Campo de concentración de Sachsenhausen: Un trozo de infierno en la tierra

En una de las entradas a este infame lugar, hay un letrero que reza: “El trabajo os hará libres”. Pero nunca se cumplía esta frase, pues en vez de liberarlos, los prisioneros morían en las más infrahumanas condiciones debido al esclavizante trabajo al cual eran sometidos.

Rodrigo Torrado

En una de las entradas a este infame lugar, hay un letrero que reza: “El trabajo os hará libres”. Pero nunca se cumplía esta frase, pues en vez de liberarlos, los prisioneros morían en las más infrahumanas condiciones debido al esclavizante trabajo al cual eran sometidos.

Este campo de concentración está ubicado en la localidad de Oranienburg, en el estado de Brandeburg, a unos 35 kilómetros al norte de Berlín. Para llegar a él, hay que viajar en tren alrededor de 45 minutos desde la capital alemana.

Es comienzos de diciembre. Alemania y gran parte de Europa se encuentran bajo un gran manto blanco de nieve debido a las primeras nevadas invernales. El frio es tremendo, a pesar de que llevaba un buen abrigo, incluyendo guantes de invierno y bufanda. Sin embargo, quería ver con mis propios ojos esos lugares en donde la estupidez y barbarie humana han alcanzado niveles inimaginables.

Los inicios del campo datan del verano de 1936. Las temibles SS trajeron prisioneros que estaban en otro campo, el de Esterwegen, ubicado en la región de Baja Sajonia. En un principio, Sachsenhausen, a diferencia de Auschwitz fue un campo de concentración y no de exterminio, que era destinado sobre todo a prisioneros políticos. Pero fue a partir del año 38 cuando empezaron a llevar allí miles de judíos, testigos de Jehova, homosexuales y personas consideradas por el régimen nazi como no deseables para la sociedad. Desde 1940 llegaron prisioneros polacos y un año más tarde miles de militares soviéticos, hechos prisioneros del sangriento frente oriental. 18.000 soldados del ejército rojo fueron fusilados.

Durante el transcurso de la guerra, Sachsenhausen servía como fuente de mano de obra gratuita y esclava, que era utilizada por la industria bélica en toda la región de Berlin.

Pero no solo la industria armamentista sacaba beneficio de estos lugares. Firmas como Adidas y muchas otras empresas alemanas, se valieron de los presos para probar o crear sus productos. La multinacional mundialmente famosa de indumentaria deportiva tenía una pista de pruebas para sus botas para el ejército alemán. Los soldados nazis repartían el calzado sin importarles si éste le iba bien o mal al preso. Los cargaban con pesadas mochilas y los hacían caminar hasta la extenuación, bajo las frías temperaturas que hacían. Mucho caían muertos después de largas jornadas de continuas caminatas.

Los presos también fueron sometidos a experimentos médicos por parte de lo que hoy se conoce como la multinacional farmacéutica Bayer. Probaron compuestos de inmunización y sueros para la prevención y el tratamiento de enfermedades contagiosas, entre ellas la malaria, tifus, tuberculosis, fiebre amarilla y la hepatitis infecciosa. Además, sometieron a los presos a pruebas con gas mostaza para ensayar los antídotos posibles. Otra de las atrocidades allí cometidas consistía en rajar los muslos y brazos de los judíos para coserles dentro paja podrida y experimentar posteriormente con fármacos contra la gangrena gaseosa. Era realmente el laboratorio de los horrores.

En el extremo oriental del campo, se encuentra el paredón de fusilamientos. Es la llamada Zona Z, última letra del abecedario, marcando el final de sus vidas. Es una zona escavada, recubierta de troncos. Al final de la misma, se agrupaban a los prisioneros y se los fusilaba.

Lucrecia Errandonea, una joven guía de origen Vasco, que hace un año salió de España escapando de la crisis que azota a la península, es la encargada de llevarnos alrededor del campo. Una de las terribles anécdotas que cuenta es sobre la problemática que tuvieron las SS con la cantidad de cadáveres que se amontonaban por miles. “¿Qué hacían con los cuerpos? Al principio los trasladaban en camiones y se los tiraba en fosas comunes cercanos a Oranienburg. Hasta que un día hubo un accidente, y uno de estos camiones volcó, derramando cuerpos en el pueblo. Esto fue una mala imagen para el régimen nazi, por lo que se concibió la idea de los hornos crematorios”, narra Lucrecia.

