maestros, aumento de incentivos a la actividad intelectual e investigación de los mismos, ampliación y mantenimiento de la infraestructura entre otros. Estas nuevas obligaciones no son malas, seguro que contribuyeron de manera notable al incremento calidad y la oferta de la educación superior del país. El problema radica en que implicaron que las universidades públicas adquirieran una deuda por un monto superior a los 700 mil millones de pesos. Una cifra escalofriante reconocida por el propio gobierno.

En ese contexto, el gobierno ha presentado un proyecto de reforma a la ley 30, gastando ingentes sumas en publicidad, todo para vender la imagen que en caso de aprobarse la nueva ley desaparecían todos los problemas que aquejan hoy en día a la educación superior del país: cobertura deficiente, baja calidad en las universidad públicas de la periferia, infraestructura precaria en general y una deuda astronómica.

Lo que dicen los estudiantes:

¿Pero que es que lo que anima a estos jóvenes? ¿Será que es como dice la ministra que no han leído bien el proyecto de reforma?

Lo primero que habría que anotar es que esa afirmación tan arrogante y categórica de esta funcionaria, es una caricatura, es una tergiversación que por ser llevada a tal extremo deja de ser por completo creíble. Se puede discutir que las reivindicaciones de los distintos estamentos y facultades estudiantiles sean justos o no. De lo que no puede haber duda es que esta reforma entra en contradicción con la cosmovisión que tienen de la universidad el grueso de ellos.

Ardua tarea sería dejar sentadas en este escrito todas las demandas de los estudiantes. En un país como Colombia que pese a tener capitales que en otras condiciones estarían estrechamente ligados a la prosperidad y la felicidad de su población, y convive con unas miserias, precariedades e insuficiencias aberrantes, no puede sorprender que las pretensiones reivindicatorias de los estudiantes sean inmensas. Sin embargo con ánimo de introducir al lector en el debate que se libra hoy en día voy hacer un brevísimo bosquejo:

La reforma es un tentáculo más del leviatán neoliberal que progresivamente ha extendido su influencia a cada uno de los recodos de la sociedad colombiana. El fantasma de la privatización está latente en el proyecto de ley porque concibe los engorrosos créditos financieros como la alternativa más plausible para que los jóvenes colombianos acceder a la educación superior, además condiciona la investigación científica a los intereses de la empresa privada, ya que según la reforma el grueso de los recursos de este ámbito provendrán de particulares. La cobertura y el bienestar universitario no están garantizados, seguro si restringidos a los individuos que en su condición de estudiantes o investigadores puedan potencializar las ganancias del capital privado.

Y ¿Que piden los estudiantes para dejar de “joder”?… en síntesis que el Estado asuma la totalidad de las obligaciones financieras con las universidades, que aumente la cobertura y la calidad, que garantice el bienestar universitario para disminuir la elevada tasa de deserción y defienda la autonomía universitaria en estas instituciones.

Si altas expectativas siguen siendo el motor a la creatividad y civilidad de la protesta estudiantil es previsible que se consumen las transformaciones que el movimiento añora.

Por Andrés Felipe Leal Martinez, colaborador de Soyperiodista.com