El problema indigenista en Colombia. Manuel Quintín Lame

El indio Manuel Quintín Lame logra mover los cimientos de un Estado colonial y salvaje al obligar a revisar la tenencia o propiedad de la tierra. En su libro “En defensa de mi raza” deja constancia de su fe, su esperanza, sus anhelos y su lucha.

En 1492 tras la llegada del europeo a las costas de Abya Yala (América) se inicia una política de despojo sistemático de las tierras que por milenios les pertenecieron a los nativos; se crean resguardos en el animo de preservar la vida y la cultura de estas milenarias y ancestrales poblaciones.

El europeo encuentra ciudades tan esplendorosas que les hace creer que han llegado a la misma Atlántida; avenidas enormes, acueductos, alcantarillados, observatorios astronómicos, centros culturales y religiosos conforman la sociedad de muchas de nuestras culturas en el denominado Nuevo Mundo. Cristóbal Colon anota en su diario que se encuentra con gente tan dócil, serena y amable que considera fácil de engañar y esclavizar.

Y comienza de esa manera un intercambio desigual donde unos ponen vidrios de colores y reciben a cambio oro y piedras preciosas. Se impone la fuerza de las armas y la bestialidad de una raza sobre pueblos y culturas que no conocen la pólvora, las armas o el caballo; sometidos y diezmados deben contribuir con su trabajo y su vida a la Corona española.

Fray Bartolomé de las Casas, el esclavo de los esclavos, en su “Brevísima relación de las Indias” deja constancia de la sevicia y crueldad de los europeos llegados a esta parte del mundo, denuncia toda una serie de abusos a los cuales era sometido el indio por cuanto se consideraba que no era cristiano y en consecuencia no tenia alma y pertenecía a las especies inferiores. Son muchas las aberraciones que describe Bartolomé de las Casas y emprende una defensa del indio que es sometido a asesinatos, torturas y castigos de toda laya. Nada detiene al europeo y en menos de cincuenta años reduce considerablemente la población americana; niños, mujeres, ancianos y hombres son tratados al nivel de las bestias sin que importe la voz de algunos humanistas que consideran que los indios también son humanos así no sean cristianos.

Pedro Cieza de León, el primer cronista de América., describe a muchas de estas culturas como herejes y adoradoras del diablo; sus dioses, ritos y hasta el mismo lenguaje son catalogados como la perpetuación de Satanás en la tierra y en consecuencia hay que extirpar de raíz a sus oficiantes y adoradores. Miles de indígenas son sometidos, asesinados, mutilados y desterrados, la fuerza del europeo se impone sobre unas gentes abatidas y en condiciones de desventaja. En Centroamérica se libran unas luchas feroces en defensa de sus culturas y tierras; con la caída de Tenochtitlán se somete a una de las culturas más desarrolladas sobre el planeta y se consolida el proceso de aculturización prohibiéndose el uso de un lenguaje, la practica de una religión o tan solo la forma de vestir. No hay lugar para el vencido y el nuevo señor es quien pone las condiciones.

El indio es despojado y obligado a trabajar para el europeo en mitas, las mejores tierras quedan en manos del hombre blanco mientras al indio se lo conmina a vivir en condiciones deplorables. Vencido y humillado el indio ser torna huraño, agresivo y poco dado al trabajo que para ellos es una expresión de explotación. Aparecen lideres como Túpac Amaru que se subleva contra las injusticias al reclamar mejor trato para los suyos. Uno a uno son vencidos y sometidos al escarnio público, se los mata y se exponen sus miembros descuartizados en las plazas públicas. Se levantan voces que protestan contra la ignominia del despojo, la inequidad y el sometimiento, pero siempre son vencidos por la fuerza del poder, de las armas y de la represión. El indio es un ciudadano sin nación, sin derechos y sin reconocimiento oficial. Un simple terrazguero al que se puede dar y quitar sin que ello implique justicia o reparación.

En Colombia, a comienzos del siglo XX, aparece la figura de Manuel Quintín Lame, un terrazguero hijo de terrazgueros, que aprende a leer y escribir en su adultez mientras prestaba su servicio militar y perseguía en Panamá a otro indio acusado de rebelión y sublevación. Aprende a leer de la mano de un blanco pues su padre le había puesto entre sus manos un hacha y la hoz cuando este le suplica ir a una escuela. De sus luchas en Panamá aprende que sus hermanos han permitido el saqueo al asimilar sin resistencia alguna su situación de simples terrazgueros.