Allí llevaban los cuerpos de los muertos en la cámara de gas, en los experimentos con drogas, y los fusilados. “Cada cuerpo equivalía aproximadamente a 300 gramos de ceniza. Se encontraron más de 7 toneladas”, agrega Errandonea.

En enero de 1945 había más de 65.000 prisioneros en Sachsenhausen, entre ellos casi 13.000 mujeres. Por este campo pasaron unos 200.000 prisioneros hasta 1945, de los que menos de la mitad sobrevivió. En las marchas de la muerte también murieron miles, pero al liberarlo en abril de 1945 por soldados del ejército rojo soviético, aún quedaban 3.000 médicos, enfermeros e internados.

A fin de reafirmar el sometimiento, no estaba permitido el suicidio dentro del campo de concentración. Era sabido que si los guardias detectaban a un prisionero corriendo hacia la cerca eléctrica para morir electrocutado, rápidamente la apagaban y así evitaban que se suicidase. Luego procedían a torturarlo hasta la muerte. De esta manera dejaban en claro que ellos tenían el total dominio sobre la vida y la muerte dentro del campo.

Operación Bernhard

Otra de las cosas para reseñar sobre este lugar, es que en este campo de concentración se llevó a cabo una de las falsificaciones monetarias más grandes de la historia. Los alemanes llevaron prisioneros que conocieran oficios como fotografía, dibujo, y otros trabajos relacionados con el arte de la imagen. Esta operación se llamó Operación Bernhard. Estos prisioneros consiguieron desafiar hasta el más minucioso detalle de los billetes de libras esterlinas, llevando a una crisis inflacionaria a los ingleses. La aclamada película Los Falsificadores hace eco de este episodio.

El razonamiento lógico y no ético que reinaba en esos años en la Alemania nazi, hacia surgir mecanismos como el siguiente, que servía para “evitar” el daño psicológico a los soldados alemanes que desarrollaban tareas de exterminio en grupo. Era así como un soldado estaba encargado de traer el líquido para utilizar en la cámara de gas, otro hacia la mezcla y otro habría la llave de paso. Así se “diluía” la culpa.

Lo paradójico de este campo, es pensar que después de que en el 45 los alemanes se retiran huyendo y llegan los soldados del ejército rojo soviético a rescatar a los prisioneros, este fue usado por ellos hasta 1950 con el mismo fin. Signo inequívoco de que la humanidad difícilmente aprende de sus errores u horrores del pasado.

Los rusos construyeron un monumento, en forma de Obelisco, empotrado en el centro del campo. Es la estructura de mayor altura de todo el lugar, más aun que la del edificio principal del perímetro, construido por los alemanes. Esto era a modo simbólico, queriendo dejar en claro el mensaje de que lo soviético estaba por encima.

El hacinamiento al que eran sometidos los prisioneros en los barracones era inhumano. Las literas de una sola plaza muchas veces servía para entre dos o tres personas. Los baños eran un foco de infecciones, pues en el convergían más de 400 personas, y casi nunca eran aseados, teniendo que usar el agua sucia para higienizarse.

Es difícil encontrar las palabras adecuadas para plasmar esta visita a Sachsenhausen. El tono reflexivo debe primar. Es un viaje al pasado más oscuro de Europa. Esto pasó hace solo 70 años, y si se olvida y no se mantiene en la memoria histórica, se podría repetir.

Al final de la jornada, después de más de 3 horas de caminar por la inmensidad del campo, me detengo a tomar algo caliente. De Repente comienza a llover. Recuerdo que el cielo se tornó muy gris, y la lluvia era tenue. Aquel lugar me despedía como merecía: con lágrimas en sus ojos.

Por Christian Rodrigo Torrado Soto, colaborador de Soyperiodista.com