Débora Arango: trazos y colores de un siglo de cambios

Si se puede hablar de arte clásico en Colombia, Arango es sin duda una de sus exponentes, junto a Obregón, Grau, Botero y Manzur. Sin embargo, ella sobresale de los anteriores, además de por ser la única mujer, por esa entrega y compromiso a la historia nacional.

Los trazos de color, las figuras planas que sin embargo son expresivas en gran medida. Una forma caricaturesca de representar una realidad excesivamente cruda de un país con una historia difícil de contar. Todo ello, encerrando lo que se podría llamar dolor de patria, son las imágenes que le sirven a la pintora antioqueña Débora Arango para describir y contar el día a día de un país de contrastes y eternos dolores.

Así se puede observar en la exposición que se presenta hasta el 19 de agosto en el Museo Nacional de Bogotá. Donde con una bella curaduría, se observan los cuadros que hicieron de esta importante artista no solo una narradora visual de la gente de su época, sino especialmente de los acontecimientos históricos que rodearon su época.

Mientras en la parte alta de los muros del Mueso, se pueden observar cuadros de personajes amigos y familiares, la parte de abajo representa situaciones que podríamos llamar noticiosas, de acontecimientos dolorosos que transcurrían en la sociedad de su tiempo. Y que, para la mayor parte de las mujeres de aquella época, eran situaciones completamente ajenas.  

Los textos y palabras que narran el tiempo que le tocó vivir a esta aguerrida pintora y mujer, ocupan la extensa historia de nuestro país. De una nación llamada Colombia, que como el hombre que inspiró su nombre, el descubridor Cristóbal Colón, buscaba hallar su identidad.

Nacida en 1907, Arango vivió una de las épocas de mayor sufrimiento, cambios y avances sociales del país. Cuando la violencia se fue haciendo un hecho cotidiano, que se recogía en la prensa de la época, cuando las mujeres fueron ganando gota a gota sus derechos civiles, cuando el mundo se fue acercando a un país aislado tras montañas y selvas.

La lucha social, la libertad de creencias, la pintura de desnudos, la expresión cruda de una realidad, el paso como dirían las abuelas “de la mula al jet” permitieron que una mujer nacida y criada en un pueblo grande como Medellín, pudiera dar un “gran grito” para mostrar el dolor de una comunidad, de un mundo todavía inmerso en una sociedad pacata y frenada en el siglo XIX.

La experiencia de recorrer, a través de trazos fuertes y coloridos, la intensidad del siglo XX. De un siglo de grandes contrastes, donde la violencia se mezcla con las ideas revolucionarias, donde las mujeres debían hablar pasito y aceptar las órdenes de sus maridos, hace que recorrer los pasillos de la exposición de Débora Arango, sea una manera de abrir los ojos a un mundo que los textos de historia muestran de manera fría, pero que estuvo lleno de revoluciones y cambios. María Cano, Alfonso López Pumarejo, Camilo Torres, la violencia liberal conservadora, Jorge Eliécer Gaitán, el Frente Nacional, las guerrillas.

Fueron 98 años de vida de una pintora comprometida, de una artista colombiana, en todo el sentido de las palabras, que con gran sensibilidad retrató su tiempo y su sociedad. Y como pasa con los grandes artistas comienzan a ser reconocidos al final de su tiempo o cuando ya no están con vida. La exposición del Museo Nacional logra hacer que sus visitantes viajen a través de un mundo que a veces parece distante, de leyendas que recogen escritores como Gabriel García Márquez. Y tal vez solo en esas letras, o más en los trazos y colores de Débora Arango, se alcanza a hacer una aproximada lectura de la dureza y crueldad de esos años que todavía no se logran superar.

Si se puede hablar de arte clásico en Colombia, Arango es sin duda una de sus exponentes, junto a Obregón, Grau, Botero y Manzur. Sin embargo, ella sobresale de los anteriores, además de por ser la única mujer, por esa entrega y compromiso a la historia nacional. El valor de la estética queda en segundo plano, lo importante es la expresión. Para hablar de ella no se requiere saber demasiado de arte, tan solo entender que cada trazo encierra un mensaje, que la pintura de Débora Arango existe porque ella necesitaba mostrar y expresar las angustias y dolores que vivía como mujer y especialmente como ser colombiano.

Por Andrés Piñeros Latorre, colaborador de Soyperiodista.com