Compra dos libros: El Código Civil y Sea usted su abogado y emprende una lucha a lo largo de su territorio, despertando admiración y respeto entre los suyos. Y odio y encono entre los blancos que lo miran como a un enemigo que atenta contra sus intereses, propiedades y su misma tranquilidad. Es perseguido, encarcelado y sometido a tratos indignos; pero eso no le impide estudiar la documentación de archivos y es así como demuestra la real propiedad de la tierra americana de sus ancestros y de sus descendientes y en consecuencia deja en claro que la terrazgueria no es más que una forma de explotar al indio y su gente. Se cuestiona el hecho de tener que laborar tres o cuatro días gratis a la semana al dueño de un terreno al simple cambio de la oportunidad de una chagra o un pequeño cultivo que no permiten la acumulación de capital para emprender una empresa familiar.

De los archivos históricos obtiene Manuel Quintín Lame la seguridad de sus luchas en los estrados judiciales y consigue una restitución de tierras para su pueblo. Pero continuamente le esperan las cadenas, la cárcel y la persecución; y el aprecio y la incondicionalidad de su gente en el Cauca, Huila, Tolima, Nariño y Putumayo. Curiosamente y por los mismos años el sociólogo Víctor Daniel Boinilla emprende una investigación sobre la real situación del indio en el Putumayo y da a conocer en 1968 su testimonial libro “Siervos de Dios y amos de indios” en el cual pone el dedo en la llaga al denunciar en sus paginas la explotación, el sometimiento y el despojo al que eran sometidos los indios por parte de algunas comunidades religiosas que se hicieron a sus tierras y a sus bienes. 

Mientras tanto dirigentes y líderes nacionales opinaban que los indios pertenecían a una raza inferior y en consecuencia requerían de la mano protectora del blanco y del Estado colombiano, protección que, según ellos, consistía en someterlos a unas normas, usos y costumbres diferentes a las tradicionales y mantenerlos como simples peones y terrazgueros en una continua y eterna pobreza que jamás se superaría. El indio Manuel Quintín Lame logra mover los cimientos de un Estado colonial y salvaje al obligar a revisar la tenencia o propiedad de la tierra. En su libro “En defensa de mi raza” deja constancia de su fe, su esperanza, sus anhelos y su lucha.

Hoy, en pleno siglo XXI las condiciones de vida de los indios en Colombia son similares a las de los siglos XVIII – XIX o XX, poblaciones enteras sometidas al exterminio sistemático, altos índices de analfabetismo y mortandad infantil, ausencia total de acueductos y alcantarillados, persecuciones a lideres y dirigentes, pobreza, miseria, hambre y ausencia de políticas que contrarresten las condiciones de vida de cientos y de miles de indios que deben ganarse la vida en plazas de mercados, en las calles colombianas o padeciendo los rigores de la falta de asistencia social, medica o alimentaria.

Pueblos enteros perseguidos por el simple prurito de ser indios en un pueblo de blancos-mestizos. Las más altas tazas de mortandad infantil se presentan justamente en poblaciones indígenas; desnutrición y muerte de niños por causas relacionadas con ella hacen presencia entre ellos. No ha cesado aun la terrible noche del sometimiento y atropello a sus culturas y puede decirse que hoy es más grave por cuanto las multinacionales se luchan entre si sus territorios por la presencia de materiales preciosos, oro o petróleo y hay que arrebatárselo como sea, al precio que sea, que generalmente es la muerte o el desalojo.

En Colombia, los indios se cansaron de esperar una paz que nunca les llega y emprendieron por mano y riesgos propios el desalojo de sus territorios de los actores de las luchas armadas. No bastó que imploraran durante muchos años el retiro de las tropas del ejército colombiano y de las fuerzas insurgentes, que continuamente se enfrentan dejando una secuela de muertos y heridos y amparados en sus bastones de mando se enfrentaron valerosamente a las metralletas y los fusiles.

Y a simples empellones expulsaron de su territorio a miembros del ejército y de la guerrilla: hombres, mujeres y niños indios exigiendo respeto para su integridad física y ancestral. Nos resta a los colombianos valorar este gesto que es simple y llanamente un acto de elemental justicia, por supuesto que los grandes medios de comunicación nos intoxican una y otra vez con el llanto de un militar que expresa pesar por el trato displicente de unos indios a los que califica de ignorantes y estúpidos.

Los indios se cansaron de ser la carne del cañón, de ser el sanduche entre dos conflictos que genera dividendos entre los blancos y muertos y pobreza entre los suyos. Si la guerra se afronta de esa manera, si con simples bastones de mando hechos de madera y plumas se puede enfrentar el fusil y el cañón, si el miedo ancestral se supera para detener la muerte y a cambio de ello ofrendarla con una lagrima a la Tierra, bienvenida esa guerra, bienvenido ese nuevo estilo de guerrear. Ni ejercito ni guerrilla en territorio indio, la sangre de Tupac Amaru, de Quintín Lame y de los cientos y miles de indios que pueblan el territorio americano fue regada en la Tierra para que de ella florezcan los tulipanes, las margaritas y los geranios.

Por Pablo Emilio Obando Acosta, colaborador de Soyperiodista.com

